"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"

martes, 6 de marzo de 2018

Si hoy tocase la tristeza a mi puerta


Si hoy tocase la tristeza a mi puerta, como toca en días laborables algún que otro mendigo, casi sin fuerza, casi sin esperanza. Incluso aunque no tocase, aunque solamente asomase su cara por el cristal de la ventana, sin pedir nada, como si sólo la guiase la curiosidad que durante un instante hace que miremos por el solo gesto de la mirada, sin esperar nada, sin pedir nada. Incluso aunque no tocase ni asomase su cara por ventana alguna, si tan solo sintiese el ruido de sus pasos, aunque estos sólo fuesen un deslizar de pies que apenas rozan el suelo en un callado murmullo que muere al instante en cada paso. La tristeza no sería consciente de que es su día de suerte, de que tocó en la puerta que estaba esperando su mano durante tanto tiempo, que se asomó a la ventana tras la que alguien esperaba con los ojos cerrados, que andó por una calle por la que hace años no pasaba nadie. Pero si equivoca el camino, si la tristeza pasa de lejos o encuentra otra casa donde hacer un alto. Si por un momento me descuido y, aunque pase, o toque a mi puerta, yo no estoy atento y tras esperar unos segundos se aleja. Entonces ¿qué haré con todo este tiempo, con todo este espacio vacío que acumulo entre mis manos?. No, estaré atento, bien atento, no contestaré al teléfono, ni comeré, no haré movimiento alguno que distraiga mi mirada, ni cerraré mis ojos un instante, ni mis oídos escucharan otra cosa que no sea el silencio que puede preceder a unos pasos quedos. No, no dejaré que esta oportunidad pase de lejos y de nuevo vuelva el silencio a la madera, el vacío a la ventana, y el frío de la ausencia a la calle. Quedaré como el vigía, alerta, siempre alerta, capaz de escuchar el más leve de los rumores, capaz de ver la sombra más difusa y el brillo más tenue, capaz de lo imposible. Porque hoy tengo una misión especial, hoy soy el encargado, cuando toque, cuando llegue hasta mi puerta, de decirle a la tristeza que hoy, justo hoy, es su día de suerte.

lunes, 5 de marzo de 2018

Consejo


Cientos, miles de llaves de los más hermosos colores y una puerta, una sola, sin cerradura. Olvido, no sabría decir la cantidad de olvido, mi memoria no lo recuerda. Cansancio, el más activo de los cansancios, uno que es incapaz de dejar de trabajar un solo día y acabará por convertirme en mármol.

Soledad.

Demasiada soledad.

Un hombre muerto, otro hombre muerto, un hombre que parece que está vivo pero también está muerto. Una madrugada donde todavía no ha salido el sol y ya no saldrá nunca. Un sol perdido en medio del principio de los tiempos gritando desgarradamente. El asco, un tremendo asco que llena cada poro de mi cuerpo y no para de jugar a expandirse y contraerse en un infinito engaño que nunca acaba en nada. La palabra “mañana” grabada con fuego en mi espalda, un mundo donde siempre, siempre, es ayer. Miedo, ni mucho ni poco, miedo, el justo para no acabar dando nunca el paso y sin embargo, ser incapaz de dejar de intentarlo. Arena, madera, un ciprés, un presagio, yo. Gente a la que no conozco ni me conoce, gente a la que no encuentro. Un viento que no deja de soplar nunca ni encuentra nada a su paso que lo calme. Agua, creí que era agua, llanto. Un jardín, el más bello y fértil de los jardines, que nadie cuida y a más de mil kilómetros, un labrador que se empeña en plantar su única semilla en la más yerma de las tierras. Silencio, tanto silencio que la muerte tiene miedo a pasar por estas tierras. Una mujer, le pregunto, se había equivocado, se marcha. Un poco más de soledad.

Maldito, maldito sea quien me aconsejó que lo mejor era buscar en mi interior, porque esto, y no otra cosa, es lo que hay en mi interior. Maldito.

domingo, 4 de marzo de 2018

Amanece noche, una noche larga y oscura…( La Puerta del alma)


Amanece noche, una noche larga y oscura que nunca termina. Ante mí un páramo inusitadamente poblado de olvido. Y yo, desnudo. Intento caminar y he olvidado el orden de los pasos, su técnica. Sin ritmo, con la torpeza de quien despierta del más dulce de los sueños a la puerta del infierno, avanzo entre los restos de lo que queda de mis ansias. Unos pasos, solo unos pocos, y un cansancio, que parece llegar de lo más profundo de los tiempos, se asienta en mi ánimo y me obliga a sentarme recostando mi espalda en algo que fue un árbol algún día. Por su corteza, lágrimas, que no savia, bajan hasta el suelo y son devoradas por el infinito y oscuro páramo. Cierro los ojos y contemplo la misma oscuridad que con ellos abiertos. Presto atención a todos y cada uno de los sonidos y el silencio me dice que hace tiempo, tanto tiempo, que se fueron. Una hora, dos, puede que días, el tiempo no se atreve a cruzar estas tierras. Las lágrimas resbalan por mis hombros, me hacen sentir parte del árbol, y a él parte de mí, y los dos parte de nada, de esta poblada nada que cubre hasta donde la vista alcanza. Si no fueran suficientes las lágrimas que pueblan cada uno de los árboles y la ausencia, lloraría yo también, yo también. Sin embargo me quedo allí, como si siempre hubiese estado allí, con la sensación que tengo raíces milenarias que se enredan con otras raíces, con miles de raíces. Quizás espero que sople un viento fresco y rápido que haga que alce el vuelo, aunque nunca sopla, o que una mano amiga se tienda hacia mí, me aferre, y tire con fuerza, aunque en el intento, mi piel quede pegada a la corteza del árbol del que ya formo parte. Pero no hay huellas en el suelo, en la ceniza que cubre cada centímetro de este páramo, no, nunca pasa un caminante, nunca pasó, nunca pasará. El páramo es mío, solo mío, y la noche, y los árboles, y la ausencia, y todas y cada una de las lágrimas que siguen cayendo incesantemente, con ese afán insondable que no nace del deseo de llenarlo todo, sino de vaciar unos ojos, un cuerpo, hasta que este solo sea madera seca. No maldigo mi suerte, no puedo maldecir lo que no tengo, ni mi mala estrella, no las hay. No doy cancha a la rabia, ni al desaliento, no tiene sentido. Sólo espero, espero, sintiendo como ya hay ramas que comienzan a clavarse en mi cuerpo y lejos de dañarlo forman parte de él, como el hastío, como mis dedos, como la derrota.

Anochece noche, una noche que se acurruca a mi lado, entre mis piernas. Apenas puedo separarlas un poco para que acomode su cabeza y mi mano acaricia sus cabellos. Miro a lo lejos, a cientos de kilómetros entre la oscuridad, y hay más oscuridad, más, un mar de oscuridad que rompe contra el acantilado de mi derrota. Soy un hombre, era un hombre, nunca fui un hombre. No me importaría mucho si acabase atravesado por los miles de ramas de este páramo y al final pudiese convertirme en ceniza, pero un hilo de vida que casi es una obscenidad en este lugar, se empeña en mantenerme vivo, en sentir como si fuese yo cada ausencia inevitable.

Lloro, por fin lloro, puede que ya no sea yo. Quizás el páramo ganó su batalla, aunque no he luchado, no lucho, nunca lucharé. Duermo, sueño con ceniza, lágrimas grises, mis manos se han convertido en tierra yerma, mis piernas, en cocodrilos de mármol, mi cuerpo, en féretro de humo, y mis ojos, mis ojos…, mis ojos no pueden dejar de mirar esta larga y arrolladora noche. Finalmente la noche entra por mis ojos, baja lentamente por cada una de mis venas, se filtra hasta cada uno de mis pulmones, llega a mi sexo, soy noche, por fin soy noche.

Amanezco yo, no miréis nunca a mis ojos, hoy no.

sábado, 3 de marzo de 2018

Baja por mi espalda


Baja por mi espalda, por mi piel desnuda. Se toma el tiempo justo en el abismo de mis nalgas y de allí se deja caer al infinito suelo perdiéndose entre sus fauces. Era un beso que dejaste olvidado en mi cuello. Se enrosca a mi espalda, se enrosca una y otra vez aumentando su fuerza hasta casi dejarme sin respiración. Crea un aterrador vacío delante de mi pecho buscando la ausencia de tu pecho contra el mío. Es un abrazo, uno que sigue buscando tus brazos y sin embargo, no sabe que ya hace mucho que te fuiste. Habla con mi sombra. Le cuenta de tu ausencia y de cómo la partida fue una derrota donde nadie ganó en la batalla. Le dice que ella se quedó porque sabe que volverás a recogerla y entonces puede que las dos sombras jueguen en una cadencia de suspiros donde el tiempo sólo sea una excusa para convertirlo en deseo. Es tu sombra.

Sueñas, perdida en un mundo donde la noche y el día son la misma cosa y los ojos permanecen siempre cerrados. Donde el tejedor de cadenas sabe hacer demasiado bien su trabajo y, día tras día, va llenando tu cuerpo y tu alma de las más hermosas ataduras, para que su hermosura te haga olvidar su condena. Sueñas, sueños de papel, de metal, de hielo, mientras tu corazón, sumido en la más devastadora de las hogueras, grita sin descanso contra un mundo que transforma cada uno de tus gritos en un imposible.

Mientras, en un recodo de tus caderas, un hombre aguarda. En sus manos tiene un beso, sus brazos están prestos, por si el abrazo llega cuando menos se le espere, y su deseo está sentado a su lado, mirándole, jugando a ratos con tu sombra y a ratos con tu ausencia.

viernes, 2 de marzo de 2018

Armo palabras


Armo palabras como si fueran de luz, sin embargo, hoy volvió la noche. Paro el viento, dejo que mi pelo se mantenga suspendido mientras cientos de aves se quedan clavadas en el cielo con sus alas abiertas, sin embargo, una mujer dobla la siguiente esquina y desaparece de mi vista. Río, dicen que la risa es un buen medicamento, y cada carcajada se convierte en un verso, un poema que habla de amor, hasta que el olvido escribe el último verso. Miro mi cielo, cuento estrellas, hoy hay una menos. Vuelvo a escribir las mismas palabras que he escrito una y otra vez, como si fuese un castigo que nunca acabo de cumplir. Si mañana tengo tiempo, lloraré. La noche ya está aquí, trae su escoba, y barre el olor de todas las pieles, se lleva la risa, guarda en sus cajones caderas, pechos, deseos cumplidos y los que nunca se cumplirán, y hace un pacto con el recuerdo que nunca son capaces de cumplir. Puede que en algún lugar alguien llore sobre mi alma. Mañana será otro día. Pero el día es siempre el mismo en este páramo donde hoy no hay nadie que dé cuerda a los relojes ni mida las distancias. Abro un grifo, una gota de agua cae y se queda suspendida a dos centímetros. En ella, el reflejo de mis ojos y de una lágrima que refleja la gota en una eternidad de juego. Si mañana tengo tiempo, lloraré. Cojo mi cuerpo y tristeza, la cama puede que sea un buen aliado. A uno lo acuno, como si fuese un niño, como si fuese un ángel. La otra se sienta a los pies de la cama y mira como cierro los ojos por si la luz se escondió en mis parpados. El silencio me toma de la mano y me hace caminar hacia otros mundos. Me mira, sonríe. Sus labios son de plumas y hace intención de hablarme. Le tapo la boca con la mano y le susurro “mañana será otro día”.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Bolero


La luna entra por la puerta del bar arrastrando los pies. El día ha sido largo. La noche no será cómplice de ningún gran amor hoy. Él se apoya al final de la barra, mirando como el líquido que se ha derramado de todos y cada uno de los vasos ese día se deja caer por la madera hasta llegar al suelo. En sus manos un lápiz, y sobre la barra, manchado en una de sus esquinas, un folio. Solo ha escrito una palabra en la parte superior “bolero”. Y suenan boleros sin cesar desde hace unas horas saliendo de la garganta de un viejo agarrado a un micrófono para no desfallecer.  No hay pendencieros en las mesas, ni putas con sus trajes de colores. No hay parejas de amantes que llenan sus labios de alcohol y besos. Tan solo un perro al lado de la puerta del bar, la luna tumbada sobre la estantería entre las botellas de ron, el viejo sin final agarrado al micrófono, y él. Enciende un cigarro y tose, siempre tose. El humo se queda a la altura de sus ojos, sin subir, sin buscar una puerta de salida, porque no la hay. Por entre el humo le llega la luz que entra de la calle al abrirse la puerta. Una mujer rubia, grande, rubia, entra y se sienta al principio de la barra. La mira, lleva el lápiz a la altura del folio y duda. No, no hay nada que escribir. Vuelve a mirarla por si sus labios son rojos, no lo son. Por si sus pechos…no lo son. Ella pide una copa y llora. Él no siente nada, sigue con la hoja en blanco y aquella palabra que ya ha repasado varias veces “bolero”. Cuando parece que ya todos forman parte de un cuadro que está terminado a falta de la firma, vuelve a abrirse la puerta y entra el fracaso con un traje blanco y bastón. Se para, mira a la rubia y sigue hasta ponerse al lado de él. Pide una bebida americana y mira alrededor. El viejo comienza con voz rasposa un bolero llamado “Dos almas”, y los suspiros atronan en aquel silencio. La rubia se seca las lágrimas con la manga de su camisa y toma un trago de su copa. El joven aprieta con fuerza el lápiz mientras piensa que nunca será capaz de escribir aquel bolero. Y el hombre mira con descaro a la rubia y le dice al joven sin mirarlo “¿crees que la rubia querrá bailar este tango conmigo?”. La luna tiró un par de botellas al suelo, el viejo se atragantó al llegar a la palabra “camino” en el bolero. La rubia dejó de llorar de golpe. Cuando llegó la policía la rubia tenía los labios rojos, el viejo entonaba, junto con una negra, que nadie sabe de dónde salió, el bolero “Silencio”, y un joven que estaba apoyado en el final de la barra firmaba en una hoja donde había escrito un bolero mientras sonreía.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Amapolas en el cielo (regalo de cumpleaños)


El tiempo, ese estúpido engreido, cuyo único mérito es tejer un inmenso manto de segundos que lo cubre todo y a quién puso de nombre “recuerdos”, sin saber que no acabarían siendo sino el alimento del olvido…por otra parte mi cariño, ese bobo estúpido al que le cae la baba por la comisura de los labios, y que no sabe del tiempo, ni sabe si hoy es jueves o febrero, ni recuerda el nombre de la mayoría de las cosas, a no ser que tengan olor, o sabor, o… Y luego el reparto desigual entre ambos: para el tiempo el noventa por cien de las cosas, gentes, sensaciones, paisajes, conversaciones, y tantas cosas; para mi cariño apenas unas pocas de las flores de los almendros, casi todas las amapolas, un poco del viento del oeste que siempre sopla, y no más de diez o quince personas. Todo ello envuelto con una débil pero imperecedera sonrisa que es infranqueable al olvido. No recuerdo bien, el tiempo dio de comer al olvido parte de mi memoria, si eres una amapola, o una débil flor del más pequeño de los almendros, o una de esas personas; pero sé que estás aquí, en uno de los parques que mi cariño salvó del tiempo. Y aquí seguirás, al menos mientras mi cariño siga igual de torpe para aprenderse los meses, y los días, y las horas.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Mi casa


Vivo siempre en mayo. Cada uno puede elegir donde vivir. Y no es que mayo sea especial. A veces hace frío, un frío que de no ser porque sé que es mayo cualquiera diría que es diciembre. Otras veces, cuando menos lo espero, las tardes dejan que el sol se esconda más o menos a las seis. Sé que es mayo, de eso no hay duda, pero puede que sea un mayo cansado y tenga sueño. ¿Enfadarse? ¿Por qué?, no todos pueden tener la suerte de vivir un mayo eterno, por eso le perdono esas pequeñas licencias que no tienen mayor importancia. Como cuando me esconde las flores y deja que pase el tiempo, a menudo demasiado tiempo, casi hasta que mi esperanza roza las espinas del limonero y, entonces, cuando estoy distraído mirando los inviernos de otras gentes, un olor que conozco llega hasta mí, vuelvo la vista y ahí están, un manto de amapolas y almendros en flor que ni el mejor mago habría podido sacar de mil chisteras ni de un millón de mangas de la talla XXXL. Así es mi mayo, y así sabe él que soy yo. A veces me cuenta historias de otros meses, yo le atiendo como si creyese en lo que me cuenta, pero sé que son fábulas. Me habla de meses en que las hojas caen de los árboles, como si yo no supiese que eso es imposible, y de meses donde no hay nada, solo un viento molesto que viene siempre del oeste y oscuridad, invierno me dice que se llama a esos meses, y le pongo cara triste, para contentarlo más que nada, para contentarlo. De pronto se le enciende el rostro y me habla de marzo y de abril, y de un refrán que tiene que ver con ellos y con mi mayo. A menudo le pongo cara de impaciente, “háblame de mayo, de mayo”.
Vivo siempre en mayo, nunca he vivido en otro lugar ni creo que fuese capaz de hacerlo. Cierto que para vivir aquí he de dejar pasar a menudo un tiempo. A veces es un tiempo de ausencias, otras simplemente un goteo casi interminable de minutos, las más simplemente un descuido cuyo mayor logro es conseguir que envejezca un poco por fuera. Por lo demás ya sabéis, si queréis venir a mi casa ahí es donde vivo, en mayo.
Y ahora escucha esto...

jueves, 21 de noviembre de 2013

Sus ojos



-        ¿por qué los que van a morir siempre tienen los ojos grandes, Abdul?, es como si la muerte nos mirase desde dentro de ellos con sorpresa.

Y sus caderas tienen una difícil forma que asemeja una lucha sin sentido contra la verticalidad cotidiana. Sus brazos son largos, como dos ramas que buscasen sin remedio a la madre tierra. Y sonríe, una y otra vez, como si no fuese consciente del tamaño de sus ojos.

-        ¿todavía siguen los titanes sujetando el péndulo del reloj de tu vida?

Y gira la cara como si tuviese que recorrer diez kilómetros de hombro a hombro, cuando apenas los separan unos centímetros. Y mueve los brazos repentinamente rápidos, como queriendo recuperar todo el movimiento que no han hecho en la última hora. Sonríe, una y otra vez, como si quisiera hacerle una finta al tamaño de sus ojos. En cualquier momento se caerá, en una de sus descoordinadas carreras acabará por caer poco a poco formando un montoncito de huesos debajo de una sudadera y de un pantalón estrecho extrañamente ancho en sus piernas.

Ayer me dijo que quiere volver a su país. Ayer fue para mí, para él no soy capaz de adivinar cuánto tiempo supone. Puede que sea un año, o un par de segundos. La muerte tiene un extraño reloj sin números, sin saetas, tan solo lleno de ojos grandes.

-        Ayer casi no comiste nada. Háblame más alto. Deja de sonreír o cierra los ojos. Cuando la muerte te mira y se sonríe uno siente el abandono y no tiene el derecho del llanto.

Después de dos días ha vuelto. Sigue con sus ojos grandes. Da los buenos días y sonríe, casi sin ganas, como si me lo debiese. Se toca una pierna, me hace un gesto. Es jueves.

Sueño

Sueño