"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"

jueves, 20 de enero de 2011

Diario de un día

Hoy ha sido un día como otro cualquiera. A primera hora del día me atacó un león, fiero, pero no más que los que me atacan a menudo. Salvo la molestia de los pelos en mi boca y en las ropas, no tuvo mayor importancia. Bajé las escaleras saltando los escalones de ocho en ocho, no me encontraba muy ágil. Puede que las peleas matutinas con los leones me estén debilitando más de lo necesario.
Salí a la calle, despacio, uno no sabe nunca lo que puede encontrarse allí. A veces he encontrado grandes rocas agazapadas tras las esquinas, en las calles más empinadas, en lo alto, mirando de reojo hacia mi portal. Esperando mi salida para lanzarse calle abajo. Otras veces han sido unas sombras que volaban por el cemento de la gran avenida. Al alzar la vista he visto pájaros que nunca podría acabar de definir. Nombraré sólo sus grandes garras, como si en las mejores orfebrerías árabes les hubiesen tallado unos puñales dorados con incrustaciones rojas en las puntas. Sus picos semejaban, o al menos así me lo pareció, trozos metálicos arrancados de la guadaña de la muerte. Fríos y curvos. Y en ellos se reflejaba mi rostro.
Hoy parecía ser uno de esos días tranquilos en los que, salvo el león y puede que un par de apariciones a media mañana, como siempre en el parque, no ocurrirían cosas más importantes.
De camino al mercado Aristides tuve que soportar el incesante parloteo de bordillos y aceras, los silbidos de las ramas a los pájaros, la desvergüenza de aquellos miles de rayos de sol rebuscando en mi pelo, en mis brazos, en mis bolsillos, y la sonrisa burlona de mi sombra a cada nuevo giro de una esquina. Vi pasar a cinco o seis jovenzuelos que me hicieron recordar mi juventud, cuando todavía era torpe en las luchas matinales con los leones y salía a la calle con la ropa hecha jirones, alguna que otra herida en el rostro y en los brazos, y sin miedo a las rocas o a las águilas.
Cuando llegué a las puertas del mercado se apoderó de mí una extraña inquietud. No era posible que volviera a suceder, pero ocurrió. Una bellísima mujer se agarró de mi brazo. Con nerviosismo mal disimulado me rogó que siguiera andando, que no mirase hacia atrás y siguiera andando. No sin cierta resignación lo hice, aunque pensé que de ocurrir de nuevo me negaría. No había conseguido entrar en el mercado desde hacía seis días. Cinco manzanas más adelante se despidió de mí, no sin antes darme las gracias.
Miré ante mí, el parque de los Naranjos. Irremediablemente tendría mi cita con las apariciones. Saqué del bolsillo de mi chaqueta un libro de relatos que acostumbro a leer sentado en un banco durante unos cuarenta minutos, y enfilé el camino central que lleva a la glorieta. A pocos metros de esta se produjo la primera aparición. A mi derecha, junto a un pequeño rosal, sollozaba un niño que no tendría más de cinco años. Lo miré de reojo. El balbuceó unas palabras que me fueron ininteligibles. Continué mi camino en busca del banco en el que suelo sentarme. No llevaría más de cinco minutos, justo cuando comenzaba a leer “El campeonato mundial de pajaritas”, cuando una enorme sombra, fría y compacta, oscureció media glorieta. Tuve que aguantar casi veinte minutos de reproches de aquella vieja y estúpida piedra. Primero me habló de mi poca sensibilidad por cambiar mi recorrido y dejarla esperando tras la esquina, de las pocas oportunidades que le quedaban, del sentido de su vida,... La dejé con la palabra en la boca y, levantándome, comencé a pasear por el parque.
Pese a que todavía queda más de medio día dejaré aquí mi diario. El resto del día fue igual de aburrido y poco novedoso. Verdad es que esperé casi hasta el anochecer con la esperanza de que ocurriese algo especial, pero todo terminó con la misma monotonía con la que había comenzado.


Y ahora escucha esto...

miércoles, 19 de enero de 2011

Dos caminos se bifurcan

Se tomó su tiempo. Ni soplaba un aire que arrastrase las hojas a cientos de kilómetros, ni el sol era abrasador, ni hombre o mujer alguna pasó en aquellos días que pudiera distraerla de su cometido. No, dispuso de tiempo, quizás demasiado tiempo. Apoyó su espalda contra el tronco de aquel roble y clavó su mirada en la bifurcación del camino que se abría ante ella. Ya antes había sucedido, caminos que se parten en dos, incluso en tres, pero nunca antes, al menos no lo sintió así ella, había tenido la necesidad de dejar que los días se perdiesen por aquellas bifurcaciones mientras esperaba pacientemente a tomar una decisión.
            El sol se escondió más de una vez, y más de una vez una luna, empeñada en convertirse en llena, arrastró aquel manto de estrellas sobre un cielo inmaculado. No hubo nubes, no se podría culpar a ellas luego del feroz equívoco o del más complaciente de los aciertos. Ni fue atacada por enfermedad alguna que nublase su visión, ni por desfallecimiento que enturbiase su capacidad de decidir. Por su puesto que el sueño se apoderó por momentos de ella, pero hasta en el sueño, en lo más profundo del sueño, soñó con un camino que se habría en dos y que ella, sentada, con la espalda recostada contra un roble, tenía que tomar un decisión. Tampoco el sueño le dio la respuesta.
            Finalmente, un día cuando el sol estaba en lo más alto y siquiera las sombras de los árboles podrían hacer que se decidiese por una de las dos posibilidades, se levantó. Anduvo con paso decidido, quería creer que había tomado la decisión correcta, que no había posibilidad de error. Cada uno de sus pasos parecía más firme que el anterior, más largo, clavándose con fuerza en la tierra húmeda de aquel bosque y dejando un rastro que no tardó en seguirla y perderse bosque adentro.
            Ojalá hubiese podido volver al poco tiempo sobre sus pasos, ojalá hubiese vuelto a sentarse con la espalada recostada contra aquel roble, y ojalá sus ojos hubiesen podido volver a mirar, porque entonces el asombro hubiese hecho morada en su cuerpo. Ante ella, como si siempre hubiese sido así, sólo se abriría un camino, su camino. Seguramente habría hecho el mismo sol dulce y cálido, y el viento habría seguido durmiendo en la copa de los árboles, y una luna, que ahora ya huía para esconderse en la oscuridad, habría seguido trayendo un manto dulce de estrellas, y ella sabría, hubiera sabido, que sólo estaba recostada en aquel árbol porque había hecho una parada, un descanso necesario para seguir el camino, el único camino, el que siempre había seguido. Sin embargo ahora avanza bosque adentro, creyendo que tomó una opción, y mirando a ratos atrás, entre los cientos de árboles, pensando si fue la correcta. No, nunca podrá volver atrás, porque el bosque desaparece a cada nuevo paso y no se puede regresar. Y ante ella, ante ella se abre un nuevo bosque, a veces un prado inmenso, otras un terrible y magnífico desierto y en ocasiones, cada vez que necesita hacer cuenta nueva con su vida, el espejismo de un camino que se bifurca y el tronco de un roble donde apoyar su espalda.


Y ahora escucha esto...

martes, 18 de enero de 2011

La muerte en mayo

No serían más de las cinco y cuarto cuando la muerte detuvo su paso ante aquel portal. Miró su reloj, las cinco y catorce minutos, y sintió un leve fastidio. No tenía su próxima cita hasta las seis y media. No había calculado mal, simplemente no se habían producido los clásicos atascos y aglomeraciones de un viernes tarde y el recorrido había sido demasiado rápido. Dudó si esperar en plena calle, pero el calor de aquel extraño 25 de mayo le hizo pensar que sería conveniente esperar dentro del portal. Tampoco aquella fue una buena idea. Una portera, con un extraño defecto en la boca que le impedía dejar de hablar, hizo que los cinco minutos que pasó allí le parecieran una penitencia insufrible. Subió los cinco primeros peldaños de la escalera y consultó sus notas “Luis Márquez, calle Jacinto Onorio, 15-4-2ª, hora 18’30”, y siguió subiendo peldaños hasta el cuarto piso. En cada rellano sólo había dos puertas por lo que rápidamente localizó la que era y se sentó al lado, en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Pero el día parecía tener el extraño propósito de convertirse en fastidioso en extremo. Primero una vecina, a la que por cierto tendría que visitar en no más de tres meses, se empeñó en mantener una conversación con ella sobre los precios. Luego un grupo de mozalbetes, con una pelota que no paró ni un segundo, subieron y bajaron del tercero al quinto y del quinto al tercero.
Miró el reloj, las cinco y treinta y dos. Pensó que no estaría tan mal un poco de conversación y llamó a la puerta. Le abrió un hombre de unos cuarenta y cinco años, cuarenta y tres tenía ella en sus anotaciones, y la invitó a entrar. La casa tenía las persianas casi bajadas, lo que hacía que el ambiente fuese mucho más fresco que en la calle. “Me molesta la luz intensa en los ojos” se disculpó él, “pero si quiere...”. La muerte lo atajó antes de terminar “no, no, en la calle hace un calor insoportable, y aquí se está tan bien”. Pasaron al comedor y él se dejó caer en un sofá recostando la cabeza en dos almohadones. “Perdone, pero...” de nuevo la muerte le interrumpió “por favor, sin formalismos”, y ella tomó asiento en un sillón que le pareció el cielo comparado con la dureza del suelo de la escalera. Permanecieron unos segundos mirándose. Él no sabemos en qué pensaba, más bien parecía que en nada. Los ojos se le cerraban poco a poco debido a la enfermedad y la fatiga. La muerte pensó en las pocas fuerzas que le quedaban al hombre, casi las justas para intentar mantener abiertos los ojos. Miró su reloj, las cinco y cuarenta y dos minutos. Todavía faltaban otros cuarenta minutos. Por unos momentos pensó en esperar callada, agradeciendo aquel frescor que llenaba toda la casa y lo confortable del sillón. “De todas formas se dormirá, y ya habrá tiempo de despertarlo cuando falten apenas unos minutos” se dijo. Pero rápidamente desechó la idea, sólo a ella se debía lo embarazoso de la situación por haber llegado antes de la hora prevista. Lo miró a los ojos y, pese a intuir cuál sería su respuesta, le preguntó “¿quieres hablarme de ti, contarme algo?”. Él abrió los ojos y casi sin fuerzas contestó “si no te importa preferiría que hablases tú, apenas puedo mover los labios”. La muerte pensó que en pocas ocasiones tenía tiempo para hablar en las visitas. Miró el reloj, todavía faltaban treinta y ocho minutos, tiempo más que suficiente para contar algunas historias a aquel moribundo al que nadie velaba.
“Verás, Luis, -comenzó hablando la muerte en un tono suave tan parecido a la penumbra de la habitación que las palabras sólo fueron oídas por el moribundo- no tengo muchas ocasiones para hablar con la gente, por lo que no sé si mi conversación será de tu agrado, pero intentaré contarte alguna de las historias en que se habló de mí, y en las que, como la mayoría de las veces, no se dijo la verdad. No es que se mintiera, no, -dijo en un tono casi de reproche con ella misma- simplemente se relataron mal alguno de los acontecimientos. Errores que yo comprendo se deben al efecto que produce mi presencia.
Haciendo memoria recuerdo una vez, allá por 1973, sería el mes de mayo más o menos, y atiné a pasar cerca de la casa de uno al que llaman Onelio Jorge, y es de las pocas veces en que sentí ternura. He de aclararte que yo no estoy en ningún sitio salvo en aquellos en que se habla de mí, se escribe de mí, se piensa en mí. Como te decía atinábamos a pasar, de vuelta de un pueblo pequeño, Francisca y yo, cuando, por una de las ventanas de la casa, vimos unos papeles sueltos que hablaban de ella y de mí. Francisca se me adelantó y, alargando el brazo, cogió aquellos papeles y los apoyó en el alféizar de la ventana. Me miró y le pasé un pequeño lápiz que siempre llevo conmigo junto a las listas. Con su huesuda mano escribió al final del último folio, continuando lo que allí se decía “...nunca –dijo- siempre hay algo que hacer. Como ahora, en que tengo que despedirme de la muerte”. Francisca volvió a dejar los papeles donde estaban y me sonrió. Yo le devolví la sonrisa, aunque no le hablé de mi intención de borrar lo que ella había escrito.
Y aunque esta visita fue tierna...”. La muerte calló un segundo y miró a Luis. Éste abrió apenas un poco los ojos para demostrarle que seguía escuchando. “...he de reconocer que fue mucho más triste la siguiente.
No soy capaz de situarla con precisión en el tiempo, solo te diré que me contaron que alguien la transcribió dándole como nombre algo así como la muerte en la calle. Como te decía, ésta es una de las visitas más tristes que hice, fue a un caminante, en la calle. Cuando ya estaba dispuesta a tocar con mi mano su hombro, después del llanto de un perro que acertó a verme, le escuché pensar. Era tal la tristeza de su historia que no me atreví a comunicarle mi llegada, simplemente se fue poco a poco, se dejó ir”.
La muerte volvió a mirar su reloj, faltaban dos minutos para las seis y media. Se levantó, no sin dificultad, una de sus rodillas hizo un extraño crujido. Se acercó a Luis y vio su pecho que apenas subía y bajaba.
Lo que a continuación escribo me fue relatado años más tarde y, aunque no dudo de su veracidad, no puedo estar totalmente seguro de su literalidad; puede que el tiempo y el boca a boca hayan deformado un poco la escena o lo que allí se dijo.
La muerte puso sus labios junto al oído de Luis. Presintió que apenas le quedaban unos segundos y decidió decirle algo que nunca había dicho. Incluso ella no comprendía, horas después al pensar, el porqué lo hizo. Con voz suave y marcando las palabras le susurro “ahora te diré algo que nunca dije, yo no vengo a llevarme a nadie, vengo a despedirme”. Luis dejó de respirar. La muerte miró su reloj, las seis y media. Se acercó a la ventana y, ante la poca luz que entraba, sacó un pequeño lápiz y una hoja arrugada en la que escribió algo, luego se dirigió a la puerta y salió cerrando. Fuera seguía haciendo un calor insoportable.


Y ahora escucha esto...

lunes, 17 de enero de 2011

Carta

Ayer volvió a colarse el mismo ladrón en mi alma. Últimamente cada vez son más frecuentes sus visitas. Esta vez fue poco, apenas se llevó uno de los pliegues dulces de su vientre. Si no fuese por el dolor que me causa cada una de sus visitas casi sentiría admiración por él. Llega, encuentra siempre el camino, por tortuoso que sea, por trampas que yo le haya tendido, sin importarle si ese día hace frío o es un dulce y tranquilo día de mayo, y coge con sus tiernas manos, porque el tiempo y el olvido siempre actúan con dulzura, uno de tus recuerdos.
            A veces se lleva sólo una imagen. Tu de pie, contra la ventana, desnuda, frotando tus manos con crema, o la redondez de tus pechos cuando estás sentada sobre mi. Otras veces me roba una conversación, en un bar, después de comer, con el café y uno de mis eternos cigarros en la mano, y entonces no respeta ni el humo del cigarro ni el eco repetido de tu risa. Las veces en que su ataque es más atrevido me roba un sentimiento. Como aquella vez en que me robó tus lágrimas, después de uno de mis muchos desaciertos. Y tu rostro quedó en mi recuerdo con una tristeza insoportable, sentado en un banco, al sol, como pidiéndome que volviera a poner las lágrimas en aquellos ojos. O se lleva todo el calor que todavía conservaba entre dos cuerpos abrazados, y el frío puede convertirlos en dos muertos demasiado pesados que llevar a cuestas.
            Ayer no, ayer apenas me robo un pliegue de tu vientre, y lo vi marcharse feliz, a escondidas, sin hacer ruido. Me supo mal quitarle la ilusión, se le veía tan contento que no fui capaz. Puede que otro día, una mañana de mayo en que el sol tarde demasiado en traer la alegría a mi vida y yo no sea el empedernido optimista que siempre soy, puede que entonces, acercando mi boca a su oído, le diga al tiempo: “trabajo perdido, de nada sirve cada uno de tus viajes a mi alma. Ella ya no está allí, al menos no sólo allí.  Tuve el cuidado de guardarla en todos y cada uno de los sitios donde merecía estar. Está en mis poros, cada vez que pasó sus manos por mi piel la guardé allí; está en el aire que siempre viaja conmigo, allí guardé su risa, sus gemidos, sus palabras; está en mis labios, cada uno de los besos se quedó en mis labios, y mi lengua los recorre dándoles vida cada día; está todavía sentada en cada una de las terrazas donde tomamos café, y cuando paso me saluda sonriendo; está en mi sangre”.
            Pero hoy no, ayer el tiempo apenas se llevó un pliegue de su vientre, y yo agradezco sus visitas, porque cada vez que vuelve, empeñado en robármela, mis poros, mis labios, el aire, las terrazas, cobran vida y la hacen más grande.
            Puede que algún día él lo descubra, pero no tengo miedo, siquiera el tiempo con su inmensidad conseguiría las horas suficientes para borrar su recuerdo, siquiera él.

domingo, 16 de enero de 2011

Hoy

Ayer, y soy consciente de que digo “ayer” con una ligereza que acabaré pagando, como si ayer no fuese más que una palabra y el mero hecho de nombrarla fuese suficiente, porque ayer amé a una mujer, no me preguntéis como era, ni si su pelo era rubio o negro, ni el color de sus ojos, mi memoria ya no es lo que era, no me preguntéis, pero puede alguien responderme en donde quedó el sabor de su boca, o si su piel sigue siendo igual de fresca esta mañana que me obliga a escribir “ayer”. ¿ Debo esperar algún bucle misericordioso que sea capaz de restituir el sudor a cada uno de los cuerpos y luego mezclarlo como en un castillo de fuegos artificiales mientras su boca y la mía, sus manos y las mías, juegan a apoderarse del instante ?.

            He estado a punto de escribir “anteayer”, por si ahí podía encontrar el camino que me lleve a vivir de nuevo ayer, a encontrar de nuevo el aliento que su boca esparció por mi cuerpo. Y de repente un olor a naftalina, a traje sólo usado en ciertas ocasiones, a madera, a tierra húmeda, a comenzado a esparcirse por la hoja, a bajar por la mesa, a aferrarse a mis piernas, y he vuelto de golpe a hoy, a este momento, en que ayer y mis recuerdos todavía son un muerto al que estamos velando y nos queda la esperanza de la resurrección. Ya la imagino, levantándose del campo santo de mi memoria, con una túnica blanca, viniendo hacia mí a contraluz. Como se adivina la forma de su cuerpo, el contorno interminable de sus pechos. Hago un esfuerzo inhumano por mirarla con la mirada del que fui ayer, pero ya no lo soy, parece como si hubiesen pasado mil años. Y desaparece ante mi vista. Lloro.

            Hoy no haré nada, no trabajaré para el olvido. Mañana, cuando el fiel recuerdo se esfuerce en acercarme lo que nunca más será se encontrará con que no tiene nada que traerme, y pasado mañana, nada.

sábado, 15 de enero de 2011

En todas las que eres

Hace tiempo, mucho tiempo, conocí a una mujer. La llamaremos Madre. Y Madre fue la voz y el alimento. El fuego en el invierno, la guarida en la derrota. Creí, a veces, que Madre era la magia, volvía y siempre estaba, estaba en la mañana con el alba, en medio de los días que pasaban, al filo de las noches. Jugábamos a hacer que yo crecía y ella me acompañaba. Si yo lloraba, lloraba, si reía se reía, si miraba en la ventana ella venía y me explicaba la luna. Y Madre era feliz si yo lo era, y no pedía nada, si acaso besos sueltos.

Luego pasaron los años. Pocos, la verdad. Y conocí a otra mujer. La llamaremos Compañera. No, no hablaré de ella. Os diré algo de mí, de cómo en compañía fui aprendiendo a ser bueno. De lo que cuesta olvidar mucho de lo aprendido. De las mentiras que traía conmigo y no eran ella. De cómo cada día pierdo algo y encuentro un tesoro entre sus manos. Y ahora sí, hablaré de ella: El sol, la madrugada, la amapola, el agua que derraman tantas fuentes...todo es ella, la risa de esos niños, ese grito, las letras con que armo estas palabras, la brisa que ahora juega con mi pelo... todo es ella. Y si hay algo escondido en algún sitio, si no es ella  es nada, ni seré yo tampoco.

Yo me quedé sentado y Compañera sacó de su chistera una sonrisa, y luego una paloma, y al tiempo puso flor en los almendros. Y cuando ya creía que se acababa el juego me regaló la vida. La llamaremos Hija. La llamaremos luz, ella es de agosto. Y tiene como un dejo a siempreviva, como un sabor a sueños y mañana. Y va desde mis manos a sus ansias, y vuelve y me regala algún mañana, y duerme en mis palabras. E Hija es sólo Hija y es de ella, y así quiero que sea. Como Madre era Madre, y yo soy Compañera.

viernes, 14 de enero de 2011

Amanece noche, una noche larga y oscura…


Amanece noche, una noche larga y oscura que nunca termina. Ante mi un páramo inusitadamente poblado de olvido. Y yo desnudo. Intento caminar y he olvidado el orden de los pasos, su técnica. Sin ritmo, con la torpeza de quien despierta del más dulce de los sueños a la puerta del infierno, avanzo entre los restos de lo que queda de mis ansias. Unos pasos, sólo unos pocos, y un cansancio, que parece llegar de lo más profundo de los tiempos, se asienta en mi ánimo y me obliga a sentarme recostando mi espalda en algo que fue un árbol algún día. Por su corteza lágrimas, que no sabia, bajan hasta el suelo y son devoradas por el infinito y oscuro páramo. Cierro los ojos y contemplo la misma oscuridad que con ellos abiertos. Presto atención a todos y cada uno de los sonidos y el silencio me dice que hace tiempo, tanto tiempo, que se fueron. Una hora, dos, puede que días, el tiempo no se atreve a cruzar estas tierras. Las lágrimas resbalan por mis hombros, me hacen sentir parte del árbol, y a él parte de mí, y los dos parte de nada, de esta poblada nada que cubre hasta donde la vista alcanza. Si no fueran suficientes las lágrimas que pueblan cada uno de los árboles y la ausencia lloraría yo también, yo también. Sin embargo me quedó allí, como si siempre hubiese estado allí, con la sensación que tengo raíces milenarias que se enredan con otras raíces, con miles de raíces. Quizás espero que sople un viento fresco y rápido que haga que alce el vuelo, aunque nunca sopla, o que una mano amiga se tienda hacia mí, me aferre, y tire con fuerza, aunque en el intento mi piel quede pegada a la corteza del árbol del que ya formo parte. Pero no hay huellas en el suelo, en la ceniza que cubre cada centímetro de este páramo, no, nunca pasa un caminante, nunca pasó, nunca pasará. El páramo es mío, sólo mío, y la noche, y los árboles, y la ausencia, y todas y cada una de las lágrimas que siguen cayendo incesantemente, con ese afán insondable que no nace del deseo de llenarlo todo, sino de vaciar unos ojos, un cuerpo, hasta que este sólo sea madera seca. No maldigo mi suerte, no puedo maldecir lo que no tengo, ni mi mala estrella, no las hay. No doy cancha a la rabia, ni al desaliento, no tiene sentido. Sólo espero, espero, sintiendo como ya hay ramas que comienzan a clavarse en mi cuerpo y lejos de dañarlo forman parte de él, como el hastío, como mis dedos, como la derrota.
Anochece noche, una noche que se acurruca a mi lado, entre mis piernas. Apenas puedo separarlas un poco para que acomode su cabeza y mi mano acaricia sus cabellos. Miro a lo lejos, a cientos de kilómetros entre la oscuridad, y hay más oscuridad, más, un mar de oscuridad que rompe contra el acantilado de mi derrota. Soy un hombre, era un hombre, nunca fui un hombre. No me importaría mucho si acabase atravesado por los miles de ramas de este páramo y al final pudiese convertirme en ceniza, pero un hilo de vida que casi es una obscenidad en este lugar, se empeña en mantenerme vivo, en sentir como si fuese yo cada ausencia inevitable.
Lloro, por fin lloro, puede que ya no sea yo. Quizás el páramo ganó su batalla, aunque no he luchado, no lucho, nunca lucharé. Duermo, sueño con ceniza, lágrimas grises, mis manos se han convertido en tierra yerma, mis piernas en cocodrilos de mármol, mi cuerpo en féretro de humo, y mis ojos, mis ojos… mis ojos no pueden dejar de mirar esta larga y arrolladora noche. Finalmente la noche entra por mis ojos, baja lentamente por cada una de mis venas, se filtra hasta cada uno de mis pulmones, llega a mi sexo, soy noche, por fin soy noche.
Amanezco yo, no miréis nunca a mis ojos, hoy no.

jueves, 13 de enero de 2011

Abuelo

Me llamó la atención su pelo. Era negro, brillante, cayendo por los laterales de su cara. Y sus ojos tenían una increíble dulzura que te recorría todo el cuerpo cuando te miraba. Grandes, del color de la miel. Juro que no la reconocí, lo juro. Entró y vino a sentarse a mi lado. Me sentí bien. Nunca antes había visto a aquella mujer, y sin embargo tenía la sensación de conocerla desde siempre. Era como las hadas buenas de los cuentos. Pese a que en ningún momento pronunció palabra alguna, y pese a que, salvo una vez que tocó mi cabeza, apenas hizo movimiento alguno, se notaba que era una buena mujer. Bella, dulce, la madre que todos hubiésemos querido en el pueblo. Y te prometo que de verdad no vi nada.
Estábamos solos en el cuarto aquella mujer, yo, y abuelo, que seguía en la cama respirando con dificultad. Abuela había ido a la farmacia a por las medicinas. Y seguimos allí, callados, escuchando la entrecortada respiración de abuelo durante más de media hora. En todo ese tiempo no dejé de sentir la extraña paz y tranquilidad que emanaba de aquella mujer.
Yo era entonces muy pequeño para mantener una conversación de adultos, y demasiado tímido como para preguntarle quién era. Supuse que sería alguna conocida de abuelo o abuela, y eso me bastó.
Sólo al pasar esa media hora vi que se levantó, comenzó a caminar alrededor de la cama de abuelo y se puso junto a la cabecera. De verdad que hasta entonces no había visto nada raro, ni un gesto, ni un movimiento, nada. Pero entonces giró para buscar algo en sus bolsillos y la vi. Era larga, le llegaba más abajo de la cintura. Una trenza, y sentí un extraño frío recorrer todo mi cuerpo. Miré a abuelo y vi como su respiración era cada vez más lenta. No podía apartar mi vista de aquel pecho y aquella boca que cada vez respiraba con más dificultad. Hasta que dejó de respirar. Levanté la vista y ella ya no estaba.
Abuela me había hablado muchas veces de ella. Me decía “Juanito, la muerte no es como dicen. No es una vieja fea, ni desdentada, ni lleva una guadaña a la espalda. La muerte se disfraza de mil maneras, y cada una de ellas es más hermosa que la anterior”. Pero abuela siquiera podía sospechar lo hermosa que podía llegar a ser.
Treinta años después todavía la recuerdo como una de las mujeres más bellas y dulces de mi vida.

miércoles, 12 de enero de 2011

II

Dicen que hay un viento, un viento que recorre el mundo de punta a punta, un viento suave y cálido formado por lo suspiros de los amantes. Dicen que cuando este viento roza tu piel, aunque apenas tus cabellos sufran un leve estremecimiento, si en ese momento unos ojos miran a tus ojos... Cuentan de un río dulce, tranquilo, incesante, que nace entre dos piedras siempre cuando el alba surge. Nadie sabe dónde nace, aunque hay quien habla del cielo, otros de las estrellas, incluso algunos del infierno, que está formado por las lágrimas de los miles de amantes que un día lloraron. Cuentan que si una mañana, cuando sólo se esperaba un sol cálido y suave, quiere la vida que tus pasos den con dicho manantial, al beber, justo cuando las primeras gotas mojan tus labios, si en ese momento una mano se posa en tus hombros... Hay leyendas sobre una estrella, sólo una, que sólo da el brillo de su luz una vez en la vida. Su luz es tibia y limpia, casi imposible de sostener la mirada más de dos segundos. La leyenda cuenta que si, como por casualidad, una noche, cuando levantas la vista al cielo buscando los sueños que la noche guarda para ti, esa noche justamente su luz aparece, y en ese momento unos pasos acompañan a tus pasos, entonces y sólo entonces...
Pero “¡Ay de aquel!”, dicen los más viejos, ay de aquel que tenga la dicha de pasear de noche, por un lugar cuyo nombre aún está por descubrir, desnudo, con su piel abierta y sus manos de ansias. Ay de aquel que no sepa medir bien su mirada, ni sus pasos, ni la sed desbordante de sus labios, y de pronto descubra en unas rocas un manantial perdido, y se agache, y beba, y sienta el frío suave de un viento dulce, y al mirar el manantial vea el reflejo de una estrella. Ay de aquel que entonces levante la mirada, y a la distancia de un beso tenga unos ojos, y a la distancia de un sueño tenga unas manos, y a la distancia de un cuerpo tenga otro cuerpo. ¡Ay de aquel!, dicen los viejos, porque entonces descubrirá lo que nunca dicen las leyendas: que no hay más viento que tu cuerpo, que no hay más manantial que tus labios, que no hay más estrella ni más luz que la que nace en la noche de tus ansias. Que no hay más tumba para la muerte de un deseo que la que cubre la piel de tus sueños.

martes, 11 de enero de 2011

El secreto de la sabiduría

Hace años, muchos años, aunque soy incapaz de precisar cuántos. Mi memoria ya no es lo que fue en tiempos. Me contaron que había un hombre, o una mujer, tampoco podría precisar este dato, que estaba considerado el más sabio del mundo.
Yo era por entonces un joven con unas ansias casi desmedidas de aprender, creía, y todavía creo, que sólo el saber podría hacerme feliz, y libre, y bueno. Por eso emprendí el camino hacia las tierras donde me dijeron que vivía.
Tardé meses. No quise hacer el camino en avión, ni en tren, ni en coche, lo hice andando, necesitaba tiempo para pensar, para saber cuales serían mis preguntas cuando por fin estuviese en su presencia.
Finalmente un día, al fondo de la senda por la que caminaba, apareció ante mis ojos una casa, pequeña, casi oculta por un grupo de árboles.
Me acerqué y estaba allí, en el porche, sentado en una vieja mecedora, con la mirada perdida.
De nada me sirvió cuanto había pensado en los meses de camino, casi sin saludar comencé a preguntarle.

-         ¿Dónde has conseguido tanta sabiduría? ¿has ido a las mejores universidades?
Y él, apenas con un susurro me contestó:
-         No.
-         ¿Entonces habrás tenido los más sabios y doctos maestros?, le dije atropelladamente.
Y de nuevo un susurro cálido salió de su boca para decir:
-         No.
-         ¿Habrás leído todas y cada una de las grandes obras, y miles de libros sobre todas y cada una de las materias?.
Y sin que su voz denotase cansancio o molestia por mis preguntas de nuevo me dijo:
-         No.
-         ¿Entonces cuál es el secreto de tu sabiduría?, le pregunté, dudando ya de que la respuesta me satisficiese.
Él me miró directamente a los ojos, y con una sonrisa me dijo:
Éste. No he hecho otra cosa que escuchar a cuantos vinieron a mi puerta, como hoy has venido tú, y aprender de cuanto ellos me contaron. Escuchar.

Sueño

Sueño