"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"

sábado, 6 de agosto de 2011

Monólogo

Sigue hablando, hace mucho que habla, casi me parecen siglos, y no entiendo nada de lo que dice. Tampoco le presto mucha atención. A nuestro lado pasa una mujer rubia, la sigo con al mirada, casi me obliga a volver la cara cuando una nueva inflexión en su voz y un gesto más, uno que de nuevo es exagerado para el tema del que me habla, me obliga a mantener la mirada fija en él. Seguro que cuando se produzca otro in pass en el que podré desviar la mirada la mujer ya habrá doblado por la esquina. Me hacía ilusión verla por detrás, sentirla alejarse mientras pensaba que sería mucho más divertido caminar detrás de ella que continuar con esta conversación. No sé porqué llamo conversación a esto, él habla sin cesar, y cada vez que intento entrar yo en la conversación sube el tono, acelera la voz, y de nuevo me quedo fuera. No tengo mayor interés, salvo el de convertir esto en algo dinámico, en algo donde los dos nos repartamos el tiempo de decir estupideces, porque eso es lo que decimos, lo que dice él, de manera más justa. Siquiera estaba pensando en un cincuenta cincuenta, me bastaría un ochenta veinte, incluso estaría dispuesto a aguantar mucho más tiempo este monólogo con un noventa diez; pero ni tan siquiera puedo pensar, me obliga una y otra vez a seguir su discurso. Claro que no me obliga físicamente, ni con llamadas a mi atención del tipo “¿me entiendes?”, simplemente no deja de hablar, y da un énfasis a cada cosa que dice como si fuese realmente algo trascendente, algo que a mí me importara lo más mínimo. Yo ya hace tiempo que sé que se habla a si mismo. Podría hacerlo ante un espejo, no cambiaría nada con respecto a mí, al menos con respecto a como yo me siento; pero necesita saber que se escucha a través de otro. En más de una ocasión he estado tentado de decirle que no me importa en absoluto nada de lo que me dice, nada, siquiera cuando habla de cosas intrascendentes que soporto con cierta estoicidad al resto de la gente, y que en él se convierten en tediosas, en odiosas. En lugar de eso vuelvo a maldecir en silencio, una vez más, mi buena educación, por un momento temo que no calle nunca, que me vea sentado en esta silla, frente a él, por un espacio de tiempo donde el tiempo no tendrá sentido. Envejeceré, no veré crecer a mis hijos, nunca más haré el amor con mi mujer, seguramente no enfermaré, nada, con tal de acabar mis días en aquella silla y escuchándole hablar sin parar. Noto un agota de sudor bajar por mi frente. Si, es verano y hace calor; pero creo que es una gota de miedo. Necesito que alguien me rescate de aquella situación, necesito un respiro, aunque sea escuchando el monólogo de otra persona. No seré capaz de resistir mucho más, caeré desmayado, al suelo, en medio de aquel bar. Se acercarán a mí, pegarán su oreja a mis labios porque intentaré susurrar algo. Y cuando escuchen, casi sin fuerza, de mis labios “necesito huir de aquí”, no entenderán porqué lo digo y llamarán a gritos a un médico. Sigue moviendo los brazos, sus ojos no dejan de brillar, su voz aumenta de tono y de rapidez, puede que me encuentre ante el cénit de su aburrido monólogo, puede que de repente diga algo parecido a “y esto es todo”, y yo pueda levantarme de aquella silla y coger el camino a mi casa, puede. Pero no es así, de nuevo baja el tono, sus brazos se apoyan en la mesa, mira por un instante al techo y continua con una voz suave, como si me estuviese contando un secreto que no han de oír en las mesas de al lado. No puedo más, de verdad que no puedo más, noto al límite mi buena educación, mis piernas se mueven nerviosas pidiéndome a gritos que me levante y huya de allí corriendo. No importa si parezco el más terrible de los cobardes o el peor de los maleducados, pero necesito salir de aquella situación que no sé como me atrapó. La mujer rubia vuelve. Esta vez no importa lo que me diga, cual sea su tono de voz o lo mucho que gesticule, me he hecho el firme propósito de seguirla hasta que desaparezca por la primera esquina. Necesito ese descanso. Y cuando creo que lo voy a conseguir, cuando mi vista ya ve el lateral de la mujer y no tardará mucho en verla totalmente de espaldas, caminando resuelta, sin miedo a que una conversación donde nunca participo la atrape, me coge del brazo y no tengo más remedio que volver la cabeza y mirarlo a los ojos. Afirmo con la cabeza, es lo único que quería de mí; pero cuando vuelvo la cara ya no está. Dos veces, dos veces se me ha escapado la posibilidad de huir de allí por unos instantes. De repente un silencio. Me remuevo inquieto en la silla, enciendo un cigarro, tiemblo, tengo miedo; pero el silencio continúa un poco más. Es el momento, me digo, y lo hago. “Se me hace tarde, he de irme”, y acompaño esa frase levantando mi cuerpo de la silla y extendiendo mi mano. No hay lugar a malinterpretar nada, quiero irme, he de irme. Todavía hace un par de intentos pero son vanos. Mi postura, mi decisión, mis piernas comenzando a caminar hacia la puerta del bar no dejan lugar a dudas. Salgo afuera, el aire da en mi cara y lo siento como si solo eso fuese lo que tantas veces han intentado definir como la libertad. Sé que habrán más monólogos de estos, y que volveré a sentirme igual; pero mi suerte nunca ha sido tan mala, por eso al girar la primera esquina sale la mujer rubia de una de las tiendas y camina delante de mí, a unos treinta metros. Me siento feliz, camino en silencio, en un silencio que todavía me es casi doloroso. No sé donde voy, seguiré a esa mujer durante unos minutos y luego tomaré el camino a casa. El camino a casa.

viernes, 5 de agosto de 2011

Otra vez es febrero


Otra vez es febrero, un largo e interminable febrero que no termina nunca, que nunca rompe en una cálida y dulce primavera. Ya no recuerdo los calurosos días del verano, incluso añoro con verdadera extrañeza los fríos días del invierno. Pero hace años, muchos años, que siempre es febrero, un febrero incoloro que se ha metido en mi cuerpo hasta el fondo y parece querer que forme parte de él por siempre.
Cuando llegó, no hace falta decir que ya había tenido otros febreros en mi vida, pensé que no duraría mucho, en el peor de los casos veintinueve días, ni uno más. Y que como la mayoría de las veces sería un mes simplemente de los de descontar, suceden tan pocas cosas en febrero. Pero ya el primer día lo trajo a él. No parecía un mal compañero para el viaje. Le dejé quedarse, ese fue mi primer error, el segundo fue intentar darle conversación, a partir de este punto comenzamos a confundirnos el uno con el otro. A los cinco días, aunque desde que él está aquí ya no tienen tanto sentido la cuenta de los días, ya me era casi imposible distinguirlo de mí. No era el clásico que todo el mundo conoce, no, era mucho más sofisticado, como si estuviese hecho a mi medida. Cada palabra que yo decía la repetía, cada gesto, cada movimiento. Si me sentaba a ver la televisión se sentaba a mi lado, si permanecía en silencio él lo estaba, salvo a veces un lejano susurro cuando yo ya había terminado de hablar. Leyó los mismos libros que yo, comió las mismas comidas, caminó los mismos caminos, se acostó conmigo y con cada una de las mujeres que conmigo se acostaron.
Ayer hubo un amago de marzo, volví la cara esperando que se hubiese ido pero él también volvió la cara, fue sólo una ráfaga de viento en los cristales. Y de poco me sirve llorar, o rogar, porque cuando lo hago él también llora, y también ruega, como si mi condena fuese él y yo fuese la suya. Como si ambos tuviésemos que purgar una interminable lista de pecados y nuestro infierno fuese este febrero que no terminará de pasar nunca, nunca.
He jugado a esconderme y se esconde conmigo, he hecho el muerto y resucita conmigo, he gritado con el más desgarrador de los gritos y él, no sólo ha gritado conmigo, sino que ha puesto más empeño que yo en el grito.
Finalmente febrero nos ha vencido. Miro el calendario, cinco de febrero, ayer era doce, y anteayer cuatro, y un número diferente cada día, y él y yo los mismos desde hace tanto tiempo.
Sólo me queda esperar, esperar que algún día pueda deshacerme de este fiel compañero y de la compañía de este febrero…febre…feb…

lunes, 1 de agosto de 2011

Un corazón pequeño

-         ¿Crees que en eso a lo que llamas corazón cabe todo?, no te equivoques, es mucho más pequeño de lo que piensas.
-         No es verdad, es inmenso, cabe todo lo que quiera meter.
-         Veo que has leído demasiados cuentos de niño, demasiados. Uno por semana está bien, más consiguen que acabemos creyendo lo que no es verdad, lo que hará que nuestra vida sea una inacabable búsqueda de la mentira que acabó instalándose en nosotros. Un corazón es mucho más pequeño de lo que creemos, apenas tiene lugar para cuatro o cinco cosas. Importantes, es cierto, muy importantes, pero no más de cuatro o cinco.
-         Pero el mío está lleno, y todavía cabe mucho, más de lo que nunca seré capaz de meter en él.
-         ¿Estas seguro? ¿tienes odio dentro de él?, ¿hay un lugar reservado para la venganza, para el rencor?, ¿si busco con cuidado encontraré en algún rincón una buena cantidad de envidia disfrazada de cualquier cosa?, ¿me podrías jurar que no hay en él ni una pizca de traición, de espera cauta, aunque sea durante años, para devolver el dolor que algún día le causaron?
-         Bueno, claro, no soy perfecto. Claro que algo de eso hay dentro de él. Pero estoy seguro que hay mucho más amor, mucha más comprensión, mucha más solidaridad, y tantas otras cosas que lo convierten en un buen corazón.
-         Ahí es donde está tu error. Como te he dicho en un corazón apenas caben cuatro o cinco cosas. El amor, la comprensión, la ternura, y un par de cosas más que no ha conseguido descubrir nadie todavía. Lo demás, eso que tú tienes en el corazón y que ves normal porque no está en gran cantidad, eso, eso es precisamente la mentira que hace parecer que un corazón es inmenso. Eso te dará la falsa impresión de que por mucho que metas en un corazón nunca tendrá fin, porque para el dolor nunca hay fin. Toma tu corazón, quita todo eso que hoy justificas y verás como apenas es un pequeño corazón. Verás como si le dejas solo lo que debe de haber en él será el más pequeño de los corazones. Pero un hombre con un corazón tan pequeño es capaz de las mayores historias. si cada vez que alguien llama a su puerta le contesta el amor, si cuando llega el perdido le abre la comprensión, si cuando llega casi sin fuerzas el dolorido la ternura lo acoge en cualquier rincón de ese pequeño corazón, si, incluso, cuando llegue algún otro viajero que no sabe bien lo que busca, alguna de esas dos cosas que faltan para llenar un corazón resultan ser las que venía buscando, entonces te darás cuenta de que no hace falta un gran corazón, sino sólo un corazón que sepa su trabajo.
-         No estoy de acuerdo, un corazón no tiene fin, esté lleno de lo que esté lleno.

No hubo respuesta, de nada sirve intentar convencer a alguien de que los corazones son más pequeños de lo que parecen, no si se tiene el corazón lleno de más cosas de las que ha de tener. Uno siguió buscando cosas que meter dentro de su corazón, el otro se dedicó a cuidar el suyo. Un corazón pequeño hay que cuidarlo todos los días, para no correr el riesgo de que se haga demasiado grande y quepa en el cuanto no ha de haber.

domingo, 31 de julio de 2011

Camino a la locura. Noveno paso. Y ya nunca se fue.

-         ¿Vas para abajo Pedro?

Pedro caminaba en silencio. Pasaba en ese momento al lado del bar de Lucas. Poca gente, verano y más de treinta y siete grados a la sombra, poca gente. Pero Luis estaba a la puerta del bar, con su gorra en la mano y mirando calle abajo. Luis trabajó unos años en el centro de África, desplazado por su empresa, cuando las cosas iban bien, aunque para él aquello no fue ir bien. De su tiempo en África se trajo varias cosas. Recuerdos de algunos trabajos artesanales que no tardaron mucho en hacer el viaje desde un lugar destacado en el comedor al altillo donde están guardadas las cosas que parece que nunca han existido. Una sensación inmensa de soledad que se le coló en el cuerpo casi sin darse cuenta a partir de la segunda semana y que ya no sé quitó nunca. Pensó que al volver se le pasaría. Primero se dio un par de semanas, se dijo que si le entró a las dos semanas se le iría a las dos semanas, pero no fue así, se quedó allí, en sus huesos, dos semanas, dos meses, dos años, y ya nunca se fue. Y se trajo también una increíble capacidad de aguantar el calor. No a todos los que han estado trabajando por allí les pasa, pero a él le pasó. A veces se sentaba el la terraza del bar, a la sombra, porque una cosa es que soportase bien el sol, y otra buscarlo sin motivo, y pedía una cerveza, otra, nunca eran menos de tres y la mayoría de las veces más, y se estaba horas, mientras el sol hacía su camino sin prisa. Comenzaba a darle en los pies, y él ni cuenta se daba, le subía por las piernas, por el vientre, y él ni cuenta se daba, hasta que se le sentaba en la cabeza, una hora, dos, y él ni cuenta se daba. Al principio le gastaban bromas, le decían que aguantaba tanto por lo mucho que bebía, pero los cuatro meses que estuvo sin beber, una especie de cólico dijo el médico, y que coincidieron con uno de los veranos más calidos de los últimos años, él siguió con aquel absurdo juego con el sol. Con una botella de agua en vez de cervezas, pero con el mismo juego. Cada día se sentaba en la misma silla y, a la misma hora, el sol se le sentaba en la cabeza, y ni caso, ni amago de recorrer apenas un poco la silla para librarse de él. Como si no existiese, como si fuese uno de esos días nublados en que lo mismo da sombra que sombra.

Pedro era otra cosa. Pedro había nacido en el norte, en un pueblo pesquero metido en un pequeño golfo donde siempre soplaba un viento agradable y fresco, demasiado fresco a veces, que no le daba cancha al sol para conseguir un día de agobio. Por eso desde que emigró a este pueblo caminaba pegado a los edificios en verano, por la acera que daba la sombra. Sudando, siempre sudando, con la camisa manchada por la sudor nada más salir de casa. Odiaba la zona por la que caminaba ahora. Zona nueva, calles anchas y encaradas de manera que, desde las doce a las dos, nada de sombra, todo fuego de acera a acera, todo fuego. Mal apaño, si aceleraba el paso para cruzarlas rápido sudaba, si ralentizaba el paso, para no cansar mucho su cuerpo, sudaba, mal apaño.

-         Siempre para abajo Luis, siempre para abajo. Para abajo en la vida, para abajo en el trabajo, y para abajo en el pueblo. ¿Te vienes?, a lo mejor me das algo de sombra.
-         Espera un segundo, pago y te acompaño.

Se levanta, el sol pone mala cara, entra en el bar y Pedro se queda fuera, debajo del toldo. Un ratito, apenas nada, de sombra, que no sabe si será bueno, y de nuevo a seguir por estas sendas del infierno que debieron de sobrarle al demonio cuando planifico el nuevo urbanismo del averno. A dios nunca le sobra un árbol que de cobijo, ni una fuente que sacie la sed, ni…tengo que dejar de pensar en estas cosas, se dice Pedro, pero es que con este calor.
Sale Luis, se pone al lado de Pedro y acompasan el paso. Intenta caminar a su lado de manera que le de algo de sombra, a él no le importa; pero trabajo imposible, son las doce y poco, y el sol esta vertical, dejándose caer sin clemencia desde millones de kilómetros sobre la cabeza de Pedro. Si al menos toda esa distancia sirviese para coger velocidad, para caer a plomo sobre esa cabeza y fundirla, traspasarla de parte aparte y acabar con aquel sufrimiento que dura ya casi un mes; pero no, los rayos van perdiendo velocidad a medida que se acercan a la cabeza de Pedro y, apenas a unos cinco centímetros de ella paran, se toman su tiempo, y descargan todo su fuego sobre ella.

-         Han dicho que a partir de mañana llegan unos días de lluvia.
-         No sé Luis, eso mismo dijeron la semana pasada y nada, siquiera nubes.
-         De todos modos te acostumbrarás, no te preocupes, yo me acostumbré en África y aquello si que era calor, y no esto.

Giran la esquina al final de la calle, dos metros de sombra, apenas dos metros, por un balcón lleno de flores. Se paran, Pedro se seca la sudor de la cara. Los pies están ardiendo y deja que descansen un poco en aquella sombra. Luis espera al sol. Puede que parezca una provocación pero si se metiese en aquellos dos metros de sombra estaría demasiado cerca de Pedro, dándole calor, y a él le da igual. Pedro mira para abajo. La calle casi se pierde, tragada por aquel insoportable calor. El sol se refleja en los edificios deformándolos, dándoles el aspecto de dragones que echan fuego por su boca. Ni una sombra, en los próximos doscientos metros ni una sombra. Por unos segundos piensa que no será capaz de andar aquel trecho, y menos con la sospecha de que cuando gire en la siguiente esquina habrá más de lo mismo, y todavía le faltan unas cuantas calles para llegar abajo. Morirá en medio de aquellas calles, en medio de un charco de sudor y con la ropa empapada. Menos mal, piensa, que voy con Luis, él será capaz de aguantar a mi lado el tiempo que haga falta, dándome conversación, cuidando de mí hasta que alguien venga a recogerme, él estuvo en África. Guarda el pañuelo en el bolsillo. Ya parece haber recuperado alguna de las fuerzas que el sol le había quitado y ha guardado en las pocas sombras que hay en el camino.

-         ¿Seguimos Luis?
-         Cuando tú quieras Pedro.
-         Joder, si es que parece que los guardianes de las puertas del infierno se hayan ido a tomar algo y se las hayan dejado abiertas. Y no me jodas con que tú estuviste en África.
-         No he dicho nada. Yo no me quejo, si hace sol, sol, si llueve, lluvia; pero es verdad, estuve en África, demasiado tiempo Pedro. ¿Y crees que aquello fue bueno? ¿quieres que te hable de la soledad?. Ja ja ja ja ja ja, coño pues no me acabo de dar cuenta de que “soledad” lleva la palabra “sol”. Puede que por eso ya no note el sol, porque me traje casi toda la soledad que había en África, casi toda. ¿Qué querías, que me trajese también el sol? Ya ves Pedro, a unos les toca la soledad y a otros el sol, cada uno carga con su culpa a cuestas. ¿Qué has hecho tú para cargar con la tuya?

Pedro ya hace rato que no escucha a Luis, las gotas de sudor caen por su frente, por sus cejas, y se le meten en los ojos. Escuecen, queman su frente y escuecen. Ya no surte efecto pasar el pañuelo, ya han encontrado el camino y no dejan de caer. En la punta de su nariz una tras otra toman el relevo y se dejan caer hacia el vacío; pero Pedro ha comido demasiado en esta vida. Demasiado para su salud y para su problema con el sudor. Por eso las gotas nunca caen hasta el suelo, sino que golpean contra su prominente tripa formando una mancha que cada vez es más grande. Mal día para ponerse una camisa azul clara.
Llegan a la plaza. Por fin. Apenas unos metros más y estará a la entrada de su casa. Luis se despide de él y se sienta en la terraza del bar, al sol. Pide una cerveza mientras ve como Pedro avanza casi arrastrándose los últimos metros que le quedan hasta su puerta. Su espalda es una mancha desde el cuello hasta el final de la camisa. Lo ve perderse en el portal y deja que su mirada se pierda en un cielo inmaculado donde hace días que no pasa una nube. Y recuerda los cielos de África, sus sendas, sus fuentes secas, su soledad. Y recuerda.

- ¿Vas para arriba Ernesto?

jueves, 28 de julio de 2011

Camino a la locura. Octavo paso, Son las once y treinta y dos.

Son las once y treinta y dos minutos, al día apenas le quedaban unos minutos para terminar, tú inteligencia ha estado de paseo casi todo el día, y en lugar de tener piedad de ti le da por llegar justo ahora, con una consciencia tan dolorosa como miles de alfileres de hielo clavados en tú cuerpo. No había sido un mal día, puede que un día de extraños y ausencias, pero no un mal día. Y justo cuando el sueño abre la puerta de tu habitación y no está a más de dos pasos de tu alma, tu inteligencia, la poca que te queda, se sube de golpe a tu cabeza y abre tus ojos de par en par. Como añoras cuando se situaba en tu entrepierna y te hablaba de jugar mientras esperabas la noche cerrada. Pero hoy es una noche de verano, y hasta la luna, que ha estado unos días de vacaciones, se mantiene casi sin esfuerzo en un cielo inmaculado, e inunda de luz tu habitación. Intentas un quiebro, enciendes la televisión y buscas el programa más tonto que hay en ella; pero ya es tarde, ya no es sólo que haya abierto tus ojos de par en par, es que se ha metido en tu cuerpo hasta los tuétanos, es que ya todo tú eres inteligencia como hace años que no lo eras, y no tiene remedio. Te buscas en el día, haces repaso desde el momento mismo en que tus pies sintieron el tibio frescor del suelo, y no estás. Se levantó un extraño que apenas se pudo tener en pie mientras escuchaba un sonido de agua en el fondo del vater. Unas manos, que ahora si que crees reconocer como tuyas, aunque no sabes muy bien de donde han salido, ayudaron a peinar y lavar una cara cuyo único gesto repetía una y otra vez. Vuelves a hacer un esfuerzo, vuelves a cerrar los ojos y conectas la radio, en el programa más sangriento que eres capaz de encontrar, puede que unos cuantos muertos se lleven al muerto que de nuevo has sido hoy, lejos de eso tu inteligencia los coge, los mete dentro de ti y organiza una de las mejores fiestas que recuerdas. Todos, de la mano, como un batallón sin dueño y sin norte, os dirigís a un trabajo, no importa cual. Éste tiene cara de carpintero, pero es albañil, aquel tiene cara de notario, pero es pensionista, los más no tienen cara de nada, pero son lo que son. Y tú, que siempre habías querido ser escritor, eres el fantasma que día tras día camina por tu vida como si ese fuese su castigo y a la vez su futuro. Por un momento piensas que esto le pasa a todos, que todos se acuestan de noche, en una mullida cama, que invita a un sueño relajante, pero a todos les ataca a traición la inteligencia, ese maldito duende que no conoce la piedad. Que todos se darán cuenta… pero tú no estas hoy para compartir, para sentirte parte de un infinito solidario donde poder diluir tu ausencia. No, hoy estás solo, la luna ilumina tu cara y no oculta esa lágrima. Puede que mañana te despiertes igual de torpe, puede que de nuevo tu inteligencia se haya ido a otras tierras y te deje en paz por un largo tiempo, puede; pero este noche no será una noche de sueños, no será una noche de olvido, esta noche le has de pedir perdón, ha de saber que no te has olvidado del todo de él. Díselo, aunque eso suponga darte cuenta de quién eres, díselo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Y el que camina ya no soy yo.

Hace tiempo que vienen a mi casa, demasiado. En cada viaje se llevan algo y casi nunca dejan nada. Comenzaron por llevarse el horizonte, y árboles y montañas quedaron huérfanos y perdidos en un mundo donde ya no habían medidas a las que acogerse. Después, con una prisa que impidió que me fuese acostumbrando a los cambios, se fueron acercando, robándome cada uno de los caminos que tantas veces recorrieron mis pies. Y mis pies, pobres diablos que sólo saben del arte de caminar, aunque a veces se adentren en sendas que solo les producirán dolor y abandono, se sintieron solos, en una soledad que se aferraba a mis piernas como si su único fin fuese conquistar todo mi cuerpo. No me dieron respiro, hasta el peor de los enemigos se merece un respiro donde curar sus heridas; pero sin tiempo a poner algún bálsamo en las mias, se acercaron de noche a mi casa. Y una casa no es casa sin puertas, aunque estas estén siempre abiertas. Y eso es lo que me trajo la mañana, un abandono de puertas y ventanas que dejaban mi piel y mis huesos expuestos a los aires más fríos y a los vientos más terribles. Aun así lo soporté. Aprendí a vivir con el más gélido de los inviernos y el más tórrido de los veranos. Aprendí a vivir. Cuando, después de llevarse todos los muebles, las escaleras, hasta el sótano, aquel que creía guardado en lo más hondo de mi alma, y que nadie sería capaz de encontrar, pensé que ya no quedaba nada, que se darían por vencidos en esta desigual lucha en la que nunca gano, en la que nunca tengo oportunidad de ganar, entonces me sorprendieron un día, tumbado al sol, a la entrada de lo que yo aun llamaba mi casa, y saltaron sobre mí.
Ahora salgo cada mañana de un sitio al que ya no llamo mi casa, mis pasos se multiplican en un páramo en el que lo más parecido a un camino es una inmensa extensión donde nunca queda marcada una huella, y viajo hacia un infinito donde no hay rastro de árboles, de montañas, donde el horizonte es un vacío al que nadie se ha atrevido a ponerle nombre. No lo haría, no sería capaz de dar un paso para recuperar nada de lo que se llevaron hasta anoche. Pero es que anoche se llevaron mi corazón. Y el que camina ya no soy yo.

martes, 26 de julio de 2011

Camino a la locura. Séptimo paso. Y ahora la ausencia.


Espejo- ¿a quién sacarás hoy ahí fuera?

Hombre- Que más da, ellos no esperan a nadie. Que más da a quién saque hoy de paseo.

Espejo- ellos no esperan a nadie, pero ¿a quién hace tanto tiempo que esperas tú?

Hombre- Yo tampoco espero, puede que hace años, muchos años, demasiados, todavía tuviese la esperanza de que él apareciese; pero ya no. Ya no tiene importancia. No importa si saco a pasear al pedante arrogante que raya lo insufrible, ellos se lo disculpan. O si decido sacar al encantador, al que las serpientes siguen sin hacer preguntas, no notarán nada. O si decido sacar al sombrío y lo hago caminar por este día con la más triste de las sonrisas y el silencio como abrigo, nada le dirán, respetarán su silencio, y solo los más allegados se acercarán a él de corazón para preguntarle. No, no importa.

Espejo- sigues sin contestarme, te he visto sacar a cientos, puede que a miles. Te he visto disfrutar solo pensando en la cara que pondrían cuando sabías que esperaban al serio, al responsable, y tú decidías que sería el obsceno incorregible quien se presentaría ante ellos con la más burlona de sus sonrisas. O cuando simplemente lo dejabas a la suerte, a que fuese el día quien conformara el que verían todos. Pero hoy, un día donde sabes que no valdrán las mentiras, ¿a quién dejarás que camine por este día?

Hombre- ya me has visto llorar en más ocasiones, sólo tú me has visto llorar. Hoy mis lágrimas no son por ti. De nada sirve que me vuelvas un reflejo que ya no reconozco como mío. De nada sirve que me invites a disfrazarme de nuevo. Hoy no cambiaré mi pelo, ni mi barba, ni dejaré que una mueca ensayada se instale en mi cara. Hoy no.

El espejo distrae su mirada, reflejando una pared blanca, inmaculadamente blanca, mientras un hombre cubre su cuerpo con un pantalón, con una camisa, con llanto. Sale del cuarto de baño, pasando ante el espejo y sin dirigirle ni una mirada. En el espejo un hombre desnudo llora.

lunes, 25 de julio de 2011

Ego


Si no importa, si realmente no importa cuantos caminos ni cuanto tiempo andes, entonces para qué sirven los pasos. Si es indiferente a cuantas puertas llames y hasta que punto seas capaz de desgastar tus nudillos en el intento porque la madera puede llegar a ser vacío, entonces para qué sirve el dolor de la carne y la dureza infinita del hueso que acabará sobreviviendo a las ideas. Si tu boca se abre como sima que nunca tiene final, y tus cuerdas vocales se tensan como si fuesen parte de la legión de arqueros más poderosa del norte, y entonces en un esfuerzo casi inhumano lanzas el más terrible de los gritos de auxilio, y te das cuenta de que ante los miles de oídos sólo llega un terrible y lejano rumor de brisa que apenas les hace volver la mirada, entonces de que sirve que el sonido viaje en el espacio si nunca fue más allá de tus labios. Pero aun así siempre te quedará lo más terrible, lo que hace que sigas caminando, que sigas llamando a todas y cada una de las puertas, pese a la sangre que corre por tus manos, que sigas gritando aunque tu garganta apenas alcance ya para el suspiro, porque ¿qué sucederá si un día, en un paseo cualquiera, ese día en que no hay un rumbo ni una meta fija, ese día en que decidiste dejar las manos en tus bolsillos para que el paso fuese indolente, ese día en que piensas mientras tu boca está cerrada en un rictus de burlona tranquilidad, qué pasará si ese día, al dar la vuelta a cualquiera de las miles de esquinas que tiene la vida, ves una sombra alargada sobre el suelo, la sigues con la mirada, sientes como está cosida con un hilo de derrota a unos pies, subes la mirada por unas piernas que caminan sin prisa, con dejadez, alcanza tu mirada una espalda cansada de llevar esa sombra a cuestas calle tras calle, ves una cabeza casi cana, dejada caer sobre unos hombros como si no perteneciese a ese cuerpo, y entonces se vuelve, te mira, lo miras, y ves que eres tú, que nunca has ido a ningún lado, que siempre has estado andando las mismas calles, tocando a las mismas puertas, lanzando los mismos gritos vacíos que sólo ayudaron a agudizar tu sordera?, ¿qué pasará si él, si tú, te mira con el mismo miedo que ahora hay reflejado en tu mirada, si por un instante ambos estáis a punto de llorar, a punto de arremeter contra el otro y terminar con aquella atrocidad que hace que os encontréis una y otra vez en la misma calle, en el mismo instante?. Pero no, como siempre, como cada vez que ha sucedido desde el comienzo, el baja la mirada, se vuelve, y retoma su camino, con un paso que sientes como tuyo, que te hace notar un extraño cosquilleo en los pies, en las piernas, y ves como toca en todas y cada una de las puertas, y tus manos sangran, y te parece escuchar un grito desgarrador que apenas llega a tus oídos, y sientes como duele tu garganta. Esperas unos segundos, sólo lo necesario para ver como se pierde comido por los cientos de paseantes que pueblan aquellas calles, y sientes el roce de sus cuerpos en tu cuerpo, hasta que giras, tus piernas comienzan a andar como si fuesen las piernas de un extraño, tus manos siguen sangrando como si fuesen las manos de un extraño, y de tu garganta surge algo parecido a un lamento que pregunta ¿hasta cuando?

domingo, 24 de julio de 2011

Vivo en esta cueva

Vivo en esta cueva, en la ladera norte. Todos vivimos en cuevas, cada uno en la suya, pero no hablamos, hace años, generaciones que no hablamos. Nos relacionamos, eso es evidente, incluso tenemos unas normas mucho más avanzadas que las que hay en alguno de los escritos más antiguos de nuestros antepasados, pero no hablamos. Nadie, ni los más viejos son capaces de recordar cuando ni como sucedió, simplemente dejaron de hacerlo. A menudo asistimos a fiestas, a conmemoraciones de viejas gestas. En ellas se escuchan, de cuando en cuando, sonidos guturales que los estudiosos del silencio han dado en llamar risas. El resto no comprendemos, no nos esforzamos en comprender, simplemente estamos seguros de que nacen de algún defecto físico en el estómago de los que las emiten. De hecho, cuando a alguno de ellos se les ha invitado, no sin cierto temor, a que las repitan, son incapaces de hacerlo, lo más que consiguen es poner un gesto raro en su cara, un gesto que denota tal sufrimiento que, rápidamente, los demás les animamos con viveza a que dejen de intentarlo. Creo que será necesario explicar que los escritos siempre son interpretados por insignes estudiosos que nos han informado de que los signos que en ellos aparecen son la escenificación escrita de lo que nuestros antepasados eran capaces de emitir con sus gargantas. La mayoría no lo creemos, nunca lo hemos creído, pero no es algo que esté bien visto, no, no se puede dudar de quienes han dedicado su vida al estudio, pese a que ello suponga que el resto tenemos que dejar una aportación de nuestro trabajo para que ellos puedan dedicar todo el tiempo al estudio de esos escritos y otras cuestiones, como la forma en que se relacionaban o las artes que practicaban. No pongo en duda la importancia de estos estudios, aunque he de confesar que en ciertos episodios de mi vida no los vi muy claros ni muy beneficiosos para el resto de los habitantes, pero no acabo de acostumbrarme a verlos sentados ante la entrada de sus cuevas, mirando una y otra vez unos papeles que en años no han reportado nada al resto de los pobladores. A veces uno de estos estudiosos se levanta, como si hubiese dado con la clave de todo lo que se ha estado buscando durante generaciones, porque la investigación ya dura generaciones, mira con asombro los papeles que tiene ante él, sus ojos parecen presas de un asombro que a los demás nos es ajeno, sus manos tiemblan sujetando aquellos papeles con un nerviosismo que amenaza con romperlos en mil pedazos, no negaré que a veces así lo he deseado, sería una forma de que todo esto terminase, y entonces mueve la cabeza en sentido negativo, vuelve a sentarse con las piernas cruzadas, relega los papeles que tenía en sus manos, unos instantes antes, al final de las muchas pilas de folios que tiene ante él y coge un nuevo montón. Y de nuevo comienza, ensimismado, a revisar uno tras otro todos los legajos que ya revisó en los últimos días, en los últimos años. A menudo uno de estos estudiosos se levanta, coge unos cuantos montones entre sus manos y va hasta la entrada de la cueva de otro de los estudiosos, se miran unos segundos y se intercambian fardos y fardos. Para una mente no acostumbrada a estos menesteres parecería que los cambian sin ningún orden y sentido, que no importa de donde sean cogidos ni cuantos sean, pero esto no es así. Están cuidadosamente numerados, incluso según han dado como resultado sus investigaciones están ordenados por colores de acuerdo a los temas que tratan. No los propios papeles, sería un sacrilegio el mancharlos con cualquiera de los tintes que conseguimos de plantas y animales, no, han ideado un sistema de cuerdas finas, que unas mujeres elegidas desde su nacimiento se entrenan durante toda su infancia en tejer con fibras de plantas, y que cada una de ellas es tratada con un tinte distinto. Con estas finas cuerdas se atan los diferentes montones de papeles. Unos con cuerdas rojas, otros con azules, y así hasta un número indeterminado de colores. Meses han durado ciertas discusiones entre los estudiosos sobre algún determinado color. Partidarios los había de que era necesario un nuevo tinte para estos en concreto, o para aquellos, mientras que otros determinaban que no eran propios de ninguna nueva rama de estudio, que podían quedar perfectamente englobados en tal rama pero con una nueva categoría menor. Los demás, los que cada día trabajamos los campos y cuidamos de los animales, asistimos a veces perplejos y a veces aburridos a estas largas disquisiciones que nunca acabamos de comprender bien. Pero hemos de respetar la norma, la norma dice que todos y cada uno de los pobladores tendremos que estar presentes cuando los temas a tratar sean de tal importancia que puedan llegar a suponer cambios en los modos y los usos de la convivencia. Tengo cuarenta y cinco años, aunque también el tiempo pasó a ser relativo, y nunca, nunca, esas arduas discusiones dieron lugar a cambio alguno, salvo cuando, hace unos diez años ya, se llegó a la conclusión de que era necesario aumentar la atención y los alimentos a los estudiosos para que su dedicación pudiese ser todavía más exhaustiva.

miércoles, 20 de julio de 2011

A veces los ángeles nos sorprenden

A veces los ángeles nos sorprenden. Aparecen de golpe, como los días de frío en el verano. Uno no se da cuenta hasta que un silencio obliga a mirarlos a los ojos. Puedes encontrarlos sentados, en cualquier terraza de un bar, tras un café, o un té. Ellos nunca dicen que lo son, lo tienen prohibido. No levantan la voz, pero si sonríen se llena el cielo de flores que sólo tú ves. Si su sonrisa se convierte en pájaro, o carcajada, entonces esas flores se te meten en el pecho y, como los más expertos exploradores indios, aquellos de piel curtida y paso silencioso, buscan sin piedad tu corazón hasta que lo convierten en un jardín sin dueño ni medida. Otras veces simplemente aparecen en tu cama. Y un festín de carne y deseo se convierte en ternura. Entonces tus manos no son manos, son dos duendes que dibujan caminos sin principio ni final en la espalda del ángel. Ni su boca es un beso, un ángel no tiene espacio para un beso, entonces su boca es la mejor de las excusas para que tu boca deje que duerman allí los cientos de besos que has guardado, por si aparecía un ángel. Y es casi un sacrilegio que un ángel no pueda parar el tiempo, no pueda convertir un lecho en un mundo del que será imposible salir, o no sea capaz de desbordar sus miedos y dejar que un demonio, el más pequeño de los demonios, juegue en cada una de sus alas, hasta que el juego rompa en silencio.
A veces los ángeles nos sorprenden, desaparecen de golpe; pero nos dejan el aire lleno de un olor a plumas que no desaparece nunca. Entonces de nada sirve una ducha larga, ni limpiar nuestras ropas. Cuando un ángel ha rozado tu piel ya nunca será tu piel, será un anhelo casi infinito, una boca que abarca tu cuerpo y repite sin fin el nombre del ángel.
A veces los ángeles nos sorprenden, nos convierten en ángeles, y andamos sentados por las terrazas de bares, y sonreímos, y en días de flores reímos a carcajadas.

Y ahora escucha esto...

Sueño

Sueño