El tiempo, ese estúpido engreido,
cuyo único mérito es tejer un inmenso manto de segundos que lo cubre todo y a
quién puso de nombre “recuerdos”, sin saber que no acabarían siendo sino el
alimento del olvido…por otra parte mi cariño, ese bobo estúpido al que le cae
la baba por la comisura de los labios, y que no sabe del tiempo, ni sabe si hoy
es jueves o febrero, ni recuerda el nombre de la mayoría de las cosas, a no ser
que tengan olor, o sabor, o… Y luego el reparto desigual entre ambos: para el
tiempo el noventa por cien de las cosas, gentes, sensaciones, paisajes,
conversaciones, y tantas cosas; para mi cariño apenas unas pocas de las flores
de los almendros, casi todas las amapolas, un poco del viento del oeste que
siempre sopla, y no más de diez o quince personas. Todo ello envuelto con una
débil pero imperecedera sonrisa que es infranqueable al olvido. No recuerdo
bien, el tiempo dio de comer al olvido parte de mi memoria, si eres una
amapola, o una débil flor del más pequeño de los almendros, o una de esas
personas; pero sé que estás aquí, en uno de los parques que mi cariño salvó del
tiempo. Y aquí seguirás, al menos mientras mi cariño siga igual de torpe para
aprenderse los meses, y los días, y las horas.
"Yo te contaré cada día un cuento, y tu me regalarás tu mirada"
miércoles, 5 de marzo de 2014
lunes, 3 de marzo de 2014
domingo, 8 de diciembre de 2013
Mi casa
Vivo siempre en mayo. Cada uno puede elegir
donde vivir. Y no es que mayo sea especial. A veces hace frío, un frío que de
no ser porque sé que es mayo cualquiera diría que es diciembre. Otras veces,
cuando menos lo espero, las tardes dejan que el sol se esconda más o menos a
las seis. Sé que es mayo, de eso no hay duda, pero puede que sea un mayo cansado
y tenga sueño. ¿Enfadarse? ¿Por qué?, no todos pueden tener la suerte de vivir
un mayo eterno, por eso le perdono esas pequeñas licencias que no tienen mayor
importancia. Como cuando me esconde las flores y deja que pase el tiempo, a
menudo demasiado tiempo, casi hasta que mi esperanza roza las espinas del limonero
y, entonces, cuando estoy distraído mirando los inviernos de otras gentes, un
olor que conozco llega hasta mí, vuelvo la vista y ahí están, un manto de
amapolas y almendros en flor que ni el mejor mago habría podido sacar de mil
chisteras ni de un millón de mangas de la talla XXXL. Así es mi mayo, y así
sabe él que soy yo. A veces me cuenta historias de otros meses, yo le atiendo
como si creyese en lo que me cuenta, pero sé que son fábulas. Me habla de meses
en que las hojas caen de los árboles, como si yo no supiese que eso es
imposible, y de meses donde no hay nada, solo un viento molesto que viene
siempre del oeste y oscuridad, invierno me dice que se llama a esos meses, y le
pongo cara triste, para contentarlo más que nada, para contentarlo. De pronto
se le enciende el rostro y me habla de marzo y de abril, y de un refrán que
tiene que ver con ellos y con mi mayo. A menudo le pongo cara de impaciente, “háblame
de mayo, de mayo”.
Vivo siempre en mayo, nunca he vivido en otro lugar ni creo
que fuese capaz de hacerlo. Cierto que para vivir aquí he de dejar pasar a
menudo un tiempo. A veces es un tiempo de ausencias, otras simplemente un goteo
casi interminable de minutos, las más simplemente un descuido cuyo mayor logro
es conseguir que envejezca un poco por fuera. Por lo demás ya sabéis, si queréis
venir a mi casa ahí es donde vivo, en mayo.
Y ahora escucha esto...
jueves, 21 de noviembre de 2013
Sus ojos
-
¿por qué los que van a morir siempre tienen los ojos grandes, Abdul?,
es como si la muerte nos mirase desde dentro de ellos con sorpresa.
Y sus caderas tienen una difícil
forma que asemeja una lucha sin sentido contra la verticalidad cotidiana. Sus brazos
son largos, como dos ramas que buscasen sin remedio a la madre tierra. Y
sonríe, una y otra vez, como si no fuese consciente del tamaño de sus ojos.
-
¿todavía siguen los titanes sujetando el péndulo del reloj de tu vida?
Y gira la cara como si tuviese
que recorrer diez kilómetros de hombro a hombro, cuando apenas los separan unos
centímetros. Y mueve los brazos repentinamente rápidos, como queriendo
recuperar todo el movimiento que no han hecho en la última hora. Sonríe, una y
otra vez, como si quisiera hacerle una finta al tamaño de sus ojos. En cualquier
momento se caerá, en una de sus descoordinadas carreras acabará por caer poco a
poco formando un montoncito de huesos debajo de una sudadera y de un pantalón
estrecho extrañamente ancho en sus piernas.
Ayer me dijo que quiere volver a
su país. Ayer fue para mí, para él no soy capaz de adivinar cuánto tiempo
supone. Puede que sea un año, o un par de segundos. La muerte tiene un extraño
reloj sin números, sin saetas, tan solo lleno de ojos grandes.
-
Ayer casi no comiste nada. Háblame más alto. Deja de sonreír o cierra
los ojos. Cuando la muerte te mira y se sonríe uno siente el abandono y no tiene
el derecho del llanto.
Después de dos días ha vuelto. Sigue
con sus ojos grandes. Da los buenos días y sonríe, casi sin ganas, como si me
lo debiese. Se toca una pierna, me hace un gesto. Es jueves.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Cuarteto
Para llegar a tu boca
Solo hube de dar un paso,
Lo demás ya fue ir andando
Sobre tu aliento sereno.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Retales I
Dos de octubre, comienzo a pintar de negro la
pared del fondo. Sin prisas, las cuatro esquinas. Dejo que el pincel sumerja en
la oscuridad cada uno de los centímetros que antes estaban pintados de blanco.
Respiro pintura. La respiro a pesar de la mascarilla, la respiro por los ojos.
Acerco el pincel a cada una de las esquinas con cuidado, como si después de
estas estuviese el vacío finito. Un vacío que puede acabar por llenarlo todo y
no dejar espacio para mis miedos. Te pinto un ojo, desaparece. Más pintura.
Subo y najo el pincel en un movimiento espiral cuadrado, volviendo negra la
pared desde cada una de sus cuatro esquinas hacia el centro. Respiro pintura.
Mis pies son negros, mis calcetines, mi mano izquierda. Mis recuerdos se
vuelven negros, mi poca inteligencia se oscurece, desparezco en un lento
frenesí de subidas y bajadas y viajes al fondo de un cubo de pintura que hace
rato se acabó. Finalmente me encuentro ante una fina línea en medio de la pared
que llega desde el techo hasta el suelo. Paso una y otra vez el pincel sobre
ella pero ya no hay pintura. Mi espalda es negra, y mi pecho, y los cientos de
imágenes que vienen a mi mente en esos momentos. Dejo el pincel, me quito el
guante. Todo yo soy negro salvo mi mano derecha. No veo, mis gafas están
pintadas de negro. Me las quito. Mi miopía me deja distinguir todavía esa línea
que parte en dos la pared como un presagio indescifrable. Camino unos pasos a
tientas, alcanzo la puerta. Busco con mi negra mano el interruptor de la luz.
La apago.
Y ahora escucha esto.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Retales.
Eres un punto, o una luna, o un espacio
indefinido entre febrero y la ausencia. Estuviste, si mi memoria y el demonio
de la ilusión no me mienten, estuviste. Eres un juego de manos entre caderas y
pechos, y un paseo con prisas, y un beso. Pero mis manos están quietas, y mis
pies, y mis labios apenas pueden pronunciar tu nombre. Te llamabas esquina, o
calle olvidada, o farola. Te llamabas deseo en un fuego que acabó en estas
cenizas. Una cuenta atrás que siempre acaba en menos dos. Sigue haciendo calor
y sudo por ti. Cuando tu memoria me olvide me volveré mariposa.
viernes, 20 de septiembre de 2013
Si fuese así...
Si me dolieran los brazos
Como me duele el alma,
Mañana sería siempre
Y esta tarde mediodía.
Si me creciera el pelo
Como me huye el llanto,
El cielo sería agosto
Y mi boca celosía.
Si este ruido inagotable
Se transformara en silencio,
Un pie cabría en un paso
Y la luna en mi zapato.
Si los cientos de leopardos,
Que caminan por mis piernas,
Se sentaran en mi ombligo,
Entonces las mariposas
No serían de madera.
Si se callara este ruido.
Pero siempre es primavera
En este invierno maldito,
Pero siempre es despedida
Sin habernos conocido.
jueves, 12 de septiembre de 2013
Ni una lágrima.
Toda la
noche, toda la puta noche para fabricarlo. Sueño, delirio, insomnio, unos
cuantos cigarros, mal sabor de boca, paseos hasta la ventana para mirar el
cielo “hoy tampoco lloverá”, y de vuelta al trabajo. La forma, el peso, el sabor, la curva
indefinida de uno de sus extremos, el color, siempre el maldito color que nunca
atino a la primera. Un momento de descuido, solo uno, y se cierran mis ojos. Despertar
angustiado, “no llegaré a tiempo”, y de vuelta al trabajo, una mano de pintura,
esperar, un cigarro más, dentro de unos años dejo de fumar, lo toco con el dedo
con cuidado, aún no está seco. Viaje a la cocina, el cazo, el fuego, el tiempo,
siempre el tiempo en todas partes, como un jueves estúpido que no encuentra su
lugar nunca. Un café. Mirarlo desde lejos mientras sigue secándose, “no parece
que vaya a quedar mal, no”. Un nuevo sorbo, una nueva bocanada, humo que se
pierde en el infinito y humo que se pierde en mis pulmones, debe de ser febrero
en algún sitio. Segunda pasada de pintura y va cogiendo color. Tengo que
esforzarme para no probarlo. Pienso en nada, en el trabajo, pienso en los
amigos y en los enemigos, no encuentro diferencia, pienso, dejo de pensar y
juego con una pelota pequeña entre mis manos. Una señorita se columpia sin descanso
esperando que se agote una pila de la que nadie se acuerda. Noche cerrada
todavía, llegaré a tiempo, seguro. Lo tomo entre mis manos, lo miro a
contraluz, lo pongo justo debajo de la lámpara y lo voy girando mientras busco
algún fallo, alguna zona sin pintar, algún minúsculo espacio donde se me haya
olvidado darle la forma adecuada. Nada, el proyecto perfecto de un loco que no
tiene manera de encontrar la locura. El horno a ciento ochenta grados, la
bandeja con una curva producto del mucho uso, adentro. Darle la vuelta a la
bandeja cada diez minutos para que se cueza por igual por todos los lados. Es febrero
en Venezuela, seguro. Están abriendo las puertas de la noche y no tardarán en
colarse cientos de indiscretos. Las calles se llenarán de arrastres silenciosos
y sombras en busca de un sol que las defina. Cuatro minutos y estará listo.
Listo. Toda
la noche, toda la puta noche para fabricar un beso, el mejor de mis besos, y
ahora aquí está, sobre la mesa, sin una boca donde dejarlo, sin unos labios
donde un abismo de lujuria lo llame sin remedio. Lloraría, lloraría si no fuese
porque sé que un beso no me cuesta más de una noche de trabajo, pero una lágrima,
¡ah!, una lágrima puede llevarme al menos cuatro noches, y quizás el coste de
un par de besos.
viernes, 23 de agosto de 2013
“El poema que nadie me escribió”
En tu pelo hay un nido;
En tu espalda hay un rio
De gravedad sin tiempo,
Allí nadan mis manos
En las noches de agosto.
En tu vientre hay un libro
Con páginas de harina,
Allí escribo, en silencio,
Mientras espero al alba.
En tu mano hay un duende,
En la mía un hechizo.
En tu boca hay un barco
Que zarpa en las noches,
Yo lo espero en el faro,
Amarrado a la luna.
En tu pecho hay arena,
Y una playa infinita,
Allí juego a castillos
Con mis manos de arcilla.
En tu intención hay fuego
Y en la mía el delirio.
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Sueño





