A menudo
las clases nocturnas me son aburridas. En este curso me apunté, esperando poder
huir de un fracaso en una tormentosa relación, “Taller de escritura”, y me
apeteció probar. A mi nunca se me dio mal del todo la escritura, pero me faltó
ese punto de fluidez y genio. No hablo del gran genio, sólo del preciso para
que lo escrito sorprenda un poco.
Aquella
noche el profesor entró acompañado de quien luego nos presentó como Ana. El
ejercicio de aquel día consistiría en algo tan sencillo, o no, como
describirla. Sin mucha ilusión, me cansan las descripciones, me puse a ello.
Sus ojos,
escribí, son de color azul, de un azul claro e intenso que no puede dejar de
recordarnos a esos cielos claros y limpios de principios del verano, esos
cielos en los que (más o menos en este punto fue cuando noté aquel pequeño nudo
en el estómago y una leve sensación de nausea) a fuerza de limpieza uno echa en
falta alguna que otra nube, o un pájaro cruzándolo sin destino. En esos cielos
uno reconoce la muerte, o para no ser trágico la falta de vida. Sus labios
están perfectamente perfilados en un suave tono rosa. Ni un milímetro queda sin
cubrir por esa línea que los encierra en una cárcel de deseo. Cuanto echarán de
menos la libertad del beso que devora ansias y la pintura de labios. Hoy –anoto
al margen- nadie debió de besarla ya que siguen intactos. Me alejo de su rostro
que ya casi nada me dice, en todo caso me habla de arquitectura, de líneas y
mármol, pero apenas de carne. Me centro en su figura, en aquello que deberían
decirme las formas, las curvas, y no me dicen. No hay ni un solo saliente que
no responda a lo que se espera de ellos. Unos pechos redondos trazados con el
compás de la moda, unas caderas que apenas servirían de petit déjeneur a
Rubens, o unas piernas largas y torneadas donde músculos y huesos han dado paso
a diseño y frialdad. En conjunto diría que no es una mujer, que no despierta en
mí ni deseo ni pena, ni cariño ni odio, diría que mirándola de arriba a abajo,
y de este a oeste, no vale la pena perder el tiempo de la mirada.

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