"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"

domingo, 17 de febrero de 2013

Te llenaré los ojos de sonrisas

Te llenaré los ojos de sonrisas
En un descuido.
Me esconderé en tu noche,
Y emboscado,
Tejeré estrellas con tu pelo.
Haré caminos en el viento
Para que esperen tus pasos,
Caminos de seda y silencio.
Caminos de regreso.
Guardaré en el armario del olvido
Las veces que no fuimos,
Junto con tantas horas sin minutos,
Junto a nombres que ya no pronuncio.
Te llenaré las manos de deseo,
Y te daré mi cuerpo.
Y tú me mirarás contando sueños.
Y tú me mirarás …como ahora miras.

Y ahora escucha esto...

miércoles, 30 de enero de 2013

Cuando se acabe el odio


Cuando se me acabe el odio, cuando en el lugar que ocupa no quede nada, se abrirán  ante mí campos inmensos donde poder cultivar. Ríos, que antes estaban poblados por la bilis, esperarán sin prisa las aguas de una primavera que asomará su cabeza entre la niebla para asegurarse que no queda nada de odio. Aves, las más hermosas aves mitológicas, se pasarán unas a otras el mensaje de unas tierras nuevas. Cuando la ira, que cada mañana llega a mi puerta empujada por el viento del oeste, busque otro camino por el que desgastar sus pies y mi alma. Cuando la ira comience a ser un recuerdo que no venga cada día a mi memoria. Entonces abriré las ventanas de mi casa, de par en par, romperé los cristales para que nada me encierre. Tomaré las semillas que hace años guardé, si soy capaz de recordar donde las puse. Tomaré alguno de los callos que tenía por si el día llegaba, y cavaré la tierra, sin importarme si algún día dará fruto. Cuando el rencor, que ha hecho de mi casa su morada, se vaya tras el odio y la ira, porque sin ellos no es nada, quedarán todas las habitaciones de mi casa vacías. Las pondré en alquiler, sé que al principio no será fácil; pero dicen que hay quien camina sin descanso buscando un lugar donde comenzar de nuevo. Y qué mejor sitio que donde habite el abandono.
Cuando al fin no sea más que lo que siempre he sido, sin disfraces, sin historias que nunca fueron mías, sin más equipaje que un pie puesto en el comienzo de cualquier sitio. Cuando al fin no sea más que hueso y piel, y un mar de posibilidades tan débil que ningún barco se atreva a zarpar entre mis aguas; entonces alargaré mi mano, sin prisa, sin pretensiones, notando el aire, por si una mano comienza el mismo camino.
Cuando se acabe el odio, justo en ese momento, mis ojos se volverán de todos los colores, mi boca se abrirá, por si hay algo que decir, y mis pies recordaran la técnica del camino. Sé que el odio no es infinito, sé que la ira no es capaz de acudir todos los días a su cita, y sé que el rencor es un viaje corto para el que no siempre hay billetes. Por eso entonces, si coincide que es primavera, puede que florezca algo entre mis labios. Quizás sea un beso.

domingo, 20 de enero de 2013

Camino a la locura: del color con que se miren.

- -         ¿Tú crees que el cielo que ahora tú y yo vemos es el mismo cielo para todos?
-         No lo sé, pero ¿quieres que juguemos a eso de si las cosas son según del color con que se miran?
-         No, hoy no, hoy me preocupa más como somos nosotros para las cosas.
Y dejando caer en la yerba el brazo que había levantado para señalar el cielo suspira. Sería casi imposible que un cielo tan limpio fuese ahora el mismo cielo para todos. Un pájaro cruza de este a oeste, y ambos piensan a la vez si forma parte del cielo o pasa por él con la misma indiferencia con la que ellos lo miran desde la yerba. Cuando el pájaro desaparece se restaura el anonimato y el silencio se deja caer desde la copa del árbol.
- Pero ¿tú crees que es el mismo?
- Ya sabes que yo hace tiempo que no creo en nada; pero puede que si, que sea el mismo, como es la misma la pobreza para todos, o la muerte, incluso la alegría, si hay días alegres. Este cielo mirará a los demás con la misma indiferencia con la que nos mira ahora a nosotros. Puede que para algunos tenga nubes, o sea un poco más oscuro, o este lleno de pájaros, a algún sitio iría el que antes pasó; pero será el mismo cielo impertérrito que mira desde hace siglos.
- Y así es que seremos lo mismo para el cielo, para la roca, para este mar que nunca acabe de llenarse, para el odio, que nunca acaba de comenzar. Seremos lo mismo para un viento que no para de dar vueltas sin encontrarnos, y para Caronte, cansado de transportar en su barca una y otra vez al mismo hombre; pero nosotros usaremos el color para mirarlos. Y hablaremos de un cielo imposible para un poema de amor, o de un odio que siempre está a dos pasos del amor, aunque amor y odio se rían de nosotros por los rincones. Y los más inteligentes, si se escucha lo que digan entre las risas de la inteligencia, nos dirán con las cosas que hemos de tener cuidado y con las que no, mientras las cosas seguirán jugando su partida de póker en cualquier bar de la frontera con Mexico. Y la noche no nos hará caso, nunca nos hace caso, nos dejará olvidados en esta yerba, tumbados, señalando un cielo que hace tiempo que no está.
- ¿Y el frío?, el frío que traigo cada mañana en mi mirada ¿será el mismo que otros arrastran en su boca, en sus manos, en su alma? Porque este frío no sabe de fronteras, ni de nombres, ni de sexo.
Y extendiendo su mano tocó la de su amigo. Se cruzaron sus miradas apenas un segundo, no más, lo justo para que al volver a mirar hacia arriba el cielo se hubiese marchado. En su lugar un pájaro inmenso, con las alas abiertas, cubría cuanto la vista de ambos podía abarcar. Dos nubes volaban bajo por entre las patas de animal, mientras un viento suave movía sus plumas y dos ojos negros estaban clavados en ellos.
Se miraron, sabían ambos que era como un bucle que no tenía fin y uno de ellos dijo:
- ¿tú crees que este pájaro que ahora tú y yo vemos es el mismo pájaro para todos?

Se me acabó el llanto


Se me acabó el llanto. Incluso el que compré en rebajas y ya sabía que no daría para mucho. Se acabó esa pose en que entorno los ojos y pienso en lo desgraciada que soy, mientras fumo un cigarro frente a un amanecer que trae la carta de un muerto. Si intento caminar por el cementerio del tiempo, ayer, sin ir más lejos, eran tres vasos pequeños llenos de un líquido rojizo, anteayer unas frases hechas que encontré entre miles de frases que nunca han sido mías ni lo serán, hace apenas un año el llanto.
Se acabó el llanto como se acaba la lluvia en las tormentas de verano, de golpe, sin aviso, como si un sol impenitente no diese más opción, y mis ojos se han quedado secos. Yo todavía habría llorado unos días más, aunque solo fuese por esconderme un tiempo. Y habría buscado un par de canciones sobre las que subirme como si fuesen un Pegaso, aunque casi nunca me han levantado ni un milímetro del suelo. O habría inventado unos cuantos nombres para conseguir llamar a las cosas por el suyo; pero no siempre salen las cosas como una espera. Se acabó el llanto de golpe entre un montón de carcajadas. A él le gustaba mi sonrisa, yo jamás le dije que me gustase la suya; puede que por eso yo haya llorado y él siga sonriendo.
Se acabó el llanto y al marcharse dejó la puerta abierta. No negaré que tuve miedo, podría entrar cualquiera, o salir lo poco que quedaba de mí. Aun hoy, incluso cuando los tres cerrojos están cerrados, tengo miedo del viento que se cuela entre las rendijas. Pero enero está acabando, apenas toso ya, y febrero traerá, comos siempre, un zurrón del que se verán brotar algunos tallos y una azada para comenzar a plantar la primavera en cualquier descuido.
Me asomo a la ventana, siento el aire fresco, le doy una última calada a mi cigarro y noto como baja una lágrima por mi mejilla. No sé por cuál de ellos es, no sé si es por mi, no sé si es la última, y finalmente cae, se acabó el llanto.

y ahora escucha esto...

jueves, 3 de enero de 2013

Escribía al norte del círculo polar

Escribía al norte del círculo polar, sobre un tejado lleno de gatos, donde la luna se cambiaba de ropa cada mañana. Escribía por puro aburrimiento, por desidia, porque había olvidado para que más servían sus manos, ni sus ojos, ni su vida. Él miraba como se movían sus dedos mientras miles de flores tomaban el primer tren para el sur. A veces acariciaba alguno de los gatos, por orden, como si una mecánica intención se apoderase de su voluntad. Y su voluntad luchaba sin descanso por no caer de aquel tejado lleno de hielo y ausencias. Enero no trajo el calor, ni febrero, y él seguía moviendo sus dedos sobre las teclas de aquella vieja máquina Olivetti que hacia ya mucho que no tenía tinta. Y escribió un poema que halaba de ella. Y no fue capaz de recordar quién era ella. Luego escribió un relato sobre una selva, sobre un desierto, sobre un entierro en el que se olvidaron del muerto, y sobre un muerto. Escribía mas allá del norte del círculo polar por obligación. Él hubiese preferido sembrar trigo para que los pájaros se comiesen las semillas. Y hubiese dibujado unos cuantos, no más de diez o doce. Con las alas pequeñas, para que no levantasen mucho viento. Con las alas pequeñas. O montar un bar, justo en medio del hielo, un bar donde nunca entraría nadie y el podría dedicarse cada día, a partir de las ocho, nunca abriría antes de las ocho, a escribir un relato donde un hombre estuviese subido a un tejado rodeado de gatos. Pero el trigo nunca creció bien en aquellas tierras, ni los pájaros volaban tan bajo, ni ella llegaría tan lejos buscándolo. Una mujer, por fría que sea, nunca iría tan lejos a buscar a un hombre como él. Hasta el mismo círculo polar puede, pero más al norte nunca, nunca. Por eso él había días en que se ponía de pie, sobre la punta de sus dedos, y, poniendo una mano a modo de visera sobre sus ojos, miraba a lo lejos, por si podía sentir el olor de un cuerpo. Pero era abril, y en abril el viento sopla en contra. Aquí siempre sopla en contra el viento.
Y la luna, vestida de gala, le tiende la mano. Durante seis meses se pueden bailar muchos tangos. Acabó un poema sobre el amor no sin cierta dificultad, hace años que la “r” no marcaba bien en la Olivetti. Y se puso a bailar abrazado a la luna sobre las tejas. Si ahora llegase ella, pensó, cómo le explicaría que estaba bailando con aquella mujer. Pero la luna siempre ha sido una gran bailarina y le hizo olvidar sus miedos.
Escribía al norte de cualquier sitio. Hoy del círculo polar, ayer al norte de su suerte, justo en medio de su desgracia, hace un mes, o un año, porque el frío hace perder el sentido del tiempo, recuerda haber escrito al norte de la memoria; pero ya no lo recuerda. Hizo un epitafio hace tiempo pero lo olvidó en algún lugar, y la muerte no es capaz de encontrarlo. Y no irá a por él hasta que lo encuentre, porque una muerte en soledad no es nada sin que alguien, aunque sea ella, lea unas palabras. Y cuando amanezca, y la sombra de él y de ella, en un tango infinito, se extienda hasta el ecuador, ¿Quién ordenara que cese la música? ¿Qué los gatos vuelvan al tejado y sus dedos a las teclas?. Pero eso ahora no le preocupa, pone su cabeza sobre el hombro de la luna, apartando su trenza, y baila, baila sin descanso para no tener que escribir esta noche sobre un campo de trigo que nadie cultiva.

Y ahora escucha esto...

miércoles, 19 de diciembre de 2012

En su nombre (deuda)


 A primera hora del día se le rompió una taza de café. Casi sin querer. Resbalando de sus manos como si esa fuese una de sus funciones. Nada, siquiera el que lloviese pese a anunciar el diario que haría sol, la hizo preocuparse. Luego, no serian más de las doce y media, con las últimas gotas y un sol principiante, como siempre, se le quebró el rabo de la escoba. No era especialmente vieja, ni la forzó, fue como un presagio que nadie quiso interpretar, ni la ausencia, ni la mentira, ni el abandono, ni ella. “No problem”, pensó, se compra otra escoba y otra taza. Pero el día era recurrente y extrañamente obsesivo, y no serían más de las seis cuando dejó de funcionar el ordenador. Obsolescencia programada, y se cagó en la tecnología y en dos o tres nombres en inglés que no sabría escribir. Pensó en irse a la cama, en dejar que lo que quedaba de día se fuese en sueño, aunque alguno de ellos se convirtiera en pesadilla; pero no lo hizo, esperaba la fiesta. Y en la fiesta no habría tazas, ni escobas, ni ordenadores, solo ella y la risa.
Y llegó la fiesta, y la risa, y sus ojos, y sus labios, y la música sonando en un acorde infinito que parecía no tener fin. Y llegó la fiera desde un mundo de fieras. Se asomó una taza a la ventana del mundo. Una escoba sin rabo pasó calle abajo. Y alguien grito “se ha colgado” desde un hardware hecho de viento y susurros.
Aplausos, no son aplausos, son dos rayos que rompen la falda de la noche. Suenan aplausos de manco, donde solo una mano viaja por el aire. Y la risa, quebrada, se esconde en un cajón de la cocina, al lado una taza rota, y cierra el cajón sin hacer ruido, sin ruido.
Vuelve a llover, pese a que el noticiero dijo que haría estrellas, muchas estrellas, estrellas en su pelo, y en sus labios, y en su risa. Vuelve a llover.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Hace frío.

Hace frío. Más allá de la ventana debe de haber un mundo; pero hoy no me importa. Hace frío y mis dedos están tristes. Mayo es un recuerdo lejano que se ha deshojado bajo un viento que llega de las fauces de un dragón que no aprendió nunca a echar fuego. He olvidado mi reloj en algún lugar. Es especial. El relojero que lo hizo olvidó una hora, solo una, y cada día tengo sesenta minutos para esconderme entre el pelo de animales mitológicos que duermen a mi lado en el sofá. Sesenta minutos, una eternidad solo puesta en peligro por una espada que corta el tiempo en un incansable trabajo innecesario: ella y yo acabaremos en la misma fosa. Ni yo seré un caballero de historias legendarias en amarillas páginas, ni ella nunca acabará su tarea pese a su estúpido y mecánico encono. Hace frío. Abril, sentado delante de la chimenea, dice que se está pensando traer flores el próximo año. Tose, y de su boca cuelga el tallo de una amapola. Se limpia con su pañuelo y sigue mirando el fuego. Tocan a la puerta. Es la noche. Entra frotándose las manos y va a sentarse junto a abril mientras pide que no encendamos la luz. Junto al fuego apenas se la ve. Silencio. Apenas se oye el aliento cálido de Abril y un susurro lejano a besos que sale de entre las ropas de la noche. Seguramente algunos amantes que han buscado amparo en ella. No contaré nunca su historia. Y seguimos allí, callados, viendo como el duende del fuego salta de un tronco a otro incesantemente mientras canta una tonada que ahuyenta a Cronos. Debe de haber otro mundo fuera; pero hoy no nos importa.

martes, 27 de noviembre de 2012

Te quiero desde ayer.

Te quiero desde ayer, ¿o son ya más de treinta años? Ayer te vi ponerte el pijama desde mi ceguera intermitente. Tu pelo, tu contorno, la sombra de tus pechos que no alcanzaba a ver, tus gatos. Tus manos en mi espalda y Morfeo dando vueltas al borde de la cama. Te quiero desde hace apenas diez minutos, o puede que sea un siglo, mi amor es inconstante, a veces se rezaga, se esconde entre los chopos, parece que se ha ido jugando al escondite. Entonces ¿me he perdido? Hay brazos que aparecen colgados de balcones, y bocas en las puertas, y sexo en los rincones de cuerpos que ignoraba. Hay huellas que conozco, se ajustan a mis pies, me llevan de paseo. Te quiero justo ahora, y ahora es tanto tiempo que no logro abarcarlo. Pareces esta hoja, esta mañana fría, esta lágrima sin sal. La ausencia es un camino que lleva hasta tu aliento. Y tiro de las horas, me meto los minutos en el bolsillo de  mi pantalón roto, y voy dejando un rastro de segundos y besos. Te quiero desde siempre, que a poco sabe siempre cuando pienso en tu risa.

jueves, 22 de noviembre de 2012

No saciarás tu alma en estas tierras.

No saciarás tu alma en estas tierras, decía el cartel a la entrada. Y he de reconocer que así fue. Sol, un abrasador sol que se extendía desde el infinito hasta mis miedos. Sol, demasiado sol. Y un gélido viento en mi pecho al que no llegaba aquel calor. Caminé durante siglos por aquellos polvorientos caminos. Vi mi cara reflejada en la tierra quemada del lecho de los ríos secos. Una cara indefinida que apenas conservaba algunos rasgos del hombre que se adentró en aquellas tierras. los caminantes que me cruzaba nunca me hablaron, ni yo a ellos. El silencio era el príncipe inmisericorde que se instaló en  nuestras gargantas y en nuestros oídos. Un feroz silencio que lo llenaba todo. Dije mi nombre en voz alta, y el eco nada me dijo. Grité en el más atroz de los acantilados, y solo un viento calmo llevó mis palabras hasta el siguiente recodo. No dormí durante aquel tiempo, ni comí, ni bebí. No respiré aquel aire amargo que poblaba aquel paraje yermo. No morí. No se puede morir en las posesiones de la muerte. No morí. Envejecí unos años, pero unos años no tienen mayor sentido en casa de la eternidad. A menudo, en las noches donde el silencio dejaba escuchar el más leve lamento, oía una voz que repetía sin descanso la leyenda del cartel de la entrada, pero siempre añadía un susurro lo más parecido a un llanto que hace mucho no escuchaba.
Lloré, claro que lloré. Lloré hasta que alguno de los ríos ya no fueron lechos yermos; pero mi reflejo siguió siendo una mala caricatura de quién fui antaño. Una caricatura amarga como la sal de aquellas aguas. Y ya no hablo en pasado. Ahora vago entre iguales de un lado a otro. Hace unos días hicimos una hoguera con el cartel de la entrada. Los últimos tiempos han sido demasiado fríos, puede que sea porque ya somos muchos y el abrasador sol ya no logra calentar el suelo de este infierno. O puede que ya no nos importe nada.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Los nadie (a lo lejos, entre sombras, adivino la locura)


 J- ¿Quiénes son?
M- No lo sé. Están siempre ahí, afuera, esperándome. Ayúdame.
J- Aquí no hay nadie.
El viento del norte llegaba sin obstáculos hasta la puerta de su casa. Noche, noche cerrada, siempre noche. Un silencio, apenas roto por el griterío de los niños y la banda de música, se dejaba caer desde lo alto.
M- Diles que me dejen en paz. Al menos hoy. Diles que no soy yo a quién buscan. Por favor cierra la puerta.
J. Pero ya te he dicho que no sé de quién me hablas. Afuera, más allá de la puerta, solo hay vacío. Ya he dado dos vueltas y nada, nadie.
M- Me dan miedo. Me hablan de mí, me hablan. Son incapaces de  cerrar la boca. Una y otra vez inundan de sonidos mi renuncia. Diles que se callen.
El pulpito lleno de generales, de madres de hijos muertos, de cocodrilos. Los focos luchando a brazo partido con la ausencia de estrellas. La luna llorando, escondida detrás de unos árboles, llorando. Una hoja que pasa rodando camino abajo dice que es enero, aunque no puedo ver bien el día.
M- ¿Eres un de ellos, verdad?
J- ¿Uno de quiénes? Acabarás por volverte loco y por volverme loco a mí.
M- Si, eres uno de ellos, el peor de todos. El que consiguió abrirse paso en esta selva de olvido y llegó a mi puerta. Eres el héroe de la manada. El que levantará su brazo con un cuchillo en la mano lleno de mi sangre. Al que levantarán estatuas por todo el país y será venerado en las escuelas y en cantos. Pero no me importa, no al menos si consigues que se callen. Aunque no me creas, diles que se callen por favor, aunque solo sea unos segundos. Hazlo por mí, por favor.
Sobre la puerta, a la derecha, en un rincón, una araña ha tejido una hermosa tela que tiembla a cada nuevo cañonazo. El ensordecedor ruido acalla por unos minutos las palabras de ambos. Se ven sus bocas, sus caras desencajadas, sus gestos, en un mundo donde el ruido los ha convertido en dos actores del cine mudo. Y de pronto, como si cientos de personajes, los cañones, los niños, la banda de música, y tantos otros, se pusieran de acuerdo en un complicado unísono, el silencio.
J- ¡¡¡¡¡¡ Silenciooooooooooooooooooooooooo !!!!!
M- ¿Lo oyes?, ¿oyes mi corazón? No suena, nada, silencio. Hace días que no suena.

Sueño

Sueño