"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"

lunes, 10 de enero de 2011

Consejo

Cientos, miles de llaves de los más hermosos colores y una puerta, una sola, sin cerradura. Olvido, no sabría decir la cantidad de olvido, mi memoria no lo recuerda. Cansancio, el más activo de los cansancios, uno que es incapaz de dejar de trabajar un solo día y acabará por convertirme en mármol.
Soledad.
Demasiada soledad.
Un hombre muerto, otro hombre muerto, un hombre que parece que está vivo pero también está muerto. Una madrugada donde todavía no ha salido el sol y ya no saldrá nunca. Un sol perdido en medio del principio de los tiempos gritando desgarradamente. El asco, un tremendo asco que llena cada poro de mi cuerpo y no para de jugar a expandirse y contraerse en un infinito engaño que nunca acaba en nada. La palabra “mañana” grabada con fuego en mi espalda, un mundo donde siempre, siempre, es ayer. Miedo, ni mucho ni poco, miedo, el justo para no acabar dando nunca el paso y sin embargo ser incapaz de dejar de intentarlo. Arena, madera, un ciprés, un presagio, yo. Gente a la que no conozco ni me conoce, gente a la que no encuentro. Un viento que no deja de soplar nunca ni encuentra nada a su paso que lo calme. Agua, creí que era agua, llanto. Un jardín, el más bello y fértil de los jardines, que nadie cuida, y a más de mil kilómetros un labrador que se empeña en plantar su única semilla en la más yerma de las tierras. Silencio, tanto silencio que la muerte tiene miedo a pasar por estas tierras. Una mujer, le pregunto, se había equivocado, se marcha. Un poco más de soledad.

Maldito, maldito sea quien me aconsejo que lo mejor sería buscar en mi interior, porque ésto, y no otra cosa, es lo que hay en mi interior. Maldito.


Y ahora escucha esto...

domingo, 9 de enero de 2011

Dragones y la espera.

No sé, quizás en la mayoría de las ocasiones mis dragones disfrutan de más espacio. Tienen páramos inmensos donde hacer sus correrías, y valles, y lagos, donde nadar sin descanso. Yo escucho su ruido, siento resbalar sus patas sobre las rocas cuando suben mis montañas, restallando metálicas como el golpe de la espada fría contra el frío de mi alma. Oigo lejano el eco de sus gritos, de sus terroríficos gritos, alargándose hasta el infinito dentro de la inmensidad de mis miedos, y me recuesto al sol pensando en lo dichosos que son con tanto espacio, con tanto tiempo, para crecer felices mientras yo disfruto de estos primeros rayos de abril.
Pero hoy no, hoy parece como si todos hubiesen encontrado a la vez la salida imposible del laberinto y saltasen sobre mí. Hoy mi cabeza es la cabeza de un dragón, y mi cuello un río de gemidos y gritos que rebotan contra la cúpula del firmamento y cae a plomo sobre mí. Y mi pecho alberga las cientos, las miles de heridas que poblaron todos y cada uno de los pechos de los dragones. Y mis manos son garras, garras desagradecidas que buscan sin descanso mi corazón. Y estoy cansado.
Como otras veces, como siempre, mis dragones resbalan como agua de mayo por mi piel, se dejan caer sin prisa. Primero el sol vuelve a dar de nuevo en mi cara, y cierro los ojos, mientras los noto bajar por mis brazos, por mi vientre y por mis piernas, hasta que la tierra  acaba por atraparlos y quedo desnudo, como siempre. Entonces pienso en mis páramos, en mis lagos y montañas, vacíos. Y espero.


Y ahora escucha esto...

sábado, 8 de enero de 2011

No fue Luisito

No fue Luisito quien robó la pelota. Y mira que lo dijimos veces, que habíamos sido el Ricardo y yo, pero ni caso nos hicieron. Y Luisito fue expulsado varios días del colegio, demasiados, ya nunca volvió. Sí, la expulsión sólo era por poco más de dos semanas, pero ya no volvió. Y el Ricardo y yo que hasta fuimos a hablar con el director, a decirle que los de la pelota éramos nosotros. Incluso la pelota llevamos para que nos creyesen. Pero el director nos dijo que no estaba bien mentir, siquiera por un amigo. Y el Luisito nunca había sido amigo nuestro, nuestro ni de nadie, siquiera le dimos ocasión de intentarlo. Desde los primeros días ya nos apartamos todos de él. Un niño pobre, pero pobre de verdad, no de ésos que parecen pobres pero tiene todos los días para comer, no. El Luisito no tenía para comer todos los días. Pero su padre había conseguido un trabajo cerca de nuestro colegio, y los del ayuntamiento habían pedido como un favor que se le dejase asistir porque el que le correspondía estaba lejos, muy lejos para un niño que sólo tiene un par de viejas zapatillas. Y casi una semana de discusiones costó que al fin pudiese el Luisito venir.

El primer día, todos esperábamos con impaciencia su llegada. Tres meses, justo tres meses que no caía una gota, una de las sequías más largas que se recordaba, y aquella mañana se encapota el cielo. Comienzan a crecer las nubes, unas nubes que se fueron haciendo cada vez más oscuras, como si la noche quisiese volver justo a los pocos minutos de haberse ido. Y rompe un rayo contra el montecito de enfrente, y un trueno, que nos hizo saltar a más de uno, dejó en silencio el timbre de la escuela que en esos momentos sonaba anunciando el comienzo de las clases. Y todos con la carita pegada a los cristales, mirando hacia el fondo de la calle por donde sabíamos que vendría aquel nuevo alumno. Pero no llegó, al menos no a aquella primera hora. Entró don Antonio y nos ordenó sentar. Sin ganas, como teniendo que tomarnos nuestro tiempo para despegar las narices del húmedo cristal, nos fuimos yendo cada uno a nuestro sitio. Desde allí, los que tenían la suerte de estar más cerca de las ventanas, estiraban el cuello de tanto en tanto para ver la calle. Comenzaron a caer gotas, primero débiles y diminutas, luego grandes, muy grandes, golpeando con fuerza en los cristales y los alféizares de las ventanas, haciendo un ruido ensordecedor que apenas nos dejaba oír la voz de don Antonio. Maldita sea, ni ganas de escucharla que teníamos. La primera vez en dos años que llegaba un alumno nuevo a nuestra escuela, y además pobre, pobre como las ratas, como dijo mi padre, debía ser motivo más que suficiente para dejarnos ver su llegada. Y en eso estábamos, en estirar el cuello lo más que podíamos, en partirnos el cuello de tanto estirarlo, cuando se abrió la puerta de la clase. Aparece en la puerta de mi casa tal y como apareció en la puerta de la clase y ni limosna le damos. Un muchachito escuálido, flaco de los buenos, de los que se les cae la ropa por todos lados porque no encuentra hombros el jersey, ni caderas los pantalones, donde asentarse. Empapado, todo él empapado, cayéndole unas gotas por la frente hasta las cejas, y de éstas sin remedio al suelo, porque no era cosa de encontrar una tripilla en medio en las que hacer escala, más bien parecía metido hacia dentro, como con comba. En la mano algo que debía haber sido una libreta antes de que le cayese encima el diluvio universal, ahora era un montón de hojas llenas de agua, las gotas discurrían por el interlineado, como si supiesen que aquel era el camino que debían de seguir. Y el director con el brazo apoyado en los dos dedos de hombro que tenía aquel muchachito, mirándonos como diciéndonos con la mirada “veis como hay gente que está mal, muy mal”, como si no tuviésemos ojos para que él nos lo tuviese que decir. Lo metió en la clase, se acercó con él justo delante de la mesa de don Antonio y mirándonos de nuevo con esa mirada de “pobrecillo, tendremos que quererlo un poco entre todos” nos dijo “Éste es el nuevo alumno. Se llama Luisito. Estará con nosotros al menos hasta final de curso. Espero que os portéis bien con él y que seáis sus amigos”. Y no sabría decir por qué pero sus palabras no tenían nada que ver con su forma de moverse y con su forma de mirarnos. Luego, a menudo, después de que fuésemos a su despacho a decirle que los de la pelota fuimos el Ricardo y yo, incluso de que le enseñáramos la pelota, tiempo después me dije muchas veces si aquellos movimientos de brazos y de ojos no nos quisieron decir “no me sean idiotas, a este niño ni caso, y en cuanto puedan lo meten en un buen lío para expulsarlo”. Y estoy casi seguro de que así fue, porque una pelota no es motivo para expulsar a un alumno dos semanas. No es por la pelota, dijo el director, es por el hecho en sí de robar; pero si habían desaparecido cosas mucho más importantes, pero mucho, como la vez en que a Pilar le desapareció la cadena que su madre le había comprado por la primera comunión. Y aquella vez nada, ni apareció el ladrón, aunque todos sabíamos que había sido Joaquín, ni hubo ningún castigo ejemplar para que los demás aprendiéramos.

El director le dijo que se sentara, y como la única mesa libre era la del final de la clase pasó a lo largo del pasillo como alma en pena, dejando un rastrillo diminuto de agua que más daba la impresión de que iba descongelándose y acabaría en nada que de estar mojado.

Esperábamos con impaciencia la hora del patio. Todos imaginábamos que le íbamos a hacer miles de preguntas, miles. Pero cuando sonó el timbre, cuando volvió a pasar a nuestro lado como un pájaro recién caído del nido por el embate de las aguas, cuando llegó al patio, buscó un lugar apartado, se sentó tiritando, sin parar de tiritar, como si le hubiesen dado cuerda, y bajó la mirada hasta que pareció que la tenía clavada en el suelo, nadie, siquiera el Ricardo, que con mucho era el más valiente y más atrevido, se atrevió a acercarse a él. Nos pasamos el patio mirándolo desde lejos, hablando entre nosotros, inventando mil historias sobre aquel muchachito lleno de agua, huesos, y frío. Fue uno de los patios más silenciosos que recuerdo. De normal jugábamos al fútbol, corríamos sin parar de un lado a otro, gritábamos, pero aquel día sólo había corros alrededor del patio y lo más alejados de él, y un murmullo sordo que lo iba llenando todo.

Casi un mes duró aquello, el entrar en silencio en el aula, el ir a sentarse en la última fila, a veces mojado y a veces no, porque siguió lloviendo durante días, el salir al patio e ir a sentarse al fondo, solo, tiritando la mayoría de días, porque aunque no todos llovió sí que hizo frío, y él nunca trajo más que una camisa y un jersey, casi siempre el mismo. Sólo el día después del reparto en la iglesia vino con un jersey diferente, muy diferente, casi tres tallas mayor de lo que él necesitaba. Y al ver como le miramos, y sobre todo al escuchar el comentario que hizo el Ricardo ya nunca más lo volvió a traer. Y todo hubiese continuado así hasta final de curso, él en silencio y nosotros sin acercarnos lo más mínimo, a no ser porque un día, a mitad de un partido de ésos en que nos jugábamos la final del campeonato del mundo de fútbol, un directo con barrera fue a dar contra la cara de Luisito. Ni se inmutó, todavía lo recuerdo como si fuese ayer. El balón le dio de lleno en la cara, y nada, ni pestañear, se limitó a mirarnos, con una mirada que no olvidaré jamás. Pero para entonces ya le habíamos perdido todo el miedo que los primeros días nos causó. El Ricardo se acercó a él, recogió el balón, le miró y le dijo “¿pasa algo?”. No contestó, volvió a bajar la mirada y la clavó de nuevo en el suelo. Nosotros seguimos jugando como si nada, como si aquello jamás hubiese pasado, como si el balón en lugar de haber dado en la cara de aquel muchachito flaco hubiese golpeado contra el muro del colegio.

A los dos días desapareció el balón. Fue una broma de Ricardo y mía al resto por haber perdido un partido, pero no nos dio tiempo a decirlo. Fue la primera vez que vi funcionar con aquella rapidez la maquinaría de la burocracia del colegio. Que el director tomara cartas, que llamara a unos cuantos alumnos a su despacho, que éstos le contaran lo que había pasado unos días antes, cuando el balón dio en la cara de Luisito, que él, con su infalibilidad, sacara la conclusión de que a raíz de aquello Luisito había tomado la determinación de robarse el balón, que lo llamase a su despacho, que le diese una carta para su padre justo para aquella tarde, que su padre viniese aquella tarde y que el director le comunicara que su hijo estaba expulsado por dos semanas por “ladrón”, fue todo una. Yo nunca había visto llorar a un adulto, aquella fue la primera vez, cuando vi salir al padre de Luisito del despacho del director, con los ojos llenos de lágrimas. Pasó junto a mí, sin mirarme, con la mirada clavada en el suelo, como hacía Luisito en el patio, fue hasta el fondo del pasillo, tocó en la puerta de la sala de profesores, donde tenían esperando a Luisito, y volvió con él de la mano, sin dejar de llorar. Me asombró que no riñese a Luisito, que lo llevase de la mano como quien lleva de la mano a su novia, con suavidad, con ternura. Volvieron a pasar los dos a mi lado, el padre todavía con la mirada clavada en el suelo, pero Luisito me miró, al pasar por mi lado me miró. Hubiese preferido mil veces que me gritara que aquella mirada que ya siempre me ha acompañado en esta vida. Mi padre me lo explicó muy bien “el padre llora porque los pobres siempre lloran, hijo, y no le riñó porque ellos desconocen cómo educar a un buen hijo”. Y supongo que así era, o al menos a mí me pareció un razonamiento lógico, porque mi padre nunca lloraba, siquiera el día en que mi madre nos dejó y se marchó a otra ciudad a vivir con su amante, aunque mi padre siempre nos dijo que fue él el que la tiró de casa por mala madre; pero reñirnos y pegarnos mucho, hasta que cumplimos los dieciséis, hasta que, según él, ya éramos unos hombres. Qué mala suerte tiene Luisito, pensé entonces, qué mala suerte.
Tres días duró el que volviésemos a formar corros en el patio hablando de lo que le había pasado a Luisito. Ricardo y yo acordamos no decir nada y seguir con la pelota escondida,  ¿para qué?, Luisito ya había sido castigado y en dos semanas estaría de nuevo en el colegio. Pero pasaron las dos semanas, y dos más, y al mes y medio nos atrevimos a preguntarle a don Antonio por qué ya no venía Luisito. Nos explicó que ya no vendría nunca más, que su papá había perdido el empleo y se habían marchado.

Ricardo y yo cogimos la pelota, nos presentamos en el despacho del director y se lo contamos todo. De nada sirvió. Ahora comprendo que Ricardo y yo no éramos ladrones, sólo niños traviesos, pero Luisito era otra cosa, era pobre.

Vuelvo a leer el titular de la noticia de primera plana del periódico de hoy “Por fin ha sido detenido el peligroso maleante Luis G.F.”. La noticia hace un extenso recorrido por su vida delictiva, desde que a los quince años lo internaron en un reformatorio, y fue de uno a otro hasta los dieciocho, hasta sus últimos hechos delictivos que le han supuesto diferentes condenas. Condenas que le harán pasar el resto de su vida entre rejas. La noticia lleva dos fotos. En una está sentado en un banco, con las manos esposadas, completamente mojado, de nuevo volvemos a tener lluvia tras una sequía, y con la mirada clavada en el suelo. Flaco, supongo que nunca consiguió un peso superior a los cincuenta y cinco kilos. La otra es a la salida de la comisaría, todavía esposado, y mira directamente a la cámara, con la misma mirada que miró a Ricardo cuando la pelota le dio en la cara y éste fue a recogerla. Releo la noticia una y otra vez, incluso he comprado varios periódicos para contrastar, pero en ninguno de ellos, siquiera en el más sensacionalista que gusta de sacar hasta el último trapo viejo y morboso, aparece el robo de la pelota.

viernes, 7 de enero de 2011

Silencio

Habló, y en su boca cada una de las palabras era más hermosa que la anterior, cada una llevaba una dirección y sentido que prometían los mejores augurios, las metas más increíbles e inalcanzables. Todos le mirábamos con una única cara de asombro y esperanza. El camino iba tomando forma con cada frase. Un camino limpio y sin recodos que parecía perderse en el infinito de lo imposible. Y habló, habló, siguió hablando durante lo que nos pareció a todos una eternidad de posibilidades y futuro.

Finalmente, con la misma dulzura que la primera de las palabras cayó de sus labios se apagó la última. Todos esperábamos la señal, su señal, pero no anduvo. Ni un solo paso, siquiera un leve movimiento de pierna, aunque hubiera sido producido por el entumecimiento de las horas que había estado quieto, de pie, hablando. Eso nos hubiese bastado, lo habríamos seguido como el perro fiel que sigue a su dueño hasta la tumba.

Nada, la última palabra y su terrible quietud actuaron como el más devastador de los tornados. Se tragaron en su interior el camino que se había alzado sobre la tierra yerma en que vivíamos y todos y cada uno de los posibles futuros que dibujó con su boca en nuestros ojos. Nada. Siguió quieto, parado sobre aquel pulpito improvisado con cuatro cajas y unas telas de colores de las últimas fiestas.

No fue el mejor, incluso luego hubo otros que no sólo crearon caminos y metas maravillosas ante nuestros ojos, sino que casi se podían tocar con las manos, aunque no se usase la imaginación; pero por alguna extraña razón, que todavía hoy no llego a entender, todos, todos creímos que aquella vez si, que después de hablar comenzaría a caminar. No fue así, al menos no el camino que tanto tiempo llevamos esperando. Bajó con calma del improvisado púlpito, estrecho unas cuantas manos que ya antes habían sido puestas allí para la ocasión, aguantó tres o cuatro palmadas en la espalda y algún que otro abrazo más o menos intencionado, y se dirigió donde le esperaba la comida. A las cinco de la tarde partió, se llevó todas las palabras que había dicho, todas, salvo cuatro o cinco que quedaron en una placa sobre la fuente, con su nombre, y nunca más supimos de él.

jueves, 6 de enero de 2011

El Moisés mudo

El poderoso brazo vuela por el aire y descarga su fuerza sobre el cincel, creando un nuevo surco en el pliegue de la túnica. Tan sólo unos pocos detalles más y la obra estará acabada. Y Miguel Ángel vuelve a levantar su brazo y descarga un nuevo golpe que resuena como un trueno. Es tarde, las velas apenas ya dan luz, y el cansancio se ha apoderado del creador. Deja las herramientas sobre la mesa, se limpia el sudor y apagando las velas se aleja. Aquella noche Moisés mira su cuerpo. No está muy conforme con sus brazos, piensa que no hubiese estado mal un poco más de musculatura. Incluso la posición de los dedos de su mano derecha no son de su agrado, en esa postura nada natural. La barba demasiado larga, y de nuevo forzada. Y sobre todo esa pierna que se ve, como si hubiese apartado la túnica para rascarse la rodilla, le resta seriedad al conjunto, no queda nada bien ni con mi gesto ni con mi mirada. Mañana hablaré de todo esto con Miguel Ángel. Tendré que pensar en cómo enfocar el tema, pues todos sabemos de su carácter. Y Moisés se duerme plácidamente.
Un tremendo golpe despierta a Moisés. Nota un punzante dolor en uno de sus costados. Ante él está Miguel Ángel. El brazo de éste vuela de nuevo y descarga otro golpe sobre el rostro de Moisés. Ahora Miguel Ángel se queda quieto, mirando su obra. Pasan más de diez minutos en los que Moisés duda de si ése es el momento. Mira a la cara a Miguel Ángel. El gesto es raro, no sabría si de alegría o de tristeza. Vuelve a dudar. De pronto ve como se crispa la cara de Miguel Ángel. Sus ojos se cierran, el rictus de sus labios no presagia nada bueno, unas gotas de sudor asoman a su frente. Levanta el brazo. Todos y cada uno de sus nervios, de sus tendones, de sus músculos, parecen a punto de estallar. Mantiene el brazo levantado mirando a Moisés. Éste piensa que todavía queda algo, un mínimo detalle que no es del gusto de Miguel Ángel. Le hablaré, se dice, en cuanto acabe con estos últimos retoques le hablaré, y no tendrá más remedio que estar de acuerdo conmigo. Entonces ve como Miguel Ángel abre la boca y el brazo vuela veloz hacía él. Apenas tiene tiempo de escuchar dos veces de la boca de Miguel Ángel la misma palabra antes de sentir aquel último golpe “habla, habla”. El primer “habla” lleva tanta rabia contenida que Moisés tiembla, siente miedo por primera vez en su vida. El segundo “habla” tiene tanto de fracaso que Moisés siente lástima, una infinita lástima.
Miguel Ángel yace delante de Moisés y Éste intenta hablarle. No ya para decirle aquello que pensó la noche anterior, sino para consolarle, incluso para que vea que es capaz de hablar, pero de su boca no sale ni una sola palabra.
Han pasado años, muchos años, siglos, y aun hoy en día es fácil ver a los miles de visitantes que se acercan a ver la obra más grande de Miguel Ángel cómo le dicen, unos en voz alta, otros casi en un susurro, “Habla, Moisés, habla”. Qué poco saben que aquel último golpe de Miguel Ángel, dejó mudo por siempre a Moisés.

miércoles, 5 de enero de 2011

De cuando fui joven

                                   ¿ A DONDE ?

  Cuanto más se esfuerza en llegar más oposición encuentra, más difícil y tortuoso es el camino. Va gastando días siempre con el mismo fin: llegar, llegar. Su frente se llena de sudor, sus manos están cubiertas de heridas. Los momentos de descanso son cada vez menos y más penosos. Los ojos están crispados, envueltos en ojeras.

  Hace ya mucho tiempo que olvido cambiarse de ropa, lavarse, apenas si se acuerda de comer. El aspecto es el de un mendigo; pero él no mendiga nada, sino que lucha. Lucha con todas sus fuerzas por llegar algún día.

  Tras el verano cálido llega un otoño extremadamente duro. Y, después, el invierno, un invierno blanco que lo cubre todo de nieve.

  Él, con medio cuerpo al descubierto, también se ve cubierto por la nieve. Sus músculos apenas si responden. Sus huesudas manos se aferran a cualquier saliente del camino, arrastrando ese cuerpo que las piernas ya no pueden soportar. El invierno es cada vez más duro, el avance diario se hace cada vez más lento y penoso.

  Cubierto totalmente de nieve, las fuerzas le fallan. Quizás aun viva tres o cuatro días más, pero el ya no avanzara nada. Se queda recostado al lado del camino.

  Pronto llegara la primavera y piensa que, si hubiera podido resistir unos días más, tal vez lo hubiera conseguido; pero también sabe que nadie consiguió llegar jamas.

Y ahora escucha esto...

lunes, 3 de enero de 2011

El pasillo

Ya casi estaba llegando a ella. El pasillo era largo, muy largo, llevaría más de dos horas de andar entre dos paredes blancas, inmaculadamente blancas. Al fondo se veía la puerta. Apenas unos pasos, no serían más de diez, y podría apoyar su mano contra aquel pestillo y salir de aquella pesadilla. En el momento de apoyarla sintió miedo. ¿Qué habría detrás?. Abrió, y sintió como el corazón se paraba durante no más de dos segundos. Ante él tan solo la oscuridad. Una aterradora oscuridad que lo llenaba todo, que por momentos se adentró en el pasillo oscureciendo las paredes. Cerró de golpe y se quedó durante unos segundos parado, atenazado todavía por el miedo. Al girarse vio al otro extremo del pasillo otra puerta. Ahora el otro extremo se le aparecía extrañamente cercano. Corrió temiendo que fuese una alucinación y desapareciese aquella nueva puerta. Pero enseguida se encontró ante ella. Ahora no hubo dudas, alargo su mano y abrió rápidamente. De nuevo una estremecedora oscuridad que lo inundó todo. Cerró, se quedó durante unos segundos mirando aquella puerta, intentando adivinar cual era el sentido de todo aquello. Finalmente se volvió, y su sorpresa fue enorme, al ver que en el otro extremo, pero ahora en los laterales, habían aparecido dos nuevas puertas. Por un instante estuvo a punto de volver a correr hacia ellas, pero se quedó parado. Apoyó la espalda contra el pasillo y dejó que su cuerpo resbalase hasta estar sentado en el suelo. Necesitaba pensar, entender aquello. Al abrir la primera puerta había aparecido otra justo en el otro extremo, ahora al abrir la segunda habían aparecido dos junto a la primera. Cada vez que abro una puerta estas se multiplican, se dijo. Las posibilidades que esto abría ante él no eran del todo buenas. Podría ser que en alguna de las nuevas puertas estuviese la salida de aquel laberinto, pero también podría ser que no, que eternamente apareciesen puertas ante él y todas y cada una sólo guardasen dentro esa terrorífica oscuridad. Incluso acabaría llenando todo el pasillo la oscuridad y él acabaría formando parte de ella. Tampoco tenía muchas más alternativas, o bien seguía intentando encontrar la salida o buscaba, recostado contra aquella pared, el secreto de aquel pasillo, la clave que le permitiera encontrar la solución para una salida rápida. Decidió probar una vez más. Ahora no recorrió el pasillo corriendo como antes, su fe en que la solución estuviese en aquellas nuevas puertas era más bien poca. Llegó ante la que estaba a su derecha, volvió a poner su mano en el pestillo y la abrió de golpe. De nuevo aquella oscuridad le dio de lleno en la cara. Cerró con violencia y giró sobre sus talones. Con rabia abrió la que estaba ahora frente a él. Gritó con todas sus fuerzas al volver a ver la misma oscuridad. Permaneció durante unos minutos delante de esta segunda puerta después de cerrarla. Tenía verdadero terror a girar la vista y mirar el pasillo. Finalmente lo hizo. Cuatro nuevas puertas habían aparecido al otro extremo, junto a la segunda que había abierto. Esta vez hubo algo más que llamó su atención, el pasillo que antes aparecía de un blanco que dañaba la visión había tomado ya unos tintes más grises. Todavía no podía decirse que no fuese blanco, pero ya no era aquella primera blancura radiante.
Durante varios días, o al menos así lo creyó porque puede que realmente fuesen años, siguió con aquel ritual de abrir puertas, y a cada nueva puerta la misma respuesta, la más total oscuridad, nuevas puertas que aparecían y un pasillo cada vez más oscuro.
Reinaba la más total oscuridad en el pasillo, no alcanzaba a ver ni sus manos cuando las acercaba a su cara para limpiarse las lágrimas. Ya había dejado de abrir puertas hacía varios días porque no veía donde aparecían las nuevas puertas cuando de pronto sucedió algo inesperado. La puerta del final del pasillo, aquella que él había abierto la primera, se abrió de golpe. Quiso levantarse y correr, pero sus piernas no le respondieron, quiso gritar, lanzar el grito más desesperado que había emitido nunca, pero sus cuerdas vocales se negaron a emitir sonido alguno. Vio como apareció un rostro detrás de la puerta, vio el gesto de terror que se reflejo en aquel rostro cuando la oscuridad del pasillo le salto encima de golpe, y vio como la puerta se cerraba violentamente volviendo a sumirle en la más completa de las oscuridades.




domingo, 2 de enero de 2011

El continuador (1)

[1] Basado en El campeonato de pajaritas, cuento de Luis Brito García.

Llevaría más de veinte minutos sentado en aquella vieja silla de madera y esparto. Con los ojos fijos en el único objeto colgado de aquella pared blanca. Ni una ventana, ni un cuadro, ni un solo detalle religioso a los que tan aficionados eran en aquella región. Tan sólo un marco de no más de treinta por veinte con un diploma en el que podía leerse “Don Iturriza Periera García. Campeón mundial de pajaritas. 5 de septiembre de 1983”.
De la alegría de los primeros días, tras conseguir el premio, había pasado, en los últimos años, a una profunda tristeza. Aquella fue la última vez. Sólo le quedaba aquel trozo de papel recubierto de polvo y un dolor que iba y venía en el codo del brazo derecho. Sin apartar un segundo la vista de la pared recordó como habían sucedido los acontecimientos y, casi sin darse cuenta, comenzó a hablar.
“Recuerdo el asombro reflejado en todos y cada uno de los rostros del auditorio y de mis rivales cuando acabé de convertirme en aquella maravillosa hoja de papel blanca. Como siguieron con su mirada mi caída suave sobre el escenario, y el silencio, casi interminable, de los siguientes minutos. Se acercaron a mí, aunque sería más correcto decir a la hoja, los organizadores del concurso. No sabían cómo actuar, qué hacer con “aquello” en lo que me había convertido. Yo hubiera querido explicarles, pero... Resolvieron coger la hoja con sumo cuidado y transportarla al camerino que habían preparado para los participantes. Una vez allí, un cuarto de no más de tres metros de ancho por cuatro de largo, apartaron las sillas y una mesa de uno de los ángulos y me depositaron con cuidado de que no quedara una sola arruga. A través de su nerviosismo y entrecortadas conversaciones, distinguí frases como “pero... si es una hoja”, “¿deberíamos llamar a la policía?”, “¿no será algún tipo de truco?” “no, no, todos hemos visto lo que ha hecho”. Finalmente decidieron dejarme, es decir a la hoja, allí hasta el día siguiente y decidir durante la noche qué hacer. El resto de participantes, debido a lo extraño de la situación y a la tristeza por su derrota, no tardaron en abandonar el cuarto. Y allí es donde realicé mi última actuación, en aquel triste cuartucho, rodeado de muebles viejos y bajo la luz de una pequeña bombilla sin pantalla.
La mayor parte del público que pensó que era un hecho increíble el transformarse en una hoja de papel,  hubiera sido capaz de dar media vida por ver lo que sucedió en aquel cuarto. Yo ya había hecho proezas del tipo de convertir una de mis manos en una rosa de fieltro, o una de mis piernas en un abanico chino, pero aquella fue la primera vez en que hice una transformación total. Y he de reconocer que no fue extremadamente difícil. Cada uno de los pasos resultó un juego divertido y sin gran complicación, incluso el final fue sencillo, todo rectas y color blanco. Sin embargo, toda una noche, desde las diez hasta las cinco de la madrugada, minuto a minuto, segundo a segundo, y cada uno más doloroso, fue lo que sucedió en aquel cuarto.
Describir los aspectos técnicos sería lento y complicado, basta saber que lo primero que tuve que hacer fue recuperar los colores. Comencé por los básicos, el rojo, el azul,... la hoja se cubrió primero de cuatro colores, luego con sutiles mezclas aparecieron cuatro más, y ocho, y doce, hasta quedar convertida en un mapa multicolor con cientos, miles de colores y tonalidades sin sentido. Tuve que descansar unos minutos. Allí estaba yo, todavía convertido en una hoja de papel en la que ahora parecía que hubiesen estado jugando unos niños con pinturas ocres, y grises, y... suspiré.
Si alguien creyó alguna vez que dejar liso lo arrugado era una tarea complicada debería intentar arrugar dando formas algo liso.
Retomé la labor. Poco a poco fue apareciendo un cuerpo blando al que ya podían adivinársele unas formas parecidas a brazos y piernas, a tronco y cabeza. Pasé más de dos horas en dar forma y acoplar cada uno de los huesos, desde los más grandes hasta los más diminutos y complicados. Precisamente cuando me afanaba en acoplar bien los huesos del brazo derecho, fue cuando escuché pasos fuera. Detuve mi trabajo durante unos minutos hasta oír que los pasos se alejaban. La unión del cúbito y el radio ya no la pude realizar con precisión y, a partir de entonces, me acompaña este molesto dolor en el codo del brazo derecho.
Si una vez acabada la formación de los huesos alguien hubiese podido verme..., era un cuerpo perfectamente formado, brazos, piernas, tronco y cabeza, pero sin formas en el resto, y sin un solo pelo en el cuerpo. Tuve que romper uno a uno, durante más de una hora, cada uno de los poros en que debía salir un pelo y, finalmente, cuando ya todos estaban en su sitio, comencé la labor del rostro.
Primero los ojos, y no, uno no puede elegir ni forma ni color, debe ser capaz de reproducirlos idénticos a como eran. Y aunque la forma y el color son complicados de recuperar no tienen comparación con el gesto, porque el gesto habla de los recuerdos y del alma. Y tanto mis recuerdos como mi alma estaban muy gastados por aquellos años. Luego las orejas, con esa desagradable sensación que es recuperar los sonidos cuando se vuelve del plácido silencio. Durante minutos estuve desorientado. No llegarían a adivinar la cantidad de sonidos que existen en eso que llamamos silencio. Finalmente la nariz y la boca. Debían ir ambas al unísono puesto que el aire debe encontrar todo su recorrido a la vez. Cuando practicaba y aprendía las transformaciones, contaban como leyenda la muerte de aquél que recuperó la nariz antes que la boca y, entrándole el aire y no pudiendo salir, murió sin poder pronunciar palabra.
Una vez completado el proceso del rostro viene la primera bocanada de aire que lo inunda todo. El corazón lanza con fuerza su primer golpe, se abren los ojos, y el mundo se te viene encima de golpe, dejándote tirado en aquel cuartucho, sin fuerzas para mover un solo músculo. Pero no importa, porque faltan los detalles, y aprovechas esos minutos de quietud para recuperarlos. Todos y cada uno de los lunares, las cicatrices que la vida ha ido dejando en el cuerpo, y sobre todo, y más importante, las arrugas, cada uno de los surcos que son como los anillos de los árboles y nos hablan de años, de tempestades, de amores y de odios.
Finalmente me levanté y allí, ante un espejo lleno de polvo, y con un dolor punzante en mi codo derecho, hice el juramente de que nunca, nunca más, ni manos rosas, ni piernas abanicos, ni hojas blancas. Nunca más.”
El señor Iturriza volvió a coger el papel que había dejado sobre la mesa y leyó de nuevo el encabezamiento “para mi amigo Iturriza de Noguchi”.
En los últimos años era la primera carta que había recibido. Cuando vio llegar a Ernesto, el cartero, pensó que algo había pasado en el pueblo, algo grande, y se sintió intranquilo. Pero cuando Ernesto sacó de su cartera aquella carta y se la acercó,  tardó en reaccionar y alargar la mano. Tanto que Ernesto le tuvo que decir “Iturriza, ¿la coges o qué?”. Sólo entonces reaccionó, cogió la carta y vio como Ernesto volvía a perderse camino del pueblo.
“Querido Iturriza, han pasado muchos años, demasiados, desde nuestro encuentro en el campeonato mundial de pajaritas. No sé si todavía vivirás en la misma dirección, siquiera sé si todavía vives; pero necesitaba escribirte esta carta. Por un lado para descargarme de un gran peso que me oprime desde hace tiempo, y por otro como reconocimiento al hombre más grande que nunca conocí.
Sin más te cuento mi historia.
Yo vivo en un pueblo pequeño de una apartada región de China. Estuve preparándome para el campeonato durante más de tres años. Ésta es una región inhóspita, donde nos saludan cada mañana un horizonte sin árboles ni ríos y un viento gélido que nunca deja de soplar.
Yo entrenaba cada día, desde el amanecer hasta el anochecer, y mis hijos, por entonces tenía tres, dos niñas de tres y dos años y un niño de cinco meses, eran felices corriendo detrás de las palomas y los conejos, viendo como era posible un amanecer a las siete de la tarde, o la formación de una pequeña tormenta que descargaba en apenas unos segundos formando un cristalino riachuelo lleno de peces. Me salía un poco caro el papel para el entrenamiento, pero pensar en el premio y ver la felicidad reflejada en el rostro de mis hijos, me animaba cada día.
Finalmente llegó el momento de la partida. Por fin iba a celebrarse el tan ansiado campeonato. Metí en una maleta cuanto papel pude para ir practicando durante el viaje, unos libros y la ropa necesaria para unos días de viaje, y me dirigí a la estación.
El viaje fue relativamente lento, con varios transbordos de tren, con alguna espera interminable en pequeñas estaciones, lo que me dio tiempo a leer casi todos los libros.
Te cuento esto porque en uno de los libros, de un autor español del que no puedo recordar más que la inicial del nombre, leí algo a lo que no di mayor importancia pero que, al volver aquí, comencé a repetir cada mañana al acordarme de ti, y que todavía repito porque no ha habido ni un solo día en que no te haya recordado. Decía más o menos así, si los años no me han hecho olvidar palabras “hay gente capaz de hacer lo imposible con lo que tienen, y luego están los otros, los que son capaces de reinventar la vida”.
Cuando te vi subir al escenario, en tu primer giro, comprendí que había servido de poco mi entrenamiento de años. Luego vino la rápida huida de todos los participantes, y sólo tiempo después me enteré por unos viajeros que habías recogido el premio y marchado a tu pueblo.
Yo volví aquí, a mi región. Tomé una silla y me senté a la puerta de mi casa. Mi mujer y mis hijos nada preguntaron. Luego pasaron cuatro años en los que mis manos se cubrieron de callos y heridas por el trabajo en la tierra, pero no salió de ellas ni un triste pájaro. Sólo al cabo de esos cuatro años, una mañana de invierno en que el viento se esforzaba en desolar lo poco que brotaba en estos páramos, mi hijo se acercó a mí y, tomándome la mano, me dijo, “Papá, sol”, y dejó caer una lágrima sobre el papel que llevaba en sus manos.
No sabría explicar ni el cómo ni el porqué, pero mis manos, pese a que mis dedos ya no eran tan ágiles, y las heridas y callos las volvían casi grotescas, tomaron aquel papel y salió el sol más hermoso que había logrado nunca.
Mi hijo entró corriendo en la casa y sacó un fardo de papeles que habían guardado pese a mi prohibición.
Un águila, dos nubes, un pequeño campo de amapolas, un sinfín de gallinas, conejos, cabras, que armaron un alboroto infernal pero agradable. Mi mujer y mis otros hijos vinieron corriendo y se abrazaron a mí. Creo que sólo días después, cuando una de mis manos comenzó a abrirse hasta convertirse en una rosa, comencé a comprender.
Ahora vuelvo a prepararme para el campeonato de este año, pero sé que puede aparecer otro Iturriza, incluso que tú estés allí, pero ya no me importa perder, ahora no, ahora sé por qué tenemos este don.
No quiero cansarte más, sólo espero que estés bien, y que sepas que mi casa siempre será tu casa.
Iturriza dejó la carta sobre la mesa y miró su mano izquierda. Ésta se había convertido en un beso. Rápidamente hizo aparecer sus cinco dedos, pero no pudo evitar que una lágrima se convirtiera en mariposa y alzara el vuelo.

sábado, 1 de enero de 2011

Estoy viejo

Yo sé que esto no debe hacerse. Sé que puede ser autocomplacencia, o descaro. Sé que…. pero lo siento, lo haré. Diré que, pese a ser mío, este es uno de los relatos de amor más hermosos que he leído nunca. Pido perdón por la poca modestia, pero no pido perdón por quererlo como casi nunca quise a un relato, y por volverme a emocionar cada vez que lo leo…. y pienso en ella.

Estoy viejo

Anoche, mientras cenábamos, en uno de esos momentos de silencio donde apenas se oye el ruido de las bocas al masticar y los golpes de los cubiertos contra la cerámica de los platos, comentó que está vieja. Yo levanté la vista del plato, la miré, volví a bajarla y seguí cenando. En esos momentos ya se sabe que es mejor no decir nada. Entonces dijo, como si hablase sólo con ella, a la vez que seguía cenando, que sus carnes ya no estaban tan prietas como antes. Y yo, sin que mi boca se abriera más de lo justo para masticar, pensé que menos mal, porque mis manos tampoco son lo que eran, y ya no serían capaces de apretar con la fuerza con que hace años lo hacían. Ella quiere pensar que sólo ella envejece.
Luego, como en un monólogo donde de repente ya no existía en aquel comedor nada más que ella, su vejez, y un ruido de fondo que podría pensarse que era yo, dijo que su piel se estaba cubriendo de arrugas. Esta vez no mastiqué, tenía todavía el pedazo de carne pinchado en el tenedor y lo miré durante unos instantes. No, mi vista ya no es lo que era, apenas distinguía las betas en la carne. Mi miopía y el cansancio de los años me habían hecho perder toda definición, y puede que eso fuese la causa de no haber reparado en lo que ella comentó. Aunque también puede que fuese el haber mirado su cara todos y cada uno de los días de los últimos treinta años, y haber ajustado cada miopía a un punto de definición donde su piel sólo era un buen lugar donde fijar la vista.
No sé si siguió hablando en voz alta, ya no fui capaz de escuchar nada más de lo que dijo. Acabé de cenar, me levanté, no sin esfuerzo, apoyando mi mano en el canto de la mesa para ayudarme. Fui hasta la cocina llevando los primeros platos mientras no podía dejar de pensar en alguna de las paradojas que nos depara esto a lo que llamamos vida.
Estoy viejo, demasiado, mucho más que ella aunque ella no quiera verlo. Mi cuerpo ha ido perdiendo cada una de las características de la juventud, la ligereza, la vista, la fuerza, y tantas otras, y sin embargo mi amor, ese tonto al que no le gusta dar explicaciones, sigue igual de joven, e inteligente. Cogió mis manos y las adecuó a su carne y a su piel, cogió mí vista y la ajusto al contorno de su cuerpo, cogió mis piernas y las calmó para ajustarlas al paso de sus piernas. Cogió mi boca y la hizo capaz del silencio cuando este es necesario y del beso aunque sea innecesario. Finalmente me cogió a mí, me puso en una mesa, en una cena, y mantuvo durante años una mujer sentada a mi lado, y fue capaz de convencerla de que valía la pena cenar con aquel hombre, aunque estuviese mucho más viejo que ella.

Y ahora escucha esto...

viernes, 31 de diciembre de 2010

Cuento de fin de año

Le gustaba escuchar el sonido de las hojas cuando el viento pasaba entre ellas. Su perro corría y saltaba alegre a su alrededor. Se adentró en el barranco. Éste ejercía una extraña atracción que nunca supo explicarse. Si ella hubiese podido, si ella hubiese sido capaz de ver; pero hay cosas que no deben suceder. Continuó barranco adentro, hasta llegar a la roca donde se sentaba a menudo. No lo vio, nunca lo había visto pero él siempre había estado allí. Sentado, con la cabeza agachada y su armadura oxidada por el paso del tiempo. Era probablemente el único guerrero que había perdido todas y cada una de las batallas en las que había participado. Su cuerpo estaba cubierto de heridas ya cicatrizadas. La vio llegar, sabía que se sentaría en aquella roca, y esperó. Cuando la tuvo a su lado,  acercó su mano al rostro de ella y la rozó. Sólo una vez había notado el escalofrío de ella, y aquella vez pensó que sería posible, que ella podría adivinar que él estaba allí, que lo vería y podría abrazarla; pero fue sólo una ráfaga de viento frío lo que la hizo estremecerse. Él volvió a apartar la mano de la cara de ella y la colocó sobre la empuñadura de su espada. Ambos se quedaron allí, sentados, con la mirada perdida en el fondo del barranco. Él, pensando en los muchos años que hacía que no participaba en ninguna batalla, ella, soñando con encontrar un caballero, aunque fuese el más débil y cobarde de los caballeros. Bastaría con que fuese vestido de armadura, y llegase ahora por el fondo del barranco, y se sentase a su lado, y una de sus manos acariciase su cara. Ella lo miraría, le contaría sin hablarle las veces que había ido a sentarse en aquella roca, a esperarle. Él le contaría sus batallas, aquella en que una espada roja le abrió el pecho y creyó morir, y en la que sólo gracias a la atención que recibió de una dama que lo encontró agonizando a la orilla de un río pudo volver a la vida. O aquella otra en que en lo alto del monte Nam estuvo cuatro días luchando sin descanso contra el monarca de las sombras. Aquella batalla también fue perdida. Sólo conserva de ella una hermosa cicatriz en el brazo derecho. O la última batalla que llevaba librando desde hacía más de un año.
Ella esperó, esperó todavía un largo rato. Vio como su sombra iba cambiando de sitio ante ella, incluso creyó apreciar otra sombra a su lado y giró su cabeza. Nada. Seguramente algún extraño juego de las sombras de los árboles del fondo. Él lloró. Se levantó y blandió su espada. Arremetió contra todo lo que tenía ante él. Contra las rocas, contra los árboles, contra un ejercito imaginario de demonios. Ella sintió que se levantaba un viento más fuerte y gélido, y tembló. Ël cayó agotado en el suelo, derrotado. La espada quedó a unos pasos, brillando bajo el sol, manchada de sangre.
Su perro volvió del fondo del barranco, se sentó ante ella, justo al lado de él. Ella vio como lamía algo. Le extrañó que su lengua se moviese en el aire. Él notó la lengua del animal recorrerle las heridas y sintió un agradable alivio. Ella lo llamó a su lado y se levantó. Volvió sobre sus pasos hacia el principio del barranco. Él, por entre unos párpados vidriados por la sangre, la vio marchar. Se levantó no sin dificultad y cogió la espada. Se sentó de nuevo sobre la roca. Esperó, un día y otro día. La batalla sería larga, muy larga. Clavó la espada entre sus piernas y apoyó en ella las manos. Miró al principio del barranco. Entre el sol de un atardecer cálido vio como ella se marchaba y le pareció aquella dama que curó sus heridas hace ya muchos años.

Sueño

Sueño