"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"

miércoles, 17 de agosto de 2011


Un blog popular cerrado por vacaciones.

Iba a despedirme con otro tipo de texto, pero entro en mi blog y me aparece un mensaje que dice “parece que tu blog es popular, sácale partido con nosequé adsense (o algo así)”, vamos que le ponga publicidad para intentar ganar dinero, jajajajaja. La verdad es que sigo sin explicarme cómo un blog que sólo cuelga cuentos, sin nada más, ni juegos, ni fotos raras, ni porno, nada, sólo un cuento de vez en cuando (ya me convencí que uno cada día superaba mi constancia y mi seriedad), y con un diseño sobrio, siga teniendo más de treinta entradas diarias y más de mil al mes. Incluso hubo un tiempo, uno en que decidí dejar de poner los cuentos, en que ese afán por visitarlo, sobre todo de gente de Sudamérica, me obligó a mantenerlo abierto, y así sigo.
De todos modos es bueno tomarse de vez en cuando un periodo de vacaciones. No mucho, lo justo para plantearse si seguir con él, si el camino a la locura tiene sentido y, sobre todo, si lo que me da vueltas por la cabeza últimamente es pasajero o se quedará aquí. Y es que últimamente sólo siento deseos de ser desagradable con la gente, gente en general. Ayer, aunque para mí concepción del tiempo “ayer” no tenga mucho sentido, iba a escribir algo titulado más o menos así “El educador que perdió una calle, la calle que perdió un educador”, y ofender, si uno no ofende nota como que le falta algo, a gentes con nombres y apellidos. Ayer también, puede que otro ayer, iba a recordar deudas políticas a allegados míos, acabaré por no tener ni “conocidos”. Hoy, hoy escribo estas líneas que no son ni las que quería escribir (lo de poner publicidad me ha trastocado el tema, jajajajajaja). Puede que mañana, si mañana es algo más que un posible del que sólo tiene la llave mi amiga sudamericana de la trenza, vuelva a colgar algún cuento, o escriba y siga perdiendo conocidos, o no vuelva más por estas tierras porque a base de no regarlas se hayan convertido en las más yermas.
Bueno, apenas unos días, no más de tres semanas. Un retiro donde el silencio se sienta a gusto, donde el tiempo vague perdido sin encontrar su camino, donde si me cruzo con los ojos de una mujer estos me miren asombrados por mi indiferencia. Un retiro donde si tengo suerte siga sin encontrarme, ya son muchos años como para que la sorpresa de descubrir quién soy me amargue lo que me queda de tiempo.
Volverá alguien, no se si seré yo, seguramente no. Si tengo suerte el que vuelva seguirá escribiendo, para él o para los que me leen, si no tengo suerte escribirá para el olvido, uno de los mejores lectores que hay.

Una cacnión de Alejandro Filio sobre los cuentos http://www.youtube.com/watch?v=MqUfrGtvQJk

domingo, 14 de agosto de 2011

El precio


Y sonrió, trajo a su cara una de las sonrisas más hermosas que yo había visto en los últimos tiempos. Rápidamente añadió “¿con esto crees que ya está todo arreglado? ¿Qué como sonrió ya está?”. Y yo quedé durante unos segundos sin saber qué contestar. Acababa de conseguirle una de sus mejores sonrisas, y no es fácil, cualquiera sabe que no es fácil. Y sin embargo ella prefería mantener vivo el motivo del enfado que disfrutar de la sonrisa hasta desgastarla por las comisuras.
Ella siguió hablando, la sonrisa había desaparecido de sus labios. Él la miraba sin escucharla, cuanto se habría enfadado más ella de saberlo, sin poder dejar de pensar en lo que había hecho ella con la sonrisa. Ya no estaba en sus labios, estos volvían a tener un rictus que a él le producía un extraño escalofrío por la espalda, pero no dejo de pensar en aquella sonrisa que había tenido una vida tan efímera. ¿Estará en alguna parte de su cuerpo escondida?, pensó, y eso hizo que una sonrisa suya, de sus labios, se asomase con miedo. Lo divertido que era pensar que, mientras la cara de ella seguía crispada por la tensión, la sonrisa se había dejado caer hasta su hígado y este sonreía divertido y a la vez perplejo observando como pulmones, corazón y el resto del cuerpo se retorcía de enfado. ¿O habría desparecido por siempre?, y si era así ¿qué sentido tenían dos labios que eran capaces de dejar escapar una sonrisa como aquella con tanta facilidad?.
Recodaba gente, mucha gente, gente que veía a diario y a la que no era capaz de recordar sonriendo. Eran rostros serios, deformados en ocasiones por la gravedad de su trabajo, por la importancia de las palabras que pronunciaban en sus conversaciones, rostros que no se permitían el lujo de la sonrisa por no perder autoridad o importancia, rostros que podrían poblar pesadillas junto a las más terribles de las apariciones y no desmerecerían en su cometido. Luego recordó otros rostros, unos que andaban a menudo pegados a una sonrisa como si esta estuviese cosida a la comisura de los labios. En estos daba la impresión que intentar arrancarla supondría llevarse detrás los labios, la boca, la nariz y los ojos y dejar sólo un cuerpo con una masa informe sobre el cuello, porque el sentido de todo era su sonrisa. Los recordaba felices, invitando en cada momento a acercarse, a compartir, a vivir.
Se encontró pensando en cual sería el precio de una sonrisa, una de esas que aparecen espontáneamente en los labios y uno no es capaz de adivinar si llegaron cogiendo carrerilla desde los pies o las llevaba en su vuelo el viento y decidió hacer una parada en aquellos labios.
La miró, todavía seguían saliendo palabras de sus labios que por alguna extraña razón no llegaban a los odios de él. Sintió un escalofrío, lo haré, se dijo, lo haré. Sabía que corría un grave peligro, que podría suponer alargar el enfado hasta términos casi insostenibles, pero algo superior a él le empujaba con firmeza.
Él luego no fue capaz de recordar si fueron sus palabras, sus gestos, o algún movimiento perfectamente coordinado con todo ello, pero lo hizo, y vio como en la cara de ella, en medio de un gesto de enfado que la hacía entornar los ojos y plegar los labios, volvió a aparecer otra sonrisa, todavía más fresca y amplia que la anterior.
Si siguieron discutiendo o no, más ella que él, o si aquella sonrisa fue la puerta a otras sonrisas y puede que alguna carcajada, no queda rastro en su memoria, aquello sucedió hace tiempo, demasiado para recordarlo. Simplemente él anotó en uno de los apuntes de su memoria “todavía soy un buen artesano de sonrisas, y ella, ella todavía es capaz de mantener una hermosa sonrisa en sus labios con el mayor de los encantos. Simplemente he de seguir trabajando sobre su duración en el tiempo y ella, ella, ha de esforzarse en no perder el brillo de sus ojos cuando sonríe”.

viernes, 12 de agosto de 2011

Esto no es un cuento


Esto no es un cuento, al menos no para vosotros, puede que para mí si. Dicen que el tiempo se va, pero no es cierto, el mío se ha quedado en mi espalda, en mis rodillas, en mi pecho. Tengo cuarenta y nueve años y todo ese tiempo acumulado que me ha hecho ir más lento, más bajo, puede que más triste y quién sabe si más torpe. Cada tanto tiempo, a veces años, otras veces en unas semanas, necesito hacer repaso. No diré que las cuentas me salen siempre, pero no puedo sentirme mal con el saldo de mis cuentas. Normalmente lo hago por aburrimiento, pero esta vez ha vuelto a suceder algo que siempre me impulsa a volver la vista atrás.
Hace tiempo que salto de un trabajo a otro. Unas veces duran más, seguramente no gracias a mi, otras apenas unos meses. Puede que de parte de esto tenga la culpa mi boca, debería aprender a estar callado más a menudo, o al menos a no decir según que cosas, pero uno es quién es y ya cuesta mucho cambiar. Otras puede que sea el enemigo, el que acecha detrás de cada esquina, de cada despacho oscuro y silencioso y con las puertas cerradas. Allí teje sin descanso la envidia, y la envidia de todos es sabido que es una planta muy agradecida, crece sin descanso y se mete en los oídos de quien la quiera escuchar. Y claro, mucha envidia, y bien tejida, no puede dejar de dar su fruto. Las más de las veces seguro que es mi poca profesionalidad. Podría argumentar en mi disculpa que tanto cambiar de trabajo no da tiempo ni espacio a ser buen profesional, o que mi capacidad no da para más, que mi torpeza y abandono son más trabajadores que mi inteligencia e implicación; pero serviría de poco, al menos si es verdad que acabo siendo un mal profesional. Llegados a este punto me entra una cierta nostalgia del trabajo bien hecho, y un desasosiego por si nunca he sido capaz de hacerlo bien, y tenían razón los envidiosos, mi boca parlanchina y mi poca profesionalidad. Lloro, o debería de llorar. Cuarenta y nueve años, sin trabajo fijo, con un sueldo más bien pobre y…¿feliz? ¿Pero cómo se puede estar feliz con ese panorama? Y he aquí que hace una semana, no más, me acerqué a la barra de un bar a pedir un cortado, al volver a sentarme con mis compañeras alguien me dice “no saludes”, me vuelvo, lo miro y me está sonriendo. Mierda de memoria, soy incapaz de recordar quién es. No sé si se ha dado cuenta, pero mi memoria me echa una mano en el último momento. Es un alumno de un curso de hace casi veinte años. Se me disculpará no reconocerlo a la primera. Lo saludo, charlamos unos minutos entre sonrisas y risas. Nos preguntamos aquello de cómo nos va a cada uno. El tenía unos dieciséis años cuando el curso, ahora ha de tener unos treinta y pico, está un poco calvo. Yo, yo debo de seguir parecido a entonces pese a mis canas, o su memoria es mejor que la mía. Pero todavía no me hace pasar cuentas. A la semana, al salir de comprar en un supermercado, y a punto de subir al coche escucho “hola, hola”, me giro y, no puede ser, otro, este de hace unos diez años. Llega hasta mí, nos damos la mano, charlamos un rato. Le pregunto por su vida, él por la mía, cosas intrascendentes claro, no es cuestión de contársela toda allí mismo. Me pregunta por mi hija, le hago una broma sobre una cerveza gratis en su bar, y nos despedimos.
Hace poco una compañera me preguntó cómo sabía si hacía bien mi trabajo. Le contesté que no lo sé, que sólo tengo una forma de saberlo, por la reacción de la gente con la que trabajo, yo trabajo con y para gente, cuando me ve al tiempo. Y me sigue sabiendo a trabajo bien hecho cuando alguien a quien no he visto me grita desde lejos para que lo vea, para que lo salude, para que me acerque y charlemos un rato. Como me sabe a buen trabajo cuando me cruzo con alguien y me sonríe, me saluda, aunque nos hayamos visto hace diez minutos o quince años. No, no creo que la profesionalidad la midan unos items universitarios, o un trabajo fijo, o un sueldo que es más bien mediocre. De todos modos espero que la próxima vez, no sé si dentro de un día, unas semanas, o unos meses, me tenga que sentar a pasar cuentas de nuevo conmigo mismo, que alguien me haya sonreído ese día o me haya saludado esa semana.

Gracias esta vez a Carlos y a... no recuerdo su nombre, mierda de memoria; pero gracias por aparecer de vez en cuando y recordarme quién soy.

martes, 9 de agosto de 2011

Una pausa en el camino a la locura: Lo que no le dijo

Ella le dijo que aquel amor, el que sentían el uno por el otro, le gustaría que acabase convirtiéndolos en uno. Él, que seguramente no tenía un buen día, es tan difícil  tener un buen día, le contesto, puede que sin acierto, que ya se había masturbado mucho, que prefería que siguieran siendo dos, un cuerpo y un cuerpo, y así poder hacer el amor cada vez que quisieran. Entonces ella, en lugar de venirse abajo, pareció seguir en éxtasis, con la mirada fija en aquel cielo estrellado que parecía puesto para lo ocasión. Para la ocasión de ella claro. Porque él seguía pensando en lo hermoso que sería sentir el cuerpo de ella, desnuda, siempre desnuda, bajo aquella fresca noche de mayo. Daría mi vida por ti, le dijo ella, justo cuando él ya la había despojado de toda su ropa, en la imaginación de él, se entiende. Y de repente apareció vestida, ante un batallón de fusilamiento, gritando que daba la vida por él. Y el pensó que de qué le servía muerta, y vestida, sobre todo vestida. No tuvo odio por aquellos soldados, era su trabajo; pero ella, ¿qué hacía ella en aquella hermosa mañana de abril ante aquel muro? Él intentaba recordar cuando le pidió que diese su vida por él, pero era incapaz de recordarlo. Puede que sea mi mala memoria, se dijo, en silencio, no fuese a distraer al batallón y aquello pudiese derivar en una carnicería sin sentido. Aunque puede que ella lo mereciese. ¿A qué venía aquella tontería de demostrar que sería capaz de dar la vida por él? ¿Qué haría ahora él, sin ella? No, él no daría nunca su vida por ella. Puede que “con ella”, nunca se había parado a pensarlo, pero desde luego no “por ella”. Y volvió a la noche de mayo, a la ardua tarea de quitarle la ropa sin prisas. Pero aquella no era una buena noche. Tal vez ella había escuchado demasiadas canciones de Ismael Serrano aquella tarde, o tal vez no debió regalarle aquel libro de poemas de Neruda. Lo cierto es que ella estaba empeñada en convertir una hermosa noche para el sudor y la piel en un laberinto de preguntas imposibles. Cerró los ojos y esperó. ¿Y tú?, le preguntó ella. Él, en un último esfuerzo de escapar de aquella trampa sin sentido acertó a decir ¿y yo qué? Sabía que no había escapatoria, pero tenía que intentarlo. Ella insistió. No se esperaba menos de ella. ¿Tú darías tu vida por mí, te gustaría que fuésemos sólo uno? Él se dio cuenta de que ella no le escuchaba. Dudó si alguna vez le había escuchado. Y de nuevo tuvo que vestirla. Mientras devolvía a aquel cuerpo desnudo cada una de las prendas, sabiendo que aquella noche ya no volvería a verla desnuda, pensó en lo que contestar. Levantó la mirada al cielo. Dejó que sus manos se apoyasen en sus rodillas. Tomó aliento. Suspiró al menos un par de veces. Y entonces ella le dijo “te quiero” y rodeó su cuello con sus brazos y besó sus labios. Él tenía ya la respuesta a punto, una de las pocas veces en que tenía una respuesta a punto, pero no dudó ni un instante. Entre quedarse en aquel beso, que puede que le devolviese otra vez a una desnudez donde se sentía feliz, o apartarla un poco de sí para…no, no dudó ni un segundo, continuó dentro de aquel beso. Ya tendría tiempo para decirle…

sábado, 6 de agosto de 2011

Monólogo

Sigue hablando, hace mucho que habla, casi me parecen siglos, y no entiendo nada de lo que dice. Tampoco le presto mucha atención. A nuestro lado pasa una mujer rubia, la sigo con al mirada, casi me obliga a volver la cara cuando una nueva inflexión en su voz y un gesto más, uno que de nuevo es exagerado para el tema del que me habla, me obliga a mantener la mirada fija en él. Seguro que cuando se produzca otro in pass en el que podré desviar la mirada la mujer ya habrá doblado por la esquina. Me hacía ilusión verla por detrás, sentirla alejarse mientras pensaba que sería mucho más divertido caminar detrás de ella que continuar con esta conversación. No sé porqué llamo conversación a esto, él habla sin cesar, y cada vez que intento entrar yo en la conversación sube el tono, acelera la voz, y de nuevo me quedo fuera. No tengo mayor interés, salvo el de convertir esto en algo dinámico, en algo donde los dos nos repartamos el tiempo de decir estupideces, porque eso es lo que decimos, lo que dice él, de manera más justa. Siquiera estaba pensando en un cincuenta cincuenta, me bastaría un ochenta veinte, incluso estaría dispuesto a aguantar mucho más tiempo este monólogo con un noventa diez; pero ni tan siquiera puedo pensar, me obliga una y otra vez a seguir su discurso. Claro que no me obliga físicamente, ni con llamadas a mi atención del tipo “¿me entiendes?”, simplemente no deja de hablar, y da un énfasis a cada cosa que dice como si fuese realmente algo trascendente, algo que a mí me importara lo más mínimo. Yo ya hace tiempo que sé que se habla a si mismo. Podría hacerlo ante un espejo, no cambiaría nada con respecto a mí, al menos con respecto a como yo me siento; pero necesita saber que se escucha a través de otro. En más de una ocasión he estado tentado de decirle que no me importa en absoluto nada de lo que me dice, nada, siquiera cuando habla de cosas intrascendentes que soporto con cierta estoicidad al resto de la gente, y que en él se convierten en tediosas, en odiosas. En lugar de eso vuelvo a maldecir en silencio, una vez más, mi buena educación, por un momento temo que no calle nunca, que me vea sentado en esta silla, frente a él, por un espacio de tiempo donde el tiempo no tendrá sentido. Envejeceré, no veré crecer a mis hijos, nunca más haré el amor con mi mujer, seguramente no enfermaré, nada, con tal de acabar mis días en aquella silla y escuchándole hablar sin parar. Noto un agota de sudor bajar por mi frente. Si, es verano y hace calor; pero creo que es una gota de miedo. Necesito que alguien me rescate de aquella situación, necesito un respiro, aunque sea escuchando el monólogo de otra persona. No seré capaz de resistir mucho más, caeré desmayado, al suelo, en medio de aquel bar. Se acercarán a mí, pegarán su oreja a mis labios porque intentaré susurrar algo. Y cuando escuchen, casi sin fuerza, de mis labios “necesito huir de aquí”, no entenderán porqué lo digo y llamarán a gritos a un médico. Sigue moviendo los brazos, sus ojos no dejan de brillar, su voz aumenta de tono y de rapidez, puede que me encuentre ante el cénit de su aburrido monólogo, puede que de repente diga algo parecido a “y esto es todo”, y yo pueda levantarme de aquella silla y coger el camino a mi casa, puede. Pero no es así, de nuevo baja el tono, sus brazos se apoyan en la mesa, mira por un instante al techo y continua con una voz suave, como si me estuviese contando un secreto que no han de oír en las mesas de al lado. No puedo más, de verdad que no puedo más, noto al límite mi buena educación, mis piernas se mueven nerviosas pidiéndome a gritos que me levante y huya de allí corriendo. No importa si parezco el más terrible de los cobardes o el peor de los maleducados, pero necesito salir de aquella situación que no sé como me atrapó. La mujer rubia vuelve. Esta vez no importa lo que me diga, cual sea su tono de voz o lo mucho que gesticule, me he hecho el firme propósito de seguirla hasta que desaparezca por la primera esquina. Necesito ese descanso. Y cuando creo que lo voy a conseguir, cuando mi vista ya ve el lateral de la mujer y no tardará mucho en verla totalmente de espaldas, caminando resuelta, sin miedo a que una conversación donde nunca participo la atrape, me coge del brazo y no tengo más remedio que volver la cabeza y mirarlo a los ojos. Afirmo con la cabeza, es lo único que quería de mí; pero cuando vuelvo la cara ya no está. Dos veces, dos veces se me ha escapado la posibilidad de huir de allí por unos instantes. De repente un silencio. Me remuevo inquieto en la silla, enciendo un cigarro, tiemblo, tengo miedo; pero el silencio continúa un poco más. Es el momento, me digo, y lo hago. “Se me hace tarde, he de irme”, y acompaño esa frase levantando mi cuerpo de la silla y extendiendo mi mano. No hay lugar a malinterpretar nada, quiero irme, he de irme. Todavía hace un par de intentos pero son vanos. Mi postura, mi decisión, mis piernas comenzando a caminar hacia la puerta del bar no dejan lugar a dudas. Salgo afuera, el aire da en mi cara y lo siento como si solo eso fuese lo que tantas veces han intentado definir como la libertad. Sé que habrán más monólogos de estos, y que volveré a sentirme igual; pero mi suerte nunca ha sido tan mala, por eso al girar la primera esquina sale la mujer rubia de una de las tiendas y camina delante de mí, a unos treinta metros. Me siento feliz, camino en silencio, en un silencio que todavía me es casi doloroso. No sé donde voy, seguiré a esa mujer durante unos minutos y luego tomaré el camino a casa. El camino a casa.

viernes, 5 de agosto de 2011

Otra vez es febrero


Otra vez es febrero, un largo e interminable febrero que no termina nunca, que nunca rompe en una cálida y dulce primavera. Ya no recuerdo los calurosos días del verano, incluso añoro con verdadera extrañeza los fríos días del invierno. Pero hace años, muchos años, que siempre es febrero, un febrero incoloro que se ha metido en mi cuerpo hasta el fondo y parece querer que forme parte de él por siempre.
Cuando llegó, no hace falta decir que ya había tenido otros febreros en mi vida, pensé que no duraría mucho, en el peor de los casos veintinueve días, ni uno más. Y que como la mayoría de las veces sería un mes simplemente de los de descontar, suceden tan pocas cosas en febrero. Pero ya el primer día lo trajo a él. No parecía un mal compañero para el viaje. Le dejé quedarse, ese fue mi primer error, el segundo fue intentar darle conversación, a partir de este punto comenzamos a confundirnos el uno con el otro. A los cinco días, aunque desde que él está aquí ya no tienen tanto sentido la cuenta de los días, ya me era casi imposible distinguirlo de mí. No era el clásico que todo el mundo conoce, no, era mucho más sofisticado, como si estuviese hecho a mi medida. Cada palabra que yo decía la repetía, cada gesto, cada movimiento. Si me sentaba a ver la televisión se sentaba a mi lado, si permanecía en silencio él lo estaba, salvo a veces un lejano susurro cuando yo ya había terminado de hablar. Leyó los mismos libros que yo, comió las mismas comidas, caminó los mismos caminos, se acostó conmigo y con cada una de las mujeres que conmigo se acostaron.
Ayer hubo un amago de marzo, volví la cara esperando que se hubiese ido pero él también volvió la cara, fue sólo una ráfaga de viento en los cristales. Y de poco me sirve llorar, o rogar, porque cuando lo hago él también llora, y también ruega, como si mi condena fuese él y yo fuese la suya. Como si ambos tuviésemos que purgar una interminable lista de pecados y nuestro infierno fuese este febrero que no terminará de pasar nunca, nunca.
He jugado a esconderme y se esconde conmigo, he hecho el muerto y resucita conmigo, he gritado con el más desgarrador de los gritos y él, no sólo ha gritado conmigo, sino que ha puesto más empeño que yo en el grito.
Finalmente febrero nos ha vencido. Miro el calendario, cinco de febrero, ayer era doce, y anteayer cuatro, y un número diferente cada día, y él y yo los mismos desde hace tanto tiempo.
Sólo me queda esperar, esperar que algún día pueda deshacerme de este fiel compañero y de la compañía de este febrero…febre…feb…

lunes, 1 de agosto de 2011

Un corazón pequeño

-         ¿Crees que en eso a lo que llamas corazón cabe todo?, no te equivoques, es mucho más pequeño de lo que piensas.
-         No es verdad, es inmenso, cabe todo lo que quiera meter.
-         Veo que has leído demasiados cuentos de niño, demasiados. Uno por semana está bien, más consiguen que acabemos creyendo lo que no es verdad, lo que hará que nuestra vida sea una inacabable búsqueda de la mentira que acabó instalándose en nosotros. Un corazón es mucho más pequeño de lo que creemos, apenas tiene lugar para cuatro o cinco cosas. Importantes, es cierto, muy importantes, pero no más de cuatro o cinco.
-         Pero el mío está lleno, y todavía cabe mucho, más de lo que nunca seré capaz de meter en él.
-         ¿Estas seguro? ¿tienes odio dentro de él?, ¿hay un lugar reservado para la venganza, para el rencor?, ¿si busco con cuidado encontraré en algún rincón una buena cantidad de envidia disfrazada de cualquier cosa?, ¿me podrías jurar que no hay en él ni una pizca de traición, de espera cauta, aunque sea durante años, para devolver el dolor que algún día le causaron?
-         Bueno, claro, no soy perfecto. Claro que algo de eso hay dentro de él. Pero estoy seguro que hay mucho más amor, mucha más comprensión, mucha más solidaridad, y tantas otras cosas que lo convierten en un buen corazón.
-         Ahí es donde está tu error. Como te he dicho en un corazón apenas caben cuatro o cinco cosas. El amor, la comprensión, la ternura, y un par de cosas más que no ha conseguido descubrir nadie todavía. Lo demás, eso que tú tienes en el corazón y que ves normal porque no está en gran cantidad, eso, eso es precisamente la mentira que hace parecer que un corazón es inmenso. Eso te dará la falsa impresión de que por mucho que metas en un corazón nunca tendrá fin, porque para el dolor nunca hay fin. Toma tu corazón, quita todo eso que hoy justificas y verás como apenas es un pequeño corazón. Verás como si le dejas solo lo que debe de haber en él será el más pequeño de los corazones. Pero un hombre con un corazón tan pequeño es capaz de las mayores historias. si cada vez que alguien llama a su puerta le contesta el amor, si cuando llega el perdido le abre la comprensión, si cuando llega casi sin fuerzas el dolorido la ternura lo acoge en cualquier rincón de ese pequeño corazón, si, incluso, cuando llegue algún otro viajero que no sabe bien lo que busca, alguna de esas dos cosas que faltan para llenar un corazón resultan ser las que venía buscando, entonces te darás cuenta de que no hace falta un gran corazón, sino sólo un corazón que sepa su trabajo.
-         No estoy de acuerdo, un corazón no tiene fin, esté lleno de lo que esté lleno.

No hubo respuesta, de nada sirve intentar convencer a alguien de que los corazones son más pequeños de lo que parecen, no si se tiene el corazón lleno de más cosas de las que ha de tener. Uno siguió buscando cosas que meter dentro de su corazón, el otro se dedicó a cuidar el suyo. Un corazón pequeño hay que cuidarlo todos los días, para no correr el riesgo de que se haga demasiado grande y quepa en el cuanto no ha de haber.

domingo, 31 de julio de 2011

Camino a la locura. Noveno paso. Y ya nunca se fue.

-         ¿Vas para abajo Pedro?

Pedro caminaba en silencio. Pasaba en ese momento al lado del bar de Lucas. Poca gente, verano y más de treinta y siete grados a la sombra, poca gente. Pero Luis estaba a la puerta del bar, con su gorra en la mano y mirando calle abajo. Luis trabajó unos años en el centro de África, desplazado por su empresa, cuando las cosas iban bien, aunque para él aquello no fue ir bien. De su tiempo en África se trajo varias cosas. Recuerdos de algunos trabajos artesanales que no tardaron mucho en hacer el viaje desde un lugar destacado en el comedor al altillo donde están guardadas las cosas que parece que nunca han existido. Una sensación inmensa de soledad que se le coló en el cuerpo casi sin darse cuenta a partir de la segunda semana y que ya no sé quitó nunca. Pensó que al volver se le pasaría. Primero se dio un par de semanas, se dijo que si le entró a las dos semanas se le iría a las dos semanas, pero no fue así, se quedó allí, en sus huesos, dos semanas, dos meses, dos años, y ya nunca se fue. Y se trajo también una increíble capacidad de aguantar el calor. No a todos los que han estado trabajando por allí les pasa, pero a él le pasó. A veces se sentaba el la terraza del bar, a la sombra, porque una cosa es que soportase bien el sol, y otra buscarlo sin motivo, y pedía una cerveza, otra, nunca eran menos de tres y la mayoría de las veces más, y se estaba horas, mientras el sol hacía su camino sin prisa. Comenzaba a darle en los pies, y él ni cuenta se daba, le subía por las piernas, por el vientre, y él ni cuenta se daba, hasta que se le sentaba en la cabeza, una hora, dos, y él ni cuenta se daba. Al principio le gastaban bromas, le decían que aguantaba tanto por lo mucho que bebía, pero los cuatro meses que estuvo sin beber, una especie de cólico dijo el médico, y que coincidieron con uno de los veranos más calidos de los últimos años, él siguió con aquel absurdo juego con el sol. Con una botella de agua en vez de cervezas, pero con el mismo juego. Cada día se sentaba en la misma silla y, a la misma hora, el sol se le sentaba en la cabeza, y ni caso, ni amago de recorrer apenas un poco la silla para librarse de él. Como si no existiese, como si fuese uno de esos días nublados en que lo mismo da sombra que sombra.

Pedro era otra cosa. Pedro había nacido en el norte, en un pueblo pesquero metido en un pequeño golfo donde siempre soplaba un viento agradable y fresco, demasiado fresco a veces, que no le daba cancha al sol para conseguir un día de agobio. Por eso desde que emigró a este pueblo caminaba pegado a los edificios en verano, por la acera que daba la sombra. Sudando, siempre sudando, con la camisa manchada por la sudor nada más salir de casa. Odiaba la zona por la que caminaba ahora. Zona nueva, calles anchas y encaradas de manera que, desde las doce a las dos, nada de sombra, todo fuego de acera a acera, todo fuego. Mal apaño, si aceleraba el paso para cruzarlas rápido sudaba, si ralentizaba el paso, para no cansar mucho su cuerpo, sudaba, mal apaño.

-         Siempre para abajo Luis, siempre para abajo. Para abajo en la vida, para abajo en el trabajo, y para abajo en el pueblo. ¿Te vienes?, a lo mejor me das algo de sombra.
-         Espera un segundo, pago y te acompaño.

Se levanta, el sol pone mala cara, entra en el bar y Pedro se queda fuera, debajo del toldo. Un ratito, apenas nada, de sombra, que no sabe si será bueno, y de nuevo a seguir por estas sendas del infierno que debieron de sobrarle al demonio cuando planifico el nuevo urbanismo del averno. A dios nunca le sobra un árbol que de cobijo, ni una fuente que sacie la sed, ni…tengo que dejar de pensar en estas cosas, se dice Pedro, pero es que con este calor.
Sale Luis, se pone al lado de Pedro y acompasan el paso. Intenta caminar a su lado de manera que le de algo de sombra, a él no le importa; pero trabajo imposible, son las doce y poco, y el sol esta vertical, dejándose caer sin clemencia desde millones de kilómetros sobre la cabeza de Pedro. Si al menos toda esa distancia sirviese para coger velocidad, para caer a plomo sobre esa cabeza y fundirla, traspasarla de parte aparte y acabar con aquel sufrimiento que dura ya casi un mes; pero no, los rayos van perdiendo velocidad a medida que se acercan a la cabeza de Pedro y, apenas a unos cinco centímetros de ella paran, se toman su tiempo, y descargan todo su fuego sobre ella.

-         Han dicho que a partir de mañana llegan unos días de lluvia.
-         No sé Luis, eso mismo dijeron la semana pasada y nada, siquiera nubes.
-         De todos modos te acostumbrarás, no te preocupes, yo me acostumbré en África y aquello si que era calor, y no esto.

Giran la esquina al final de la calle, dos metros de sombra, apenas dos metros, por un balcón lleno de flores. Se paran, Pedro se seca la sudor de la cara. Los pies están ardiendo y deja que descansen un poco en aquella sombra. Luis espera al sol. Puede que parezca una provocación pero si se metiese en aquellos dos metros de sombra estaría demasiado cerca de Pedro, dándole calor, y a él le da igual. Pedro mira para abajo. La calle casi se pierde, tragada por aquel insoportable calor. El sol se refleja en los edificios deformándolos, dándoles el aspecto de dragones que echan fuego por su boca. Ni una sombra, en los próximos doscientos metros ni una sombra. Por unos segundos piensa que no será capaz de andar aquel trecho, y menos con la sospecha de que cuando gire en la siguiente esquina habrá más de lo mismo, y todavía le faltan unas cuantas calles para llegar abajo. Morirá en medio de aquellas calles, en medio de un charco de sudor y con la ropa empapada. Menos mal, piensa, que voy con Luis, él será capaz de aguantar a mi lado el tiempo que haga falta, dándome conversación, cuidando de mí hasta que alguien venga a recogerme, él estuvo en África. Guarda el pañuelo en el bolsillo. Ya parece haber recuperado alguna de las fuerzas que el sol le había quitado y ha guardado en las pocas sombras que hay en el camino.

-         ¿Seguimos Luis?
-         Cuando tú quieras Pedro.
-         Joder, si es que parece que los guardianes de las puertas del infierno se hayan ido a tomar algo y se las hayan dejado abiertas. Y no me jodas con que tú estuviste en África.
-         No he dicho nada. Yo no me quejo, si hace sol, sol, si llueve, lluvia; pero es verdad, estuve en África, demasiado tiempo Pedro. ¿Y crees que aquello fue bueno? ¿quieres que te hable de la soledad?. Ja ja ja ja ja ja, coño pues no me acabo de dar cuenta de que “soledad” lleva la palabra “sol”. Puede que por eso ya no note el sol, porque me traje casi toda la soledad que había en África, casi toda. ¿Qué querías, que me trajese también el sol? Ya ves Pedro, a unos les toca la soledad y a otros el sol, cada uno carga con su culpa a cuestas. ¿Qué has hecho tú para cargar con la tuya?

Pedro ya hace rato que no escucha a Luis, las gotas de sudor caen por su frente, por sus cejas, y se le meten en los ojos. Escuecen, queman su frente y escuecen. Ya no surte efecto pasar el pañuelo, ya han encontrado el camino y no dejan de caer. En la punta de su nariz una tras otra toman el relevo y se dejan caer hacia el vacío; pero Pedro ha comido demasiado en esta vida. Demasiado para su salud y para su problema con el sudor. Por eso las gotas nunca caen hasta el suelo, sino que golpean contra su prominente tripa formando una mancha que cada vez es más grande. Mal día para ponerse una camisa azul clara.
Llegan a la plaza. Por fin. Apenas unos metros más y estará a la entrada de su casa. Luis se despide de él y se sienta en la terraza del bar, al sol. Pide una cerveza mientras ve como Pedro avanza casi arrastrándose los últimos metros que le quedan hasta su puerta. Su espalda es una mancha desde el cuello hasta el final de la camisa. Lo ve perderse en el portal y deja que su mirada se pierda en un cielo inmaculado donde hace días que no pasa una nube. Y recuerda los cielos de África, sus sendas, sus fuentes secas, su soledad. Y recuerda.

- ¿Vas para arriba Ernesto?

jueves, 28 de julio de 2011

Camino a la locura. Octavo paso, Son las once y treinta y dos.

Son las once y treinta y dos minutos, al día apenas le quedaban unos minutos para terminar, tú inteligencia ha estado de paseo casi todo el día, y en lugar de tener piedad de ti le da por llegar justo ahora, con una consciencia tan dolorosa como miles de alfileres de hielo clavados en tú cuerpo. No había sido un mal día, puede que un día de extraños y ausencias, pero no un mal día. Y justo cuando el sueño abre la puerta de tu habitación y no está a más de dos pasos de tu alma, tu inteligencia, la poca que te queda, se sube de golpe a tu cabeza y abre tus ojos de par en par. Como añoras cuando se situaba en tu entrepierna y te hablaba de jugar mientras esperabas la noche cerrada. Pero hoy es una noche de verano, y hasta la luna, que ha estado unos días de vacaciones, se mantiene casi sin esfuerzo en un cielo inmaculado, e inunda de luz tu habitación. Intentas un quiebro, enciendes la televisión y buscas el programa más tonto que hay en ella; pero ya es tarde, ya no es sólo que haya abierto tus ojos de par en par, es que se ha metido en tu cuerpo hasta los tuétanos, es que ya todo tú eres inteligencia como hace años que no lo eras, y no tiene remedio. Te buscas en el día, haces repaso desde el momento mismo en que tus pies sintieron el tibio frescor del suelo, y no estás. Se levantó un extraño que apenas se pudo tener en pie mientras escuchaba un sonido de agua en el fondo del vater. Unas manos, que ahora si que crees reconocer como tuyas, aunque no sabes muy bien de donde han salido, ayudaron a peinar y lavar una cara cuyo único gesto repetía una y otra vez. Vuelves a hacer un esfuerzo, vuelves a cerrar los ojos y conectas la radio, en el programa más sangriento que eres capaz de encontrar, puede que unos cuantos muertos se lleven al muerto que de nuevo has sido hoy, lejos de eso tu inteligencia los coge, los mete dentro de ti y organiza una de las mejores fiestas que recuerdas. Todos, de la mano, como un batallón sin dueño y sin norte, os dirigís a un trabajo, no importa cual. Éste tiene cara de carpintero, pero es albañil, aquel tiene cara de notario, pero es pensionista, los más no tienen cara de nada, pero son lo que son. Y tú, que siempre habías querido ser escritor, eres el fantasma que día tras día camina por tu vida como si ese fuese su castigo y a la vez su futuro. Por un momento piensas que esto le pasa a todos, que todos se acuestan de noche, en una mullida cama, que invita a un sueño relajante, pero a todos les ataca a traición la inteligencia, ese maldito duende que no conoce la piedad. Que todos se darán cuenta… pero tú no estas hoy para compartir, para sentirte parte de un infinito solidario donde poder diluir tu ausencia. No, hoy estás solo, la luna ilumina tu cara y no oculta esa lágrima. Puede que mañana te despiertes igual de torpe, puede que de nuevo tu inteligencia se haya ido a otras tierras y te deje en paz por un largo tiempo, puede; pero este noche no será una noche de sueños, no será una noche de olvido, esta noche le has de pedir perdón, ha de saber que no te has olvidado del todo de él. Díselo, aunque eso suponga darte cuenta de quién eres, díselo.

miércoles, 27 de julio de 2011

Y el que camina ya no soy yo.

Hace tiempo que vienen a mi casa, demasiado. En cada viaje se llevan algo y casi nunca dejan nada. Comenzaron por llevarse el horizonte, y árboles y montañas quedaron huérfanos y perdidos en un mundo donde ya no habían medidas a las que acogerse. Después, con una prisa que impidió que me fuese acostumbrando a los cambios, se fueron acercando, robándome cada uno de los caminos que tantas veces recorrieron mis pies. Y mis pies, pobres diablos que sólo saben del arte de caminar, aunque a veces se adentren en sendas que solo les producirán dolor y abandono, se sintieron solos, en una soledad que se aferraba a mis piernas como si su único fin fuese conquistar todo mi cuerpo. No me dieron respiro, hasta el peor de los enemigos se merece un respiro donde curar sus heridas; pero sin tiempo a poner algún bálsamo en las mias, se acercaron de noche a mi casa. Y una casa no es casa sin puertas, aunque estas estén siempre abiertas. Y eso es lo que me trajo la mañana, un abandono de puertas y ventanas que dejaban mi piel y mis huesos expuestos a los aires más fríos y a los vientos más terribles. Aun así lo soporté. Aprendí a vivir con el más gélido de los inviernos y el más tórrido de los veranos. Aprendí a vivir. Cuando, después de llevarse todos los muebles, las escaleras, hasta el sótano, aquel que creía guardado en lo más hondo de mi alma, y que nadie sería capaz de encontrar, pensé que ya no quedaba nada, que se darían por vencidos en esta desigual lucha en la que nunca gano, en la que nunca tengo oportunidad de ganar, entonces me sorprendieron un día, tumbado al sol, a la entrada de lo que yo aun llamaba mi casa, y saltaron sobre mí.
Ahora salgo cada mañana de un sitio al que ya no llamo mi casa, mis pasos se multiplican en un páramo en el que lo más parecido a un camino es una inmensa extensión donde nunca queda marcada una huella, y viajo hacia un infinito donde no hay rastro de árboles, de montañas, donde el horizonte es un vacío al que nadie se ha atrevido a ponerle nombre. No lo haría, no sería capaz de dar un paso para recuperar nada de lo que se llevaron hasta anoche. Pero es que anoche se llevaron mi corazón. Y el que camina ya no soy yo.

Sueño

Sueño